La hora calida

Llegó la hora pesada del mediodía, después de las clases de español y de matemáticas, cuando quedaba un rato de descanso antes de entrar al salón con Don Reynaldo para escuchar sus disertaciones sobre las raíces griegas y latinas, supuestamente tan importantes para bien hablar y mejor entender nuestro idioma. Nunca logró el santo varón convencer de esta importancia a la turba de maleantes que éramos sus alumnos. Pero su clase era la última de la mañana y el pequeño intermedio entre clase y clase era muy esperado por todos nosotros que aprovechábamos para tomar aire fresco en el amplio portal del frente de la escuela, como metro y medio por encima del nivel de la calle, lo que permitía dominar todo el panorama del jardín fronterizo y observar desde una atalaya privilegiada el paso de las alumnas de la escuela vecina.

Era la hora de salida de las colegialas cuyo camino obligado era la plazuela donde se alzaba nuestra alma mater. Y esta hora, bochornosa y calma, cuando el calor parece brotar de las paredes y el aire penetra por los poros adormeciendo sensualmente a todo ser humano, era el momento esperado para correr a la barandilla del portal para admirar el desfile de bellezas, ampliamente conocidas de todos e igualmente conocidos de ellas, pero que por la magia de ese voyerismo cotidiano y de los uniformes estudiantiles nos hacían verlas como diferentes y hasta más atractivas.

Un respetuoso silencio acompañaba el paso de las colegialas. El barbajanesco silbido de supuesta admiración aún no había sido importado, copiando a los patanes de allende el Bravo. Ellas, igualmente guardaban tímido silencio durante su desfile, pues otra conducta les hubiera valido el calificativo de “motivosas”, cosa muy mal vista en tan rígida sociedad. Ya alejadas de nuestra vista estallaban las risas y los comentarios. Y era la ocasión de prepararnos para correr a sufrir con las declinaciones de las arcaicas lenguas. Pero antes, como remate de todo el festín visual, llegaba la presencia esperada de Gloria, alta, de largas y armoniosas piernas, caderas rotundas de contornos destacados, digna toda ella de ser esculpida por un Fidias o un Praxiteles, según observación del Profesor de Historia, muy avezado en culturas clásicas y en bellezas modernas.

Una ciudad donde las bellas no eran comentadas por ser algo cotidiano: solamente se las admiraba. Motivo de picante glosa cantinera eran las feas por escasas: como diría la Soledad Soto, famosa por su porte y desenfado: “Aquí no habemos feas, porque las corremos pa´ la Capital”.

La belleza clásica de aquellas tierras culiacanenses se identificaba por la hermosura de sus piernas, la redondez del entorno de sus caderas, equilibrada por lo discreto de sus senos, lo que daba pie a refranes y dichos populacheros un sí es no es léperos y nunca repetidos en sociedad.

Pero tal aseveración era desmentida por la imagen de la diariamente esperada Gloria: su perfil turgente y rotundo era un mentís a la maledicencia que proclamaba las escaseces de sus coterráneas. Llegó, como cada día, motivando inquietudes y malsanos pensamientos. E inició su paso, como cada día, lenta y segura, saboreando la admiración y el cosquilleo que despertaba en las huestes adolescentes, luciendo orgullosamente su silueta. Pero ese día, no fue como cada día: una voz insolente y discordante rompió el silencio: “¡Son postizas…!”.

Ella se detuvo, volteó hacia la voz anónima y tomando con ambas manos las orillas de su blusa la abrió de un solo golpe, haciendo saltar los botones y dejando surgir dos monumentos, turgentes, erguidos, enhiestos, dignos de servir de molde para copas rituales. “¡Postizas las de tu madre! ¡Ven y toca, desgraciado!”

Nadie aceptó la invitación. Nadie supo de quien había salido el grito provocador. Preferible no saberlo, en duda de agradecerle o sancionarle.

Pero ese mediodía las declinaciones, el kefales, y el rosa rosae, etc. de Don Reynaldo cayeron aún más en el vacío, sobre mentes más ocupadas en juzgar la falacia de aquel dicho populachero que rezaba: Buena pierna, mucha nalga y poca chicha, de seguro que es culichi.

Toda generalización es mala. .:M:.

*Escrito originalmente para e.Metro, estación Normal