Estoy en el rincón de una cantina, oyendo una canción que yo pedí, me están sirviendo ahorita mi tequila, ya va mi pensamiento rumbo a ti… bueno, esa sería la forma poética que tendría José Alfredo Jiménez de referirse a una borrachera, pero un simple mortal como yo, sencillamente diría que estaba sentado en una banqueta, tomándome una chela, mientras en un auto estéreo se oía una canción de la Banda el Limón. Realmente no puedo imaginar la música mexicana sin las letras del gran José Alfredo, versos que trascendieron su origen bohemio, y llegaron para quedarse, casi como un manual de expresión de sentimientos, es decir, él escribió lo que todos sentimos, pero traducido en poesía.
Pero no sólo de amor, decepciones y borracheras vive el hombre, y con sabia filosofía, este gran compositor nos recuerda que la vida no vale nada, pero también levanta la autoestima, gracias a que hemos repetido, casi como un himno, que con dinero y sin dinero, que sin trono ni reina, seguimos siendo el rey; por lo menos durante los minutos que dura la canción, optimismo, es lo que nos sobra.
Y hablando de personajes importantes del arte popular, sería imperdonable no mencionar al verdadero “ídolo de las multitudes”, el único e inigualable, Rigo Tovar, aquel que cuando buceaba por el fondo del océano se enamoró de una bellísima sirena, con la que tuvo un sirenito con la cara de angelito pero cola de pescado, aquel que también le cantó a su Matamoros querido que nunca lo iba a olvidar, y quien diría que varios años después, el narcotráfico, se encargaría de que non nos olvidáramos, no sólo de esa ciudad, sino de Tamaulipas completo.
No hay duda de que Rigo fue grande, con ese look de rockstar y canciones por demás pegajosas, logró ventas millonarias y una legión impresionante de seguidores, tan es así, que es considerado el iniciador de los bailes masivos en México, e incluso en algunas crónicas de periódicos locales, se cuenta que en una visita a Santa Catarina, Nuevo León, el Papa Juan Pablo II, reunió a 300,000 fieles, mismo lugar donde 400,000 personas se reunieron en alguna ocasión, pero para bailar al ritmo que les tocaba Rigo Tovar, vaya atrevimiento, realidad, leyenda o proeza con tintes de sacrilegio. Eran otros tiempos, pero aún ahora, con todos los adelantos tecnológicos, son pocos los que logran tal convocatoria, y por si esto fuera poco, hay algo más que solo el ídolo de Matamoros pudo hacer: pedir perdón a sus admiradoras por ser tan guapo.
Otra de las figuras, sinónimo de popularidad, es “El Santo”. Fue una niñez incompleta para quien no tuvo un muñeco de plástico de este personaje, con su respectiva capa de hule y su máscara pintada con barniz, que a la primera caída sin límite de tiempo, se descarapelaba, pero que servía para recrear lo que el héroe hacía en sus películas, que fueron éstas, las que le dieron la fama, incluso aún más, que la lucha libre.
Y es que como olvidar esas joyas de la cinematografía, que de tan malas, resultaban inigualablemente entretenidas y hasta con cierto toque de ingenuidad; era un deleite verlo luchar contra los “mostros”, la momia, que parecía que la había vendado un jugador de fútbol llanero, Drácula, con sus dientes de plástico, de los que se vendían en las dulcerías, amarradas a un popote relleno de chicles, El Hombre Lobo, era una botarga cubierta con peluche de tablero de microbús, o las mujeres Vampiro, que siendo sincero, estaban, no para pelearse con ellas, sino como para pedirles matrimonio. “El Santo” estaba adelantado a su tiempo y no solo por la “tecnología avanzada” que utilizaba para comunicarse, sino también, porque bajo ningún motivo se quitaba la máscara, ni aun cuando estaba echando pasión; gran mensaje subliminal: sin máscara no hay “huracarrana”, y créanme que el día que lo entendamos, nos evitaremos muchos dolores de cabeza.
Pero si los personajes antes mencionado, están en el top; el estelar, el número uno, el máximo ídolo popular mexicano, es sin duda, Pedro Infante. No hay nadie más en México, que en cada aniversario luctuoso, convoque a una buena cantidad de gente frente a su tumba, ubicada en el Panteón Jardín, a pesar de que hace ya, más de cincuenta y cuatro años, que “Pepe el Toro”, voló hacia un rincón cerca del cielo. Es innegable la huella que dejó, sobre todo por la gran cantidad de películas, muchas de ellas, son clásicas del cine mexicano, y en las que dejó de manifiesto que era un gran actor.
“Nosotros los pobres”, “Ustedes los ricos”, “Los tres García”, “Tizoc”, “Los tres huastecos”, “Que te ha dado esa mujer”, y una lista grande de películas que van desde la comicidad, que provocan sonrisas o de plano la carcajada, hasta las dramáticas, con las que se hace un nudo en la garganta, o para los muy sensibles, el llanto acompañado del moco de burbuja. Pero no solo nos heredó su filmografía, también integró, en el inconsciente colectivo, frases que, aunque alguien no haya visto sus películas, las conoce, como: “Chachita te cortaste el pelo”, “Pepe el Toro es inocente” y al mejor de todas, “¡Toritooooooo!”.
Algunos de sus personajes eran el prototipo del macho mexicano, borracho, parrandero y jugador, aunque su vida personal contrastaba con los papeles que representaba, ya que él no bebía alcohol, además de que practicaba varios deportes, aunque eso si, en cuestión de mujeres, parece que la realidad superó a la ficción, ya que “Pedrito” era bueno para la conquista. Muchos han intentado explicar por qué a pesar de los años, Pedro Infante sigue siendo un fenómeno de popularidad; que si fue por sus películas, que si fue por sus canciones, o por su apariencia física; tal vez la explicación sea más sencilla: hay algunos que nacen con algo que se llama carisma o “estrella”, y él fue uno de ellos, y ante eso, “ni hablar mujer traes puñal”. .:m:.

