La Parábola del Joven Tuerto: Discriminación y conformismo

Uno, dos tres, tuerto es…

Hace algunos días tuve la oportunidad de leer y comentar con algunos compañeros acerca del cuento La Parábola del Joven Tuerto del escritor mexicano Francisco Rojas González. Este cuento -perteneciente al libro El Diosero (1952)- forma parte de una recopilación originada a partir de los estudios antropológicos y sociológicos de la población mexicana, principalmente la indígena.

A fin de no comentarles la trama y el final -en un acto al que se le conoce con el barbarismo de spoilear– deseo tocar algunas reflexiones que tuve sobre la sociedad mexicana que se retrata en el cuento y cómo no han cambiado algunos patrones de conducta desde aquella mitad del siglo XX.

Uno de los patrones que directamente hace referencia el texto es la discriminación, curiosamente en un país en donde las diferencias étnicas y culturales son -o eran- un estandarte de la nacionalidad, el miedo a lo diferente origina juegos de niños que se basan en molestar al que tiene alguna característica notoria que acentúa que no es igual a los otros, en este caso ser tuerto. Y ese juego de niños que lleva a herir y a lastimar a aquel desdichado que nació con algo diferente lleva a esta persona a ser receptáculo de las diferencias no tan notorias de los demás. Como aquel muchacho que no siendo muy alto, ocupa ocultar el que los otros le digan “chaparro” a través de llamar “gordo” o “naco” a otro pobre desdichado.

La bolita, la masa, la turba… este ser que resulta ser muy valiente para acusar diferencias y para defender injusticias a pesar de dañar a los otros es un aspecto cultural de la mexicanidad que se ha potenciado con el uso de las redes sociales. Puede que un error, una imprudencia o un delito expongan a una persona al ojo inquisidor de la cámara de un smartphone, y que gracias al fenómeno de la viralización nos encontremos llenos de ladies y lords algo. Es justa la denuncia ciudadana y la indignación colectiva, no obstante la barrera entre la acusación justificada y la lapidación social es cada vez más estrecha y malévola, haciéndose en dardos que buscan no sólo acusar una mala conducta, sino lastimar a las personas y a sus familias.

No es un conocimiento extraño que aquellos que más atacan, discriminan y señalan son quienes tienen mayores complejos de inseguridad y autoestima; cuando hablamos de la autoestima social surge otro elemento del binomio maligno de la discriminación: el conformismo. Pareciera que el dedo acusador es sinónimo de fortaleza emocional aunque no hay nada más lejos de la realidad, sino que es un reflejo del conformismo de no atender las circunstancias ni los cambios. En este caso el ser tuerto es un muy buen elemento simbólico de la parábola, pues si bien se posee la vista, no se tiene completa; no obstante se tiene. La desventaja de ser tuerto es que perdemos el sentido de la perspectiva y podemos ver con un sólo foco y una sola dirección, es por eso que las acusaciones desde una mente tuerta nos pueden llevar a un conformismo que para fines extraños y aparentemente contradictorios, es no estar conforme con lo que se es y lo que se tiene.

Disculpen ustedes mi salto cuántico para afirmar que una persona conformista es aquella que no es consciente de lo que tiene, pues en este caso la visión tuerta nos puede llevar a conformarnos con la postura de los otros sobre lo que somos y no de lo que realmente valemos. La visión tuerta es la que nos hace estar incorformes con nuestra apariencia, conformándonos con lo que los otros dicen que debemos ser. Inconformes con lo que tenemos pues estamos conformes con las acusaciones de los otros… en suma, el conformismo es -redundando- conformarse con lo que otros dicen de nuestras inconformidades.

En esta parábola del joven tuerto, la madre tendrá un papel fundamental, pues bien ésta puede ser La madre patria (no refiriéndome a España sino al espíritu maternal de la nación mexicana), que en su afán protector del deber ser de las cosas impide al joven tuerto aprovechar su único ojo para tener una visión panorámica girando la mirada, sino por el contrario, no ver más allá agachando la cabeza. Esta representación de la mexicanidad creyente y sufriente de la desgracia es tiene como buen símbolo los exvotos y milagritos, como pequeños pedacitos de historias y cuerpos que se colocan en las imágenes religiosas de los templos. Esa celebración de la desgracia y la salvación divina, sustentada en una legítima fe, también es un agradecimiento a que las cosas se mantengan como siempre, que no cambien, que se conformen como son, pues en esta cultura mexicana el cambio es un anhelo constante pero cuando ocurre es una desgracia.

Ante ello la sabiduría popular de los refranes es espectacular para explicar esta parábola: Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido. El juez del binomio discriminación-conformismo es el tiempo, auquel catalizador que lo hace reaccionar y lo agota; pues la falta de conformidad con la apariencia se termina cuando el tiempo enseña que las células que dan vida a la carne envejecen y enferman; la discriminación individual se agota cuando el tiempo obliga a demostrar que todos tenemos algo por lo cual ser discriminados dependiendo el espacio donde nos encontremos. El tiempo es también quien enseña que todos son extranjeros salvo en su propio país y que en tierra de ciegos el tuerto es el rey.

La discriminación y el conformismo, esa tuertedad -que nos es bien retratada por esta pequeña parábola escrita en el siglo XX- fue para mí un gran descubrimiento literario como aquel Laberinto de la Soledad de Octavio Paz para descubrir el to be or not to be de la mexicanidad. El sentir de una nación que mira al cielo con un solo ojo que envidia y repela de lo que pasa alrededor sin poder observar todo lo bueno que tiene al interior. Un espíritu que acusa por lo que no se tiene sin agradecer y dar reconocimiento por lo que se es. *+**