La escritura maya – Breves notas sobre epigrafía

El siglo xix fue testigo de numerosos descubrimientos arqueológicos alentados por ideas progresistas, cientificistas que, envueltas en halos de leyenda recorrieron de expedición en expedición el mundo entero.

Mesoamérica y sus prodigiosas ciudades olvidadas en el corazón de la selva no fueron la excepción y hoy, como ayer, las inscripciones halladas en trabajas rocas, en pintura mural custodiada por el tiempo, en vasijas y en antiguos códices, despertaban la curiosidad y la imaginación de los científicos de todo el orbe.

La escritura maya de Yucatán atrajo la atención de algunos estudiosos cuando, alrededor de 1810 el viajero europeo Alejandro von Humboldt difundió cinco hojas de un documento prehispánico encontrado en la biblioteca Real de Sajonia y que, con el correr de los años recibiría el nombre de Códice de Dresde. Años después entre las ilustraciones de la exploración del capitán Antonio del Río se publicaría un dibujo que replicaba las imágenes labradas en piedra en las ruinas de Otolum, hoy Palenque. La piedra y el papel sugerían la relación de su contenido, décadas después la intuición del científico Champollion, quién había progresado enormemente en el desciframiento de los jeroglíficos egipcios, explicaba el origen maya de ambas escrituras y las relacionaba con las lenguas mayas que continuaban vivas en la Península.

A partir de este descubrimiento autores como Rafinesque, Stuart y McCulloh comprendieron también la numeración resultante de la combinación de barras (con valor de cinco unidades) y puntos (con valor de uno).

Por su parte, a mediados del siglo xix, el francés Brasseur de Bourbourg descubrió el resumen manuscrito que Diego de Landa exhibió sobre los mayas del norte de Yucatán, su vida y su cultura en La Relación de las cosas de Yucatán de 1566. De ella se extrae el conocimiento de los nombres de los días y los meses y el código al que Landa se referiría como el alfabeto jeroglífico maya.

A la par del descubrimiento de numerosas inscripciones mayas, el equipo dirigido por Ernst Förstemann arrojó luz sobre el calendario maya, que daría lugar a cronologías que han permitido a los estudiosos acercarse a la historia de los antiguos habitantes yucatecos.

Durante el siglo xx se han registrado importantes avances en la comprensión de la escritura maya. El descubrimiento de dos códices mayas más: el de París y el de Madrid centró la atención en los jeroglíficos no numerales, no calendáricos. De esta investigación surgieron dos hipótesis antagónicas; la del estadounidense Cyrus Thomas, quien argumentaba que la escritura maya era fonética y la del inglés Edwar Seler, con un pensamiento que preconizaba una interpretación ideográfica. Ambas escuelas continuaron con su trabajo para intentar esclarecer los trabajos de la epigrafía maya.

En 1950 J. Eric S. Thompson en su obra Escritura jeroglífica maya: una introducción, haciendo gala de un profundo conocimiento arqueológico, expone sus conclusiones sobre la escritura maya, relacionándolas con sus estudios de etnohistoria, en los cuales negaba la el fonetismo en este sistema. Dos años después el ruso Yuri V. Knorozov refuta la teoría de Thompson explicando que los glifos de Landa podían utilizarse como sílabas fonéticas, formando así palabras al combinarse con otras sílabas. La polémica Thompson Knorozov se agudizó por el clima político de la Guerra Fría pero al final la teoría del último fue incluida en los estudios de epigrafía mundiales.

Con el paso del tiempo hubo avances importantes como el descubrimiento de Heinrich Berlin de glifos emblemas que se referían a sitios con los nombres de linajes reales. El hallazgo de la cripta del Templo de las inscripciones confirmó la relación entre los jeroglíficos y los personajes y fechas a los que se referían, ya que éste contenía el sarcófago con los restos de un importante gobernante maya. Así, se refutaba la teoría de que todos las referencias eran de dioses y personajes míticos.

En la actualidad los expertos epigrafistas descubren elementos religiosos, económicos y de la vida cotidiana de los mayas gracias a las diversas interpretaciones de los innúmeros jeroglíficos que se encuentran a lo largo del sureste mexicano.

La escritura maya pertenecía a la clases poderosas y respondía a las necesidades de legitimación y sacralización de los gobernantes, a través de ella se tendía un inescrutable puente entre la divinidad y los dirigentes. Entre los signos que representan fuerzas abstractas de la naturaleza se encuentran elementos que enfatizaban la personalidad de las dinastías en el poder. La mayoría de los monumentos públicos incluyen glifos calendáricos que revelan la importancia que el tiempo tenía para los antepasados mayas, el cómputo del paso de los días, mediante la llamada cuenta de 20 años del katún es una constante reflejo de su preocupaciones vitales.

Los mensajes mayas que llegan hasta nosotros envueltos bajo el velo del misterio eran considerados como un medio sagrado de comunicación que proporcionaron poder político a sus gobernantes; de igual forma impactaban la vida social y ritual de la comunidad y sus habitantes. Incluso, según la tradición oral el sureste mexicano la escritura misma fue creada por el dios Itzamnaah, el creador celestrial.

En los albores del siglo xxi, aún falta mucho por descubrir y más aún por comprender pero, resistiendo al tiempo y fiel a su propósito, la escritura maya llega hasta nosotros para entregar su mensaje: en equilibrio con la vida y el cosmos. .:M:.

    Para leer más:

    -Coe, Michael D, El desciframiento de los glifos mayas, México, Fondo de Cultura Económica, 199

    -Arellano, Alfonso, La historia maya prehispánica. Otra perspectiva prehispánica a través de sus inscripciones: Palenque, tesis de licenciatura en historia, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, México, 1988

*Escrito originalmente para e.Metro, estación Mixcoac