Sentada en la sala, esperando con ansiedad el comienzo del espectáculo miro a mi alrededor. Veo a la gente entrando al recinto, a los que ya están dentro y la emocionada expectativa con la que miran el escenario.
Al observar la audiencia que viene al teatro para ver la ópera se puede apreciar una clara estratificación social. En el primer piso se encuentra la gente que pagó por la entrada tres veces más que quienes están en los balcones o los que a pesar de estar en el primer piso quedan muy lejos de la escena. La diferencia más radical entre los espectadores es la de las clases sociales. La clase alta está por supuesto cerca del estrado, la gente de la clase mediana o baja se encuentra en los balcones o lejos del escenario. En este caso el precio del boleto no tiene importancia, lo que si la tiene se es sentirse destacado entre los demás. Por ello se puede deducir que la gente que no siempre dispone de los fondos suficientes, a veces, compra el boleto más caro para pertenecer, aunque sea por unos cuantos minutos, de un estatus elevado junto a quienes pertenecen a la clase alta.
Después de diez minutos, los lugares ya están ocupados por completo. El espectáculo va a comenzar. Las luces fueron apagadas, este es el momento cuando todos los espectadores dejan de susurrar y se fijan su atención en lo que ocurrirá sobre el escenario. La concentración llega al máximo y el corazón empieza a latir más fuerte y más rápido.
Inesperadamente, en los balcones aparecen dos filas de hombres y mujeres vestidos de negro llevando guantes blancos. Las luces los iluminan solo a ellos y un profundo claroscuro se hace en la sala. Comienzan a cantar. Es un aria de Puccini de la opera Turandot. Cantan en italiano, idioma materno del autor. La traducción se aprecia arriba de la escena pero para disfrutar al máximo, la audiencia se concentra en los cantantes que a cada minuto dotan su interpretación de maravillosos y sorpresivos gestos.
La fuerza de sus voces provoca escalofríos en la piel de quienes escuchan este gran espectáculo. Después de terminar de cantar, las luces se apagan nuevamente y la sala se llena de silencio en una inexplicable paradoja porque los corazones y los sentidos volaron hacia el cielo en el placer artístico. El ambiente es totalmente expectante en el deseo de revivirlo una vez más. El sufrimiento termina y tras un instante aparecen los protagonistas de la noche.
Faltan palabras para describir la voluptuosidad que se mezcla con este sentimiento de dicha y gratitud. Tenores, sopranos, barítonos, mezzos… junto con el vestuario componen una imagen impactante.
La audiencia aplaude sin cesar al final de cada pieza e incluso lo hace a media actuación provocando una interrupción, que si bien puede ser una falta de respeto, los intérpretes pueden apreciar la intención.
Cada entreacto da oportunidad de intercambiar opiniones sobre el espectáculo. Algunos disfrutan este tiempo para pasear por el teatro y apreciar las exposiciones que se exhiben en los grandes estrenos de cada temporada operística. Otros aprovechan para tomar algunas bebidas en compañía de sus amigos y conocidos o bien aprovechan para compartir sus impresiones.
Cuando regresan un poco relajados todo empieza de nuevo, las luces se acaban. Es tiempo de la segunda parte de la ópera. Cuando culmina todo, el público se levanta de sus asientos para ovacionar a los cantantes, es el momento de ofrecer flores a los protagonistas y agradecer su gran actuación.
La ópera es algo más que los cantos, es un conjunto armónico en el que los vestuarios y el escenario dan vida a la historia; es convivir con gente que comparte los mismos gustos; es poder a observar las diferencias sociales dentro de los espectadores y muchas otras cosas más.
Es una gran experiencia que no se puede olvidar al salir del teatro. La ópera estará presente en las pláticas de quienes la presenciaron durante mucho tiempo. .:M:.
*Escrito originalmente para e.Metro, estación Auditorio

