La historia arquitectónica de la ciudad tiene tres épocas bien definidas que aún podemos palpar: el prehispánico, el colonial y el moderno. Se pueden visualizar desde la esquina noroeste -como quien se interna hacia la Cámara de Senadores para desembocar en el teatro Fru-Frú- de la explanada del Museo de Arte Contemporáneo y se detiene uno mirando por la calle Filomeno Mata y Tacuba.
Dentro de la modernidad urbanística, el Auditorio Nacional ya es considerado un hito de la ciudad de México, gracias a la manota de felino que, a finales de los 80 y principios de los 90, le hicieran los arquitectos Teodoro González de León y Abraham Zabludowsky, quienes lo pusieron a tono con el Paseo de la Reforma. La estación del Metro Auditorio sólo subrayó con anaranjado el feliz acontecimiento.
Ahí está la mole de concreto, intimidando e invitando al caminante ya que en ella se refleja la inquietud de la ciudad. Este espacio está abierto a toda hora del día y de la noche con la vigilancia estricta de una escultura de Leonora Carrington, como lo fue antes una de Juan Soriano y como lo será de otro escultor que esperemos no sea Sebastián.
Todos los días pueden verse gentes agotando las escalinatas o dándose un descanso. No descansa de la gente este edificio que ha visto pasar multitudes dosificadas en posesiones presidenciales -la de Echeverría y la de Joropo-, actividades político culturales alternativas o fuera del patrimonialismo priista, conciertos escolares, conciertos masivos o selectas pasarelas.
El metro, y sus intrincadas coloridas líneas maginot , han democratizado variadas zonas urbanas, antes exclusivas, pues permite el libre tránsito por calles y parques perdidos para el peatón. Pero la estación Auditorio es multicultural, más que la del Zócalo. Además es, después del metro Merced, la estación del metro que más huele de día y más suena –íntimamente- de noche.
Los variados olores van desde el de las fritangas matutinas hasta el Hugo Boss de oficinistas; pasando por el democrático “Avón” y el mareador PASOCO (patas, sobacos y cola) de los que salen del metro muy temprano para tomar por asalto los baratos autobuses RTP, los arbitrarios microbuses y macrobuses que se encaminan al sur rumbo a la ya no tan exclusiva Santa Fe (si uno sale por el Hotel Chapultepec) o al norte retornando cansados, más apestosos y sin ilusiones a la temeraria colonia Martín Carrera y anexas (si sale uno por el lado del Auditorio).
Por este lado salgo la noche de las vestimentas negras, la negra noche de Walpurgis en que las vestimentas cambian este 5 de febrero. Los de negro, otros pintos como vacas (blanco con negro) y los que optamos por el discreto gris con negro nos encaminamos al fin del mundo; somos tímidos variopintos vampiros que escucharemos la carta de Finlandia:Apocalyptica ,.
Los cuatro sellos metalosos de los violonchelistas de la Academia de Música clásica Sibelius en las manos de Eicca Toppinen, Paavo Lötjönen, Perttu Kivilaakso y un serio lentejudo que llamaré El Master (Antero Manninen, parecido a Edward Norton) más las tarolas nada mensas de Mikko Sirén, me llevan al cielo de Patmos y la verdad es que I am not Jesus ,.
El viaje se avizoraba pleno pues con unas cervezas y varios güisquis todo es más sabroso; hasta el viaje al centro de lo oscuro y abarrotado antro negro por todas partes, menos en el escenario.
Se paga un asiento para que todos estemos de pie, levantemos los brazos, aplaudamos, chiflemos y le hagamos cover al cover. En mi ansia loca, me estremezco al pensar ¿qué sucedería si la melena rubia de Eicca o la cauda negra de Perttu se enredaran con tanta vuelta en las cuerdas de sus violonchelos? ¿Saldrían notas más rudas y ásperas? ¿Se volverían Carlos Prieto?
La mayoría de los asistentes ve el concierto a través de las cámaras de sus celulares, creen que tendrán imágenes únicas y se confían a un aparato que todo lo minimiza mientras la música todo lo maximiza. Es como ver un concierto en microscopio.
Yo me concentro en el maestro zen de este grupo, Antero; sus músicos acompañantes no se sientan por mucho tiempo en las burdas calaveras de madera que funcionan como sillas en un escenario guinda con el logo de su más reciente disco: un cello con alas de ángel y cara de la muerte. El Master toca, no se levanta: levita.
Metal y más metal no sirve para endurecer la cara de miles de seguidores que ríen y gritan. La hora del juicio se acerca cuando suena «Quutamo» ¡llamen a los bomberos de dios!
Nothing else Matter, es el grito en el cielo de un auditorio lleno de cuervos. Todo me suena conocido en las cuerdas y el pelo de los músicos: Sepultura, Pantera, Rammstein, y hasta la siempre viva Nina Hagen justifican el gusto de ser un hombre de traje gris en medio del Apocalipsis: por el recuerdo.
Por la música y la poesía evoco y sé lo que me provoca. ¡Claro! Ahora lo sé todo. Me quedo con los de negro porque este grupo finlandés es una mezcla de lo clásico y moderno, esa mezcla dark no autorizada que se guarda en el fondo: un romanticismo apegado a la flacura y la palidez con ropa oscura, ojos delineados, breves tatuajes, labios amoratados y tímidos estoperoles. Estoy con los de negro moderado (los grises) porque tengo boleto electrónico y no me pierdo entre vendedores de lo dark en lo oscurito.
¡Claro! Ahora lo recuerdo, me gusta Apocalyptica por el viejo shock propinado por del orden y el regreso de Dust in the wind,, en el que un paquidérmico chelo, contrapunteado por una guitarra, me sonaba nuevo y viejo y añejo y moderno con “Kansas”.
Mientras estaba en mi regreso sin gloria, el cielo se caía y Apocalyptica, salía tres veces al escenario. Los de gris salimos a ver si el cielo seguía ahí.
Los chelos de los vampiros de la colonia finlandesa habían hecho de las suyas y de las mías.
Salí a la parafernalia de la vendimia, levantar la cosecha de vino y sangre, tirar los miados y el miedo, comprar playeras, posters, tazas, llaveros, discos; acercarme a un extraño librero parecido a Carlos Monsiváis, al que llamaban Fulvio, que vendía libros de Rimbaud, Baudelaire, Nietzche, Bram Stocker, Salvador Elizondo y variadas antologías de poetas malditos y “malitos”; así como otros tantos de terror y de odio.
Me encaminé al foso del Auditorio y me fui fumando un recuerdo de ceniza y polvo en el viento. Al entrar al metro, una señora anunciaba el Apocalipsis, pero no según la de los vikingos vampiros de Finlandia, sino el de a de veras, “¡Arrepiéntanse, el fin del mundo está cerca, lo dice la Biblia! ¡Léanla, Dios salvará a los que hablen a nombre de él!”.
Yo venía del principio del fin del mundo. Sabía que si este llega, no se anunciará con trompetas sino con sonido de chelos enloquecidos, suaves y tiernos; violentos y desmelenados.
Tres vampiros gordos (una mujer y dos chavos) me daban la razón en el último vagón del metro que nos llevaría a la terminal El Rosario, para rezar por nuestras almas herejes.
El fin del mundo estaba lejos y ya no traía boletos. .:M:.
*Escrito originalmente para e.Metro, estación Auditorio

