El bondadoso karma histórico de Tut

La eternidad: Una preocupación razonable de todos los hombres que comenzamos a autodenominarnos de alguna forma propia. Desde que somos conscientes de nuestro ser, del inicio y del fin de nuestras vidas, llega un punto en que nuestro encuentro individual busca trascender más allá del plano físico para permanecer en la mente de aquellos que vivan más y después que nosotros.

El deseo de vivir más allá de la vida nos remite a una cultura en particular: Egipto. Momias, templos y otros ritos funerarios nos llenan de mucho misterio y contemplación, más aún cuando hemos sido afortunados de presenciar el rostro de una momia, oler la piedra de los templos u observar lo colorido del libro de los muertos. Esta sensación de vacío y orfandad histórica hace que esta cultura tenga en su conversación un toque mágico y esotérico ante una realidad que ha sido constante a lo largo de muchos siglos.

Dentro de este mundo fantástico existen pocos nombres que han sobrevivido como personajes históricos en la mente popular, tal es el caso de los faraones Keops, Kefrén y Micerino que son recordados por las tres pirámides a las que se les adjudica su construcción; Ramsés II por las historias bíblicas del Éxodo; Cleopatra, por ser la última gobernante del Egipto faraónico (además de haber tenido una muy recordada relación con Julio César y Marco Antonio); y por último Tutankamón, el faraón que es más recordado por la maldición suscitada al abrir su tumba que por su reinado en sí.

Seis reyes famosos para un período de casi 3000 años es un saldo poco alentador para los deseos de eternidad de estos grandes soberanos, no obstante, el más famoso de ellos Tutankamón es el afortunado ganador de un karma histórico para desaparecer su legado. Tut, como cariñosamente llamamos a este joven, que vivió cerca del año 1300 antes de nuestra era, tuvo el infortunio histórico de ser hijo de uno de los faraones más polémicos de Egipto: Akenatón, aquel gobernante que decidió eliminar la muy antigua religión politeísta en donde Amón era el dios principal para innovar en la erección de una fe basada en el culto a un solo dios: Atón, el disco solar.

Cuando Akenatón murió, su religión también colapsó, por lo que su sucesor debía restaurar la antigua religión, además de tener la complicación de ser un rey-dios de apenas pocos años que debía casarse con su hermana para mantener la sangre real y así hacer que la dinastía prevaleciera.

Ante la inexperiencia infantil dos personajes surgieron para asesorar y gobernar el país: Ay, el visir y tesorero del reino; y Horemheb, el líder militar de Egipto. Entre ambos fueron quienes tomaron las riendas de un país para un gobernante que nunca pudo consolidar su poder.

El Karma histórico comienza a partir de la muerte de Tut, pues las suspicacias de nuestro siglo y la ciencia nos hacen suponer que pudo morir víctima de un complot para privar del poder a un muchacho. Esta suposición puede quedar a la vista de todos al leer que los nombres de los faraones sucesores de Tutankamón son Ay y Horemheb, los responsables del gobierno.

Ya sea por la prisa de enterrar a Tut o por una malintencionada acción funeraria, la tumba del joven faraón fue poco vistosa además de que no existían muchos registros históricos pues, como era tradición en Egipto, se solía borrar de los frisos, templos y obeliscos los nombres de aquellos reyes que habían sido incómodos para el gobierno de sus sucesores, tal es el caso de la faraón Hatshepsut, que tuvo por error principal de gobierno ser mujer en un cargo que no tenía un modo femenino de escribirse o pronunciarse.

Su desaparición de la historia de los reyes, su entierro poco vistoso y un poco de suerte hicieron que este faraón de reinado desapercibido fuera, tras el descubrimiento de su complejo funerario a principios del siglo XX, el más famoso de los nombres egipcios y el gobernante más popular tras tres mil años de su existencia terrena. Por supuesto mucho ayudó también la publicidad expectante del siglo deseoso de misterios y entretenimiento entre guerras que vio con buenos ojos los misterios alrededor de las muertes prematuras de aquellos que abrieron la tumba de Tut. Ya sea por causas científicas o místicas (pues Howard Carter, el descubridor de la tumba no murió hasta tiempo después de la excavación) la muertes de estos hombres tiñó a Tut de poderes más allá de la tumba que lo convirtieron en un rockstar de la historia.

Karma histórico o suerte, todas son suposiciones que la ciencia ayuda a esclarecer un poco y a entramar cada vez más tras cada descubrimiento arqueológico, no obstante, la maravillosa imaginación nos hace pensar en un sinnúmero de posibles causas y enredos tras los antiguos palacios de Menfis.

Si la imaginación no es lo suyo puedo recomendarles una excelente serie en Netflix de nombre Tut, en la que desde una perspectiva más heróica y melodramática, podemos adentrarnos en la vida de Tutankamón y su especial relación con Ay y Horemheb. Aún con todas las concesiones que el cine y la televisión se pueden dar sobre un personaje, es una buena manera de adentrarse un poco en la historia de un período fascinante en la que la fe, la sangre, los rituales y los acuerdos de la alcoba marcaban el destino de una nación entera… no muy distinto a lo que ocurre en este nuestro siglo. *+**