Esa mañana el amanecer parecía tan común, tan semejante a otros amaneceres empapados por el aire agónico de lo que se mira sin esperanza. Susana, una niña de apenas siete años de edad quien con sus juegos y canciones se miraba tan indiferente ante las noticias que circulaban por todo el entorno, noticias que irremediablemente anunciaban la suerte que aguardaba a la pequeña Susy, como sus amigos le llamaban.
El día reflejó alegría, el sol resplandecía de manera diferente así como todo el entorno. Embelezada por ese maravilloso ensueño, Susy miró hacia el cielo, observó a los pájaros volando muy alto, con las alas extendidas como si aquellas aves quisieran unir las nubes blancas con las puntas de sus alitas. Susy sintió la necesidad de dejar por un momento en el suelo el para ella pesado cubo de agua que ayudaba a cargar a su madre. En cuanto lo dejó, algunas gotitas salpicaron en sus piernas así como en su carita, misma que de inmediato enjugó debido a que le cosquilleaban mucho en su mejilla. Su madre ya le adelantaba a una buena distancia sin darse cuenta de que su pequeña niña se había quedado ya muy atrás.
Totalmente ajena a cualquier escena que en su alrededor se pudiese suscitar, la pequeña Susy se tumbó sobre los largos pastos de la pradera dejando que la brisa fresca enfriara sus delgados brazos apenas cubiertos con una ligera tela de algodón. Por fin su madre se dio cuenta de la ausencia de la niña por lo que echó su vista en todas direcciones. Finalmente observó el cubo de agua e inmediatamente después descubrió los dos bracitos que se alzaban en lo alto apuntando hacia el cielo azul. Sin prestar más atención, la madre siguió su camino por la estrecha ladera que llevaba hasta su hogar.
El aire peinaba coquetamente los largos pastizales en los que Susy se hallaba recostada. Los minutos avanzaban y la niña continuaba mirando alto, observando detenidamente el vuelo de las aves que iban y venían de un lado a otro. Las nubes adoptaban formas que la niña no tardaba en descubrir, quizá las relacionaba con objetos o animales que alguna vez mirará.
Inesperadamente, un sonido quebró el silencio natural de aquella ladera. Sorprendida por aquel sonido nuevo, la niña apuntó con su dedito la dirección de donde provenía.
La pequeñita se levantó impresionada, nunca antes había mirado un avión y mucho menos tan grande y ruidoso. Por un momento creyó que aquella maquina voladora era un pájaro enorme como el que relatará alguno de sus viejos cuentos pero aquella idea muy pronto cambio conforme este más se adentraba.
En cuanto “la gigantesca ave” se alejó, la niña le pregunto a su madre que era aquello que volaba como un pájaro. Su madre le respondió que aquello era un avión y que se empleaba para que las personas pudieran experimentar lo mismo que un pájaro al flotar cerca de las nubes.
-Cuando me cure iré a volar en un avión como ese para poder sentir lo mismo que un pájaro al flotar cerca de las nubes- Pensó para sus adentros.
Las semanas transcurrieron para Susy, semanas en las cuales las cosas no fueron fáciles pues el poco dinero que sus padres conseguían ganar sólo era capitalizado con la única finalidad, de llevar a su hija a la capital del país para poder ser atendida en un sanatorio. Apenas si ella comía, mientras que sus padres sólo se conformaban con un par de tortillas. Susy sabía muy bien sobre el esfuerzo que sus padres realizaban con tal de que ella se mirara curada. Todo ello entristecía a la pequeña Susana. Pese a esto, la niña procuraba mirar las cosas objetivamente y no adherirse a esa amargura que constantemente le rondaba. Susy vivía, encontraba en cada momento una oportunidad nueva para comenzar todo de una forma distinta. Su pasión por vivir resultaba sorprendente y digna de admirar, su optimismo, y esa inigualable energía resultaba contagiosa para el resto de sus amigos de la escuela y demás personas que le rodeaban. Susana era el claro ejemplo de voluntad y optimismo.
Tres semanas antes de partir hacía la Ciudad de México la pequeña enfermó gravemente haciendo mucho más angustiante su situación.
Apresuradamente, sus padres vendieron todo cuanto podían poseer; vacas, pollos, herramientas de cultivo y terreno. La pequeña Susy fue trasladada hasta la capital para ser hospitalizada. Los tratamientos fueron aplicados al igual que un sin número de estudios con los cuales los doctores apoyaron su diagnostico; leucemia.
Los días transcurrían, la condición de Susana se empeoraba dramáticamente. Su cuerpo era aun más delgado de lo que antes era y ese brillo nato de sus ojos ahora se veía opacado por el aire mortal de su enfermedad. El compañerismo y cariño de sus amigos y compañeros de hospital siempre se hicieron presentes, era tanta la gente que la quería, que esto le resultaba el mejor aliciente para no decaer y continuar en la lucha. Muy a pesar de su corta edad, entendía lo que padecía pero esto nunca le desanimó, por el contrario, jamás lo tomó como el final del camino, por el contrario, continuaba estudiando y llevando sus clases en el hospital siempre ayudada por su nueva y mejor amiga de pasillo; Isabel.
