Hace ya varios años que un gran amigo me dijo: “Si te gusta tanto Björk, te vas a [inserte palabrota aquí] cuando oigas a Patrick Wolf”; no sé por qué razón imaginé que Patrick era una mujer, y en un par de ocasiones me referí a él como ella durante la conversación, provocando que mi amigo gritara desesperado: “¡Ya te dije que es hombre!”.
En fin, Juan (mi amigo) se tomó la molestia de quemarme un CD con varias canciones de Wolf, y en efecto, lo que escuché casi me provoca un colapso emocional; aunque aquello de tomarle a Björk como referencia no me parecía necesario, porque a mi parecer se trataba de artistas muy distintos.
El primer tema que oí fue “The Libertine”: piano, violín, guitarra, un poco de noise en los arreglos y el sonido de un galope incorporado al up-tempo beat que funcionan como almohadilla para una voz grave de acento inglés. En verdad me emocioné mucho con esta canción, y no fue distinto con las demás: “The Childcatcher”, “Tristan”, “Wind In The Wires”, “Accident And Emergency” y “The Magic Position” formaban parte también del repertorio que me presentaba a Patrick Wolf; quedé con la boca abierta, y por supuesto, con ganas de más.
Soy un poco (¡Poco, dije!) propenso a las obsesiones, y Patrick se convirtió en una; descubrí entonces que me encontraba ante un músico londinense, flaco y con el pelo teñido de rojo; quien desde la infancia había decidido entrar a un mundo de melomanía, componiendo, aprendiendo a tocar una gran variedad de instrumentos, formando parte de distintas agrupaciones antes de iniciarse como solista y colaborando con otras después, como CocoRosie o Arcade Fire.
Cuando obtuve más de su música, que puede ser electrónica, folk, pop y experimental, no podía dejar de preguntarme por qué había mantenido tanto tiempo a mis oídos privados de semejante esplendor; Patrick Wolf es capaz de golpear sobre puntos específicos del cuerpo con cada una de sus canciones. Hasta el 2007, que es más o menos cuando supe de él, su forma de escribir tenía un muy marcado contraste entre el fatalismo y el optimismo, actualmente parece que anda enamorado, o algo así, pero no ha dejado de crear temas épicos.
Me gusta también la supuesta personalidad retraída que vende como parte de su imagen, no sé si sea real, pero va muy bien por debajo de la extravagancia que suele portar. Algo de lo que sí tengo certeza es que con cada uno de sus álbumes grita un mensaje claro y directo: en Lycanthropy oigo un fuerte “Me gusta hacer esto y no deseo opiniones”; en Wind In The Wires, “Este es el artista que soy”; en The Magic Position, “No tengo problema con lo comercial”; en The Bachelor, “Me quiero morir” y en Lupercalia, “El amor tiene cabida en mi vida”.
Les garantizo que quedarán muy satisfechos con cualquiera de ellos, aunque les recomiendo mayormente Wind In The Wires, por ser mi favorito.
Pues bien, todo lo anterior ha sido sobre Patrick Wolf y su grandeza, ahora viene la sutil agresividad de Ezequiel, quien resulto ser yo; y es que creo que del gran número de músicos y cantantes que se merecen toda la atención de nuestros oídos, la mayoría no llega a ser muy popular hasta encontrarse ya bien entrado en su carrera, y eso, si es que logra popularidad…
¡Pero esos artistas, los más difíciles de encontrar, los que menos reconocimiento obtienen, son comúnmente los que mayor calidad ofrecen, y algunos, como Patrick Wolf, deberían ser ocupantes de la difusión y el lugar en que se encuentran algunas otras basuritas masivas!
Y ya dije. .:m:.

