Sin dos cucharadas de azúcar

Llevaba cerca de una hora esperando. El sillón era incómodo, las revistas del buró viejas y la televisión estaba demasiado lejos como para entender qué se decía. Por el pasillo pasaban a paso rápido otros que, al igual que yo, aguardaban una llegada; ya fuera en camilla o en silla de ruedas.

Hubiera preferido estar como aquel hombre de allá: de pie, recargado en la columna que señalaba los elevadores (justo en sentido contrario a donde estaban en verdad). Él tenía el nerviosismo de la espera, sí, pero también la certeza de saber en qué piso y en qué habitación estaba su familiar, su amigo o su perro. Yo no.

Yo sabía que el elevador no estaba donde indicaba la flecha. Varias veces quise seguirla, encontrar la salida y largarme lejos de cualquier bata blanca, lejos de las cafeterías que ofrecen té de manzanilla de bolsita, lejos de este vacío de esperar de incógnito mientras resisto las ganas de fumar.

Odié este hospital por limpio y silencioso. Odié las batas sin arrugas y los peinados perfectos de las enfermeras. Maldije que ninguna luz parpadeara y que todos me sonrieran. Aborrecí esa blancura perfecta que me impedía criticar el entorno, dejando que mi conciencia se burlara de mí, convirtiendo mis pensamientos y mi historia en arena pesada que atascaba el reloj.

Me daba pavor preguntar. Irremediablemente recibiría el interrogatorio: ¿A quién busca? ¿En qué habitación? Pero lo que más temía era la estocada final: ¿Es pariente, amigo, compañero de trabajo? No había respuesta correcta para un examen que no estudié. Me hubiera gustado responder como si estuviese en el lobby de un hotel, ocultar mi presencia tras unas gafas oscuras y una piña colada; pero mi única cobertura era el paraguas que traía conmigo.

—¿Podemos ayudarle? —Sí, sí pueden. Por favor sáquenme de aquí.

Incluso fantaseé con prender un cigarro descaradamente para que me echaran a patadas y ahorrarme la pena de buscar una excusa para irme.

Siempre envidié la facultad del desmayo. En ese momento me arrepentí de haber elegido pintura y no teatro; no sabía que los talleres de la universidad podrían haberme salvado de un tormento como éste. Un actor habría convertido esta sala de espera en un escenario, una improvisación cómica, habría hecho del sillón un caballo de Troya. Pero yo… ¿de dónde saco un lienzo? Si tan sólo aparecieras para tomar de tus heridas un poco de sangre y dibujar lo que sea, cualquier espacio, cualquier lugar menos éste.

Un sabor amargo me recordó el tiempo perdido. La sed me hizo sucumbir ante la cafetería: un rincón de color verdoso, como de fruta que jamás madurará. —¿Cuánto cuesta el agua de litro y medio? —Quince pesos. —Gracias.

No sé por qué no regresé al sillón. Quizá sentía que el agua invadiría mi quietud. No alcancé a dar dos tragos cuando traté de volver, pero dos niños peleaban mientras su madre intentaba aquietarlos sin éxito. Uno trató de jugar a las espadas con el paraguas que olvidé en el asiento. La madre se lo arrebató con mirada amenazante, como si el niño intuyera que podría ser golpeado con mi sombrilla. Debí acercarme a pedirlo, pero eso implicaba cortesía: decir buenas tardes, pedir el favor. Ella habría dicho que sí y yo tendría que haberme sentado de nuevo cerca del televisor. Preferí quedarme de pie; mi silencio valía más que un paraguas nuevo.

Además, la mujer tenía cara de querer conversar. Su pose gritaba que era de las que pasan horas al teléfono. Seguro me preguntaría “¿a quién esperas?” con voz de tía chismosa. Solo de imaginar su boca roja abriéndose para interrogarme, sentí los latidos en la garganta y opté por beber más agua.

El litro y medio me obligó a moverme. Busqué las flechas del sanitario: Al fondo a la derecha. Debí imaginarlo. Caminé por un pasillo estrecho, bajé escalones, topé con el directorio. Segundo piso: cardiología. Tercero: otorrinos. El baño no aparecía. Recordé que el anuncio del elevador también mentía; el baño podía estar en cualquier parte menos al fondo a la derecha.

Había un policía. Quise preguntar, pero volvieron las taquicardias. ¿Qué importaba si era pariente, amigo cercano o conocido de ayer? Le pregunté. Me respondió con esa amabilidad ensayada, típica de un hospital sin arrugas. Segundo piso, a la izquierda.

No tardé mucho. Bajé, pasé el directorio, crucé el pasillo. Ya no estaban ni la señora ni sus hijos; solo el paraguas recargado en la columna. Agradecí la honradez y el silencio. Tomé el paraguas, pero mis manos torpes lo dejaron caer. El golpe del mango de plástico rompió la perfección del ambiente.

Una mujer impecable —cabello peinado, falda corta, medias perfectas— volteó a sonreírme. Se acercó dejando ver la maravilla física de sus tacones altos. Como dicta el protocolo, puso una mano en mi hombro.

—¿Te puedo ayudar en algo? —Busco a alguien —caí ante la presión corporativa. —¿Sí? ¿A quién? ¿Un familiar, un amigo, compañero? —A… a un amigo. Sí, a un amigo. —Muy bien, ¿cómo se llama? —Se llama… —¿Por qué jamás pregunté su nombre?—, se llama…

Volví a tirar el paraguas. La mano en mi hombro pesaba, impidiéndome recogerlo hasta que confesara un nombre.

—¿Te sientes bien? —Pues… no. No me siento bien. Necesito salir a tomar aire.

Por fortuna, la señorita me guió con su sonrisa hacia un pequeño patio. Su mano izquierda seguía aferrada a mi hombro, como queriendo exprimir una palabra; su amabilidad dolía. Al llegar me dijo que la llamara si necesitaba algo. Contagiado por inercia, le sonreí.

El gesto me duró hasta la banca húmeda. No podría sentarme de nuevo. No entiendo mi culpa. Yo no lo hice tropezar. No había razón para que, al bajar dos escalones, manchara el suelo recién limpiado. ¿Quién pone la rodilla antes que el pie, desciende y se rompe la cabeza? ¿Quién acaba con la paz de un lugar donde no pasaba nada?

Quizá fui yo. Por desvelarme llorando, por levantarme tarde, por olvidar peinarme. Tal vez, si no hubiese mantenido mis oídos despiertos, habría escuchado el “sin azúcar”. Así él no se habría levantado molesto a reclamar.

—¿Cuántas cucharadas de azúcar le echaste? —Dos, señor. —Te dije que sin azúcar. ¿Entiendes? Sin dos cucharadas de azúcar, imbécil.

Casi me arroja su ira sobre la ropa. Azotó el mostrador y salió a paso rápido. Calló. Cayó. Olvidó su paraguas en la mesa del fondo, de esas que están bajando los escalones.

Me dio vergüenza dejar la sombrilla en la mesa mojada del patio. Me dio vergüenza la mirada de la señora de labios rojos que fumaba con una elegancia bastante vulgar. El humo despertó mi vicio. Saqué la cajetilla. Un policía me indicó la zona de fumar, justo junto a ella. La falta de encendedor me obligó a hablarle. Con el paraguas en la muñeca, prendí el cigarro.

—¿Dónde compraste tu paraguas? —preguntó ella. —En Sanborns —mentí, fue lo primero que pensé. —Cómo son las cosas, ¿verdad? Acabo de ver uno igualito en la sala de espera. Mi esposo tenía uno muy parecido también.

.:m:.