Se nos ha dicho y se nos repite desde la educación básica que México es un país rico en tradiciones, leyendas e historia. Esto ha creado una imagen de país de Nunca Jamás; uno que está hecho desde los libros, por las fechas patrias y por sus fiestas conmemorativas. Esto impide que se nos agüite el ánimo y se acabe el jolgorio nacionalista cada año. Pero yo creo que hay, al menos, dos países, un México real y otro imaginado.
En la escuela primaria, mientras el niño urbano que crecía en mis adentros luchaba con un pasado indígena de papel, entendí a México más allá de mi casa y de mi vecindario. Pero no fue gracias a las lecciones de la maestra Carmelita Castillo Sotres, ni mucho menos en la secundaria con las clases intensas de la maestra Osiris Moreno Zaragoza –que despendejó mi falso nacionalismo — quienes con sus textos modernos me traerían al país de sangre y chingadazos: el de México 1968 y el de San Cosme 1971.
Eso sería después y cuando las recordaría leyendo entre líneas los comunicados del Sub Comediante Marcos; fue cuando valoré las enseñanzas de mis maestras, el calor de otros libros, de otras lecciones de historia real y no políticamente oficial.
Mientras en un cercano ayer, el Niño Urbano aprendía de sus raíces históricas gracias a las cartas de lotería: el charro y la china, el indio y la indita, las jaras y la chalupa, el valiente y el apache, el borracho y el catrín.
En este cuadro de personajes ¿dónde estaba yo? ¿De dónde venía? ¿A dónde iba? A este breve cuadro académico que me despertó una duda categórica de “o´ntoy-logía”, se agregó una imagen duradera gracias a unos calendarios gigantescos que imprimía La Giralda (por cierto, era una miscelánea española) donde “La leyenda de los volcanes” o un martirizado Cuautémoc me gritaban mi condición: soy de la raza de bronce.
Desde ese momento mi idea del indígena navegó de manera caótica y falsa por los conceptos de una historia patria plagada de fechas y dramatizaciones de historieta, y complementada por la vía intensa y suave del cine mexicano y algunas series y películas gringas.
“Ser indígena es bueno”, me decían en mi casa y en la escuela, pero ¿por qué en el las películas, las series, la vida real, los indios pierden siempre?
El mexicano es indio en su fuero interno, nos decían en la escuela y nos machacaban la “indiosincracia” con el ejemplo bien peinado de Don Benito Juárez, el pastorcillo que llegó a presidente del país. Y yo con dudas de auténtica “Netafísica”: ¿donde empieza la vaca termina la comodidad de beber leche en la cama? ¿es malo que no me gusten los huaraches de llanta de cuatro correas o que me los ponga con calcetines? Sin importarme estas minucias campiranas, y otras más incómodas de típico ranchero enamorado, yo me había afiliado a los indios, ya fueran de Cleveland, los verdes, los apaches, a Toro, el amigo de El llanero solitario (y que en inglés llamaban “Tonto”) y a “Caballo Loco”, enemigo del General Custer.
Y hubiera navegado con esta bandera de falso “outsider” por más tiempo de no haber llegado mis maestras Carmelita y Osiris, quienes con más enseñanzas escolares y con menos clichés cinematográficos, me inyectaron la conciencia de la distinción, la honra y la diferencia que hay entre los indios de cinemascope (en una película mexicana hay un indio mexicano interpretado nada menos que por ¡el japonés Toshiro Mifune! Y no digo nada de Noe Murayama, que fue un actorzazo), y los que en estas tierras urbanas son vilipendiados, y en sus tierras son obligados a emigrar o ser esclavizados o, lo que es peor, a ser el eterno proyecto político nacional que llena plazas y levanta pancartas.
La culpa no es del indio sino del que lo hace cliché, me dijo un cronista vilipendiado por su propio verbo florido. Mientras yo me pregunto ¿cuántos de mis “connacionales” (como dicen los políticos comprometidos con el cliché integrador) y contemporáneos de la infancia pre-68 habrán aprendido a distinguir a un indio, a un indígena, a un campesino, a un charro, a un ranchero? Los que se quedaron con la imagen de “Los tres García”, de “Tizoc” o de la India María ¿habrán entendido los motivos del EZLN? Debo decir en descargo que tampoco entiendo qué pasa con el actualmente aletargado movimiento neozpatista, pero ya es otra mi mirada sobre lo indígena no sólo mexicano, sino indígena internacional. Y es que los errores de interpretación sobre la sociedad suelen estar contaminados por los medios masivos de comunicación. Hay sociología, antropología, sexología, etnografía, economía, y más ías, plenamente mediatizadas.
El indio o el indígena mexicanos tienen un prestigio turístico nacional e internacional gracias a la imagen comercial que se promueve de él, ligado a un nacionalismo de película, cómodo y manejable. Pero hay otro (o varios) Méxicos. Guillermo Bonfil Batalla dice que existe el México profundo y es verdad. Desafortunadamente cuando se descubre un aparte de ese México, ya está ahí algún vival para volverlo producto comercial y de exportación que traiga divisas.
Al México de lo símbolos y la riqueza cultural lo cubre una espesa y pestilente nata llamada cliché; enriquecido a diario por los medios masivos de comunicación en detrimento de la escasa enseñanza histórica y cívica. Y si no tómese como ejemplo al mariachi que, siendo jalisciense, en todo el mundo se presenta como la imagen viva y sonora de lo “auténticamente mexicano”.
Lo mismo le sucede al indígena de cliché, mismo que fue elaborado para apuntalar un espíritu partidista y nacionalista; que vio su desarrollo a partir del periodo posrevolucionario y que se ha enquistado en el imaginario social, mismo que cree que el indígena es folklórico, “poético” o, en el peor de los casos digno de civilizar. .:M:.