Una mañana Susy despertó devastada, desmoralizada y sin ánimo por hacer nada. La tarde se presentó como si no quisiera llegar. Isabel por su parte su presentó puntual a la habitación de su amiga como todas las tardes lo hacia para visitar y hacerle compañía. En cuanto Isabel cruzó la puerta de la habitación encontró a Susy llorando amargamente. Isabel, le preguntó por que lloraba a lo que Susy respondió:
-Ya me he cansado de luchar, de actuar como si nada me afectara, pero ya no puedo más con esto. No mejoro y siento que el tiempo se esta yendo sin traer nada bueno consigo. Me duele mucho saber que las oportunidades por curarme se están perdiendo, toda posibilidad se va y eso me asusta mucho. Creo que voy a morir muy pronto.
La pequeña Isabel no sabía que decirle a su desmoralizada amiga, solo se aproximó hasta ella para tomarle su huesuda mano. El silencio imperó entonces durante un largo rato en cada uno de los centímetros de la fría sala del hospital. Entonces Isabel recordó una vieja historia que alguna vez le contara su abuela. La niña estremeció de felicidad al imaginarse la reacción que posiblemente causaría a su amiga.
-¡Susy ya se como puedes curarte! Expresó con sobrado júbilo- mi abuela me contó que si consigues elaborar mil rosas de papel lograras hacer venir hasta ti a la Virgencita de Guadalupe quien si mira las mil rosas hechas por ti, te concederán un deseo, sea cual sea. ¡Por qué no lo intentas! Estoy segura que de conseguir hacerlas la Virgencita te curará.
El rostro de la pequeña Susy se transformó por completo. La emoción y la nueva luz de esperanza le hicieron recargar su espíritu de fuerzas para intentarlo una vez más.
Esa misma noche Susy comenzó a elaborar las rosas sin que nada más le importara. Cortó, dobló y pego el papel con la única finalidad de terminar las rosas que le concederían el deseo de curarse y salir de aquel hospital y así reunirse una vez más con todos sus amigos y pasar horas enteras en aquella pradera mirando el cielo azul y las nubes de algodón que tanto extrañaba.
El sueño terminó por vencer a la pequeña quien apenas había logrado terminar seis rosas. Pero dentro de ella se albergaba la esperanza de tener la oportunidad de intentarlo al día siguiente.
La mañana llegó y en cuanto los primeros rayos del sol se colaron por la ventana, Susana inició una vez más su incesante labor.
Día tras día la niña elaboraba rosas sin cesar, una tras otra. Ella sabía que lo conseguiría y que muy pronto estaría afuera, totalmente curada, jugando con sus amigos y en compañía de su madre. Todos lo días Isabel le llevaba papel con el cual su amiga conseguiría su deseo: curarse.
Finalmente, los meses transcurrieron.
Esa fue una mañana despejada y bella, el aire soplaba tranquilo mientras las aves jugueteaban entre las ramas de los árboles. Esa misma mañana Susana murió, justo la noche anterior la pequeña había terminado la rosa número 406. El sueño de la pequeña se truncó poco antes de mirar finalizado su esfuerzo. El sueño concluyó crudamente para Susana.
Todos en el hospital supieron del deseo que la niña perseguía con tanto entusiasmo por lo que al saber la noticia, todos se entristecieron durante varios días. Isabel y sus amigos le lloraron con dolor pues su gran amiga había partido para nunca volver.
Semanas más tarde, Isabel, ya curada, visitó el hospital que compartiera con su amiga. Recorrió cada una de las habitaciones repartiendo hojas de papel a todos los enfermos y enfermas, enfermeras y doctores, sin decir palabra alguna y sin preguntar nada cada uno de ellos comenzó a elaborar una o más rosas. Susana había sido para todos ellos un gran ejemplo de vitalidad, optimismo y de amor hacia la vida, todos ellos querían, de algún modo, ayudar a concluir el sueño que perseguía aquella carismática pequeña. Por su parte, todos sus familiares y amigos del pueblito donde viviera también ayudaron a alcanzar el número restante de rosas que a la pequeña Susana le faltaron para ver concretado su deseo.
Isabel recolectó las rosas que entre ella, la gente del hospital y compañeros de escuela habían hecho. Las mil rosas fueron llevadas hasta el jardín del hospital para que la Virgencita de Guadalupe las mirara concluidas y concedieran un deseo bueno a Susana esté en donde esté. .:M:.
*Escrito originalmente para e.Metro, estación La Villa-Basílica
