En uno de los nueve círculos, que se precipitan en espiral hacia la cónica profundidad abocetada por Dante, avistamos la constitución atlética de un sujeto. La montaña, desplegando la escarpada mole ante sus ojos, parece socavar su ánimo. Perdura en la mente el deber que la condena al Tártaro le inflige. El canto rodado, descomunal, ha de palpar la cumbre del risco; tal vez, durante un efímero lapso. A cada empellón, el gigante paladea las mieles de la meta, sorteando en su imaginario el escabroso obstáculo del peñasco. Los músculos se tensan y tornean hasta lo inverosímil, cautivos en el esfuerzo del titán, en su anhelo inexplicable y baldío.
En una brizna de tiempo, difícil de referir por su brevedad extrema, la piedra habrá tocado la cima arrumbándose de nueva cuenta, por la sinergia imperecedera que la reclama, hacia la falda, hacia la depresión del valle.
Con la cabeza gacha, el confinado conduce sus pasos hacia la hondonada. La roca lo aguarda en un cerco de vómitos ardientes. No acertamos a distinguir su rostro, pero su estampa trasluce pesadumbre. Cuando yergue el cuello, la cara de Sísifo dibuja una sonrisa. Sísifo dichoso, aceptando lo absurdo de su sino; sublevándose a la busca de un sentido.
Este cuadro, digno de una Divina Comedia tergiversada, alegoriza el corpus filosófico en el que abreva la escritura de Albert Camus. El hombre, arrojado al mundo en una tesitura ilógica, acapara las facultades para trazar su dirección, para, a la postre, hallar el codiciado sentido. En esta coyuntura, la libertad de decidir será su bien más preciado a la hora de rebelarse confiriéndole a su existencia un motivo; la responsabilidad derivada de lo resuelto, el envés de la moneda. Llevado a cabo este recorrido por la razón última que alimenta la literatura de Camus, inducimos que nos situamos ante un escritor ideológico, un escritor con firmes convicciones humanistas que moraliza y pontifica, a diferencia de aquellos que como su desparpajado contemporáneo Céline descreen de todo género de discurso (inclusive el propio, del cual se carcajean).
Este carácter díscolo, combativo, este coraje fragua en una circunstancia singular. El niño Albert Camus es un pied noir de bajo estrato económico, huérfano de padre (muerto en la batalla de Le Marne, en la Gran Guerra), que vive sometido a la férrea disciplina impuesta por su abuela, con una madre ausentada en divagaciones melancólicas frente al ventanal. Pese a esta realidad, desmesuradamente adversa en los orígenes, llegará a alcanzar en su corta vida (interrumpida por un accidente automovilístico, tan absurdo como el eje filosófico que propugnó) el máximo galardón literario: el Nobel.
Probablemente, la historia de Camus es el relato de la lucha, de la victoria ante la contrariedad. Prevaleció sobre la miseria argelina, sobre la ignorancia y sobre el fascismo en su etapa como periodista resistente en la Francia ocupada de la Segunda Guerra Mundial.
Que un intelecto semejante proclamase: después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol, no debiera sorprendernos. El deporte, exprimir el cuerpo hasta la extenuación, es una de las experiencias más confortantes y salubres que ideara la especie humana –y esto recusando las aseveraciones de la crítica antielitista de Bourdieu-, tanto más el juego en equipo, en el cual, uno sacrifica el individualismo inherente a su ego en aras de la colectividad: el éxito de un personaje se diluye en lo vasto del conjunto que ha sido su apoyatura. Hoy día, el profesionalismo, la mercantilización progresiva del fútbol han mermado, como señala Galeano, el aliento generoso que lo nutría antaño, sin embargo, cada que alguien colmado de efusividad y expectativa arremete el esférico soslayando a los rivales aún resplandece la esencia, el corazón requerido para atravesar el larguero del oponente.
Camus hizo suyos los postulados futbolísticos, tamizando éstos su manera de ver y analizar las cosas para siempre. Confesaba (muchos años después, cuando la tuberculosis lo había apartado de los estadios): lo que aprendí del R.U.A, la escuadra en la se desempeñó en la Universidad de Argel, no debe morir.
En los lustros que corren, podemos imaginarlo gambeteando entre las bochornosas polvaredas del Magreb. Desde luego, esta vivencia, la fruición que le deparó el balompié, estuvo presente hasta el fin súbito de su arduo peregrinaje en esta tierra. .:M:.
Notas:
- El mito de Sísifo, basado en este personaje legendario, es la principal obra ensayística de Albert Camus.
- Louis Ferdinand Céline. (1896-1961) Escritor francés recomendado para espíritus rebeldes.
- Pied noir, nombre dado por los aborígenes argelinos a los colonos franceses que poblaron su tierra. Su traducción literal es pie negro debido a su calzado
*Escrito originalmente para e.Metro, estación Deportivo Oceanía

