Embajador el arte – Las corrientes artísticas como catalizadoras de la multiculturalidad en la Ciudad de México.

El arte es el signo sensible del deseo de eternidad del ser humano, y sus manifestaciones a través de todo lo físico han moldeado la tez de la Tierra hasta hacerla más única de lo que en esencia es.

La cultura, con su definición de paradigma social, viene a concretar la estructura y la forma de pensar de un país o un estado, y al ser esta la principal característica de un grupo, transforma a otras al llegar a un nuevo terreno, como estandarte perenne de victoria.

Es por eso que columnas jónicas aparecen en el paisaje entre desiertos y mares, de la Iberia hasta Persia; o los grandes Budas de las tierras afganas hasta las escarpadas islas del Japón. Y así como estas, las formas, matices y armonías que definen al arte recorren de manera muy ligera los vientos, hasta llegar a permanecer en la roca, el lienzo o el papel.

Las culturas nacionales mantienen sin duda algunos elementos artísticos que, como buenos frutos, sólo se dan en algunas regiones, como aquellos tótems canadienses o las matruskas del país de los zares. En el caso mexicano, la multiculturalidad artística tiende a emerger de maneras, a veces naturales, otras tantas impostadas, pero siempre únicas y por demás originales.

El centro histórico de la gran urbe de las águilas y las serpientes es un ejemplo de la multiculturalidad expresada en el arte, y quizá la obra cumbre de este concepto es el Palacio de Bellas Artes, en donde los decorados art déco conviven con las figuras impostadas de Tláloc; Euterpe, Melpomene y Erato descansan alrededor de Apolo, y éste sobre nopales y cactus de bronce; y una gran estructura de mármol –el material del helenismo- y el hierro –metal de lo contemporáneo- funcionan como marco ideal de una de las colecciones pictóricas más importantes del mundo bajo el sello del muralismo.

A veces neoclásico, a veces mexica; el coloso de mármol servirá de epicentro para nuestro recorrido por nuestro mosaico artístico, que, a pesar de haber tenido que pasar siglos pasa su construcción, se vuelve como una brújula de nuestra historia artística manifestada por los vértices y aristas de las construcciones que la forman. Al salir por las puertas de Bellas Artes, miramos a la izquierda, y por la calle de Madero vemos a lo lejos la Catedral Metropolitana y el Zócalo capitalino.

La Catedral, dedicada a la Asunción de María, es un recinto de cantera gris que ha guardado en sus rocas un recorrido artístico de tres siglos, manifestando en formas y relieves el pensamiento occidental y cómo la este se fusionaba con el de la naciente cultura mexicana. Desde los últimos suspiros del medioevo en los detalles góticos interiores, el sincretismo de los naturales con la corriente barroca que decoró los retablos y pinturas del interior del templo; hasta la fachada neoclásica, coronada por las figuras de campana en lo más alto de las torres, y la fe, la esperanza y caridad del escultor Manuel Tolsá.

Para regresar desde la catedral hasta nuestro epicentro cultural, el Palacio de Bellas Artes, usaremos 5 de mayo, curioso nombre para la más afrancesada de las calles del centro histórico de la Ciudad de México. El Porfiriato, período histórico de gran importancia, vino a dar vida a la urbe con los estilos artísticos decimonónicos que, con la entrada de la revolución industrial en México, darían pie a edificaciones que mezclan la herrería con las figuras detalladas que vendrían a ser semilla del art nouveau de edificios como el Palacio de Hierro o el Gran Hotel de la Ciudad de México, con sus grandes vitrales en el techo1 . Esa famosa calle de 5 de mayo, es a primeras luces una calle europea, y es así como su aspecto nos lleva a interpretar el empuje que la cultura mexicana daba a su pensamiento a fin de encajar en el mapa cosmopolita, dejando atrás el aire provinciano y rural del resto del país.

Antes de llegar al palacio de mármol, cambiamos de calle paralela y tomamos Madero, y entre los edificios construidos en cuatro siglos vemos aparecer flamantes aquellos que tienen el estilo más significativo y esencial del período novohispano: El Barroco.

El Barroco es el espacio donde todo cobra vida, todo florece, crece por todos lados como enemigo de la nada, llenando los vacíos. En la época novohispana de nuestra historia sin duda existía un gran vacío de identidad nacional, y el barroco fue la forma perfecta de llenar, de una manera artística los huecos de la fusión cultural. Las grecas fueron sustituidas por las ramas y hojas que decoraban las columnas de los templos, y el Tzompantli se convirtió en querubines en las bóvedas.

La fusión de las dos culturas, tan distintas entre sí se materializó en esta forma de arte tan llena de color, y esa multiculturalidad de por sí existente en el terreno mesoamericano encontró un catalizador en el arte para su fusión, permitiendo que la creatividad de los naturales se expresara a través de los dogmas de la península. Un ejemplo tangible quizá son los crucifijos novohispanos tan sangrantes como chac-moles, tiñendo de minio el significado del sacrificio prehispánico con el romano.

Terminando en Madero, alzamos la vista ante el símbolo de la modernidad de mediados del siglo pasado, la Torre Latinoamericana, que se alza tan alto como el deseo de una sociedad por unirse a un primer mundo, de manifestarse cosmopolita. Desde su piso más alto observamos ese corazón de México, el mosaico de la cultura, que a través de las artes ha gritado al mundo que es diferente por hacer evidentes sus diferencias; desigualdades que por historia, economía o puro azar, encuentran un color entre la cantante de ópera y la mujer otomí sobre avenida Hidalgo; del gran mural o el graffiti; de la cantera y la tablaroca; el arte puro visto desde la altura.

Si el arte es embajador, la mayor obra de arte que se alcanza a ver desde nuestro epicentro es sin duda la diversidad, mientras la figura sea estática y vacía jamás será arte y esta multiculturalidad que emana de la tierra misma se observa cerrando los ojos como miles de colores en un lienzo que hacen a la mexicanidad indefinible como algo que no sea la coexistencia de cien millones de pinceladas.

La cultura mexicana es la cultura de la multicultura, de los muchos México, y su manifestación quedará perenne en la roca y el concreto mientras que en cada número de las calles exista una estructura tan diferente como la otra y con habitaciones distintas entre sí; como pueblos, ciudades y estados cohabiten en nuestro país.

.:M:.

    1)- Ninguna de las dos edificaciones anteriores se encuentran en la calle de 5 de mayo, aunque sirven para ejemplificar la posterior entrada del Art Nouveau a la escena arquitectónica de la urbe.