En el país de la plata

México, el país de la plata y de las flores, del pulque y de los colores, sin duda el jardín más bello de esta tierra.

El pintoresco ánimo de la cultura mexicana ha generado una escala de colores única entre las demás culturas, generando en la actualidad una mezcla única de exotismo, aires cosmopolitas, tradicionales e innovadores, todos caminando, andando o volando entre los hermosos paisajes.

Precisamente eso, los paisajes, las imágenes, la pintura, han puesto a nuestro país en los escaños más importantes del mundo en donde el arte se manifiesta como la más sublime forma de expresión de la humanidad. Pintores como Diego Rivera, Orozco y Siqueiros, grandes muralistas que han hecho eterna la historia de México plasmándola al fresco en los muros de importantes edificios como el Palacio Nacional, el Palacio de Bellas Artes y otros tantos edificios (que por su hermosura arquitectónica reciben también el nombre de “Palacio”, no haciendo azaroso el nombre de Ciudad de los Palacios para la capital del país), llenan de color las paredes y les dan vida.

Como olvidar el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” (Ilustración principal de este artículo), digno ejemplo de lo anterior, de cómo el paseo de la historia se reúne a comprar globos, dulces y alegrías, junto con la Calavera Catrina, Madero, Maximiliano y Frida Kahlo.

Precisamente ella, Frida Kahlo, es un ejemplo de la fusión de lo tradicional, del huipil, de la estructura facial de una mujer mexicana indígena en conjunto con las exposiciones en Nueva York y el ambiente urbano y artístico concentrado en las casonas de Coyoacán.

Y cómo no mencionar el mural más grande del planeta, ubicado en la Avenida de los Insurgentes y que en su Marcha de la humanidad extiende las manos al mundo enseñándonos un concepto moderno de México a través de los pinceles magníficos de Siqueiros contenidos en un centro cultural llamado Polifórum.

El arte, sin duda no es exclusivo de los museos, en México, es también propiedad de los muertos, en donde las pinceladas se cambian por flores, platillos, dulces, incienso y copal; el fervor religioso mexicano, mezcla producto de la conquista de los pueblos indígenas y la europea, que parieron una cultura religiosa que conjuntó la solemnidad del catolicismo con el dinamismo y el fuego de las pirámides y los sacrificios.

Cada tumba es lienzo para honrar a los ancestros, conmemorar sus vidas, sus gustos y esperar su regreso en esa noche mística y mágica del dos de noviembre, los espíritus alegres entre las calaveras de azúcar, dulce que distingue a nuestro país, haciendo de las osamentas algo sabroso. Esta costumbre, para algunos exótica, es una graciosa representante de la simbiosis entre lo indígena y la cultura de occidente, que para otras culturas es un acto de necrofilia ligera y que para México es su lucha d mantenerse siempre eterno.

La señal de la cruz prevalece en todos los pueblos de este país, tanto en las solemnidades de la Iglesia como en los ritos de las curanderas. Como no mencionar las hermosas ciudades coloniales, la más mística sin duda es San Cristóbal de las Casas, en el sureño estado de Chiapas, en donde al entrar a sus templos dorados, con olor a madera vieja, entre la vista, a veces amorosa y otras tantas inquisidora de los Santos; se mezcla con el olor de las flores, de la palma con la que se hacen utensilios cotidianos, del sudor penetrante que resulta del trabajo en la tierra, en la artesanía y los matorrales, levantando al máximo los sentidos generando un ambiente ideal para entrar en comunidad con el Ser subsistente y eterno.

El patrimonio mundial de la humanidad que más eleva al cúlmen los sentidos en conjunto no está en un museo, no es un edificio y ni es factible de poner en una exposición, a menos claro que esta se coloque sobre una mesa, es la Comida Mexicana.

Hecha con cariño, molida en molcajete y en metate, asada en barro y envuelta en hojas de plátano, toda la naturaleza está puesta en esos platillos, siendo el maíz el principal protagonista de esta lucha de sabores y colores.

Ya Laura Esquivel, en su libro “Como agua para chocolate” había descrito cómo en cada platillo, como es el caso de las sabrosas codornices en pétalos de rosa, se impregna el erotismo, la pasión y el amor, y cómo se transmite a los comensales haciendo de cada bocado un verdadero acto erótico.

Precisamente la literatura ha sido la mejor vocera de la Mexicanidad. La poesía, el cuento, la narrativa, escupen en cada Verso y Prosa la identidad de la patria. Jaime Sabines, encuentra en su poesía una lucha literaria contra el cáncer la materia prima para construir tumbas con fuentes y agua, que hace que los muertos quieran volver a vivir. Otro hombre notable es sin duda Octavio Paz, el premio Novel de Literatura que logró describir en su libro “El Laberinto de la Soledad”, la esencia de la Mexicanidad a través de las pirámides culturales, de las travesías de la frontera, hasta la historia de todo un pueblo y una conquista resumida en una sola y peculiar palabra “La chingada”, altisonante en el lenguaje, pero más en la Historia.

El país del Guajolote, el del jitomate, la noche buena, la piñata, la trinchera, del pulque, del chocolate, de la televisión a color, los murales, puentes, hombres, niños, mujeres, todo ese México hecho artesanía es sin duda una joya, como la nieve de lo volcanes como los pintaba el Dr. Atl, como la espuma de los océanos o las sonrisas de los Taraumáras; esta es la tierra de las maravillas, el cuerno de la abundancia, el Infierno y el Nirvana, esta la tierra de Guadalupe, madre amorosa que hizo de esta tierra el País de la plata en abundancia que es Plata en sí mismo: un material precioso, brillante y reluciente, que, tal como una medalla, se porta cerca del corazón. .:M:.