¿Olimpiadas o ensuciadas?

a promoción de toda justa deportiva se hace con el tinte de la limpieza. El blanco o lo blanco es el símbolo de lo justo y de lo inmaculado.

De manera lamentable no siempre ha sido así. ¿O alguna vez lo ha sido? El deporte es la continuación de la guerra por otros medios. Desde hace tiempo o desde que se ha ido cronicando un poco lo más nefasto de la época moderna, las justas deportivas no son torneos de caballeros y de damas (chinas en este 2008) pues poco hay de esa limpieza, cacareada por los medios masivos de comunicación, de un asunto, que si no se tiñe completamente de negro, al menos se ha ido manchado con otros colores.

Porque lo que yo más recuerdo de las Olimpiadas nació con la mancha en un lugar específico: México 68 –y que este año se conmemoran cuarenta años de haberse realizado—. Estuvo teñido de rojo y negro y no porque existiera una huelga o los rojinegros del Atlas figuraran ese año o que Stendhal haya tenido un éxito notable de su famosa novela Rojo y Negro. No. Los colores que figuraron disueltos en el blanco de la paz fueron, primero, la sangre derramada en la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre, y el segundo fue el puño enguantado de negro de los morenazos atletas en el podium de ganadores de los 200 metros planos, remarcando su triunfo con ese acto y el ocaso del casi fenecido movimiento del “black power”; reivindicaciones que ya enseñaban su verdadero poderío, si no político por el momento, sí atlético para siempre.

Atrás o a un lado quedaron para mí los triunfos aztecas del sargento Pedraza o de Felipe “El Tibio” Muñoz –quien tiempo después demostraría ser campeón de trampolín, pero de trampolín político–, Pilar Roldán o María Teresa Ramírez o la aparición del estilo sensacional estilo “fusbury” en salto de altura.

Otra Olimpiada ensuciada que recuerdo y que deja atrás el record de Mark Spitz al ganar siete medallas en natación, es la de la matanza de atletas israelíes perpetrada por un comando palestino en Alemania 72. El famoso Septiembre Negro, nombre que en México se convertiría en la efigie de un luchador.

Mucho debería de hablarse de estas manchas que ya no son la excepción, sino la regla, de toda justa deportiva. Es como hablar de la criminalización de la política. Para que hacer el recuento de la hipócrita promoción olímpica con justas humanas que buscan superar físicamente a lo mejor de la humanidad si sabemos que no hay tal humanismo o con ello se degrada al cuerpo sano sin mente sana.

Para documentar nuestro pesimismo, basta consultar las memorias de atletas que fueron sometidos a torturas físicas y psicológicas para que con su “sacrifico patriótico” entregaran una medalla a su país viendo hondear la bandera y que todos sus coterráneos escucharan emocionados el sonoro rugir de su himno (yo vi llorar a mi vecino puesto en pie y saludando el triunfo del Tibio Muñoz, y con un sonoro coscorrón puso de pie a quienes seguíamos jugando “luchitas” en la sala recién alfombrada); o los acosos que reciben, por parte de entrenadores, atletas jóvenes casi niñas o niños para tener un lugar entre los elegidos en la justa mundial.

Al agregarle asuntos comerciales a lo mejor de la competencia en disciplinas deportivas, ha manchado el buen nombre y el mejor desempeño de las Olimpiadas que, al nacer como sustitutos de la guerra en tiempos de paz, se han convertido en encarnizada lucha donde el poderoso caballero, Don Dinero, establece las reglas y las preseas.

“Romper la marca” no significa otra cosa que ir más allá de la fetichización sencilla del cuerpo. Con esta frase muchos atletas han convertido su cuerpo en una máquina inundada de anabólicos y otras sustancias que los hacen ser más fuertes, más rápidos, y más sometidos al relámpago de romper las fronteras de la guerra de los cuerpos.

El vigilante, el árbitro, el juez, para estas competencias se llama Mr. Dopaje y espera con análisis letal, en cada esquina donde se rompa una marca.

La olimpiada es una guerra deportiva, guerra de miedos a la derrota y de medios informativos (¿Dónde veré la Olimpiada de Pekín –ojo corrector: no me pongas Beijing, por favor–, en Televisa o TVAzteca?) que se desgañitan diciendo que es una justa humanitaria.

Después de la cruda realidad, muchos atletas volverán con marcas en el cuerpo y el alma; con preseas –si ganan—que serán moneda de cambio pues después podrán ser –al menos en México– nombre de calle, nombre de escuela, ejemplo para niños y jóvenes, comentaristas deportivos, anunciantes de productos, políticos o ex atletas con pie de atleta. .:M:.