Se abre la regadera y cae a chorros, el lavabo, lavadero, las botellitas en el supermercado. En fin, a tiro de piedra para los que viven en la civilización se encuentra el H2O vulgarmente conocida como agua. No tan fácil la tienen los que viven en zonas rurales donde el tener una o dos cubetas implica toda una travesía y esfuerzo. Lo cierto es que, aunque algunos la valoren y la cuiden y otros no, el agua marca la existencia en este planeta. Por definición es un líquido vital para los organismos. Pero, además de ello el agua ha marcado a las civilizaciones con tonos místicos y mágicos y guarda toques extraordinarios que apenas comenzamos a conocer. De hecho, desde la antigüedad el hombre social y creyente se ha sentido atraído al líquido como el centro desde donde construye una serie de escenarios que le apoyen para relacionarse.
Para los indígenas la Tierra flotaba como una isla. El agua de mar significaba para ellos agua “divina” o “maravillosa” que al extenderse podía confundirse con el cielo. Esta creencia mística influyó en los aztecas al elegir el lugar donde se fundaría Tenochtitlán. En el ámbito arquitectónico los mexicas veían en sus pirámides una reproducción de los cerros “atepetl” -cerros de agua- a los costados de los mantos acuíferos o como islotes flotantes en los lagos como Xochimilco.
Desde el punto de vista teológico los mexicas rendían culto a Tláloc, dios de la lluvia, pues la agricultura era la base de su economía y buscaban influir en el comportamiento de las lluvias y sus cosechas.
Con la conquista y el catolicismo llegó el sacramento del bautismo donde, a través del agua impuesta en la cabeza se otorga a un individuo la bendición de Dios. ¿Qué tan cierto puede ser? Mucho. ¡Oh sorpresa! Esta respuesta va más allá de la tan manoseada fe. La física cuántica explica, a través de experimentos científicos y de observación que el agua puede transportar información.
En 1994, un científico japonés, Masaru Emoto, explicó que así como las palabras son conceptos que implican sentimientos y emociones son, dichas emociones, las que pueden cambiar la calidad del agua.
Emoto pudo demostrarlo haciendo experimentos. A un frasco de agua le colocaba una etiqueta que decía Amor y a otro una que decía Odio. Luego congelaba el agua, haciendo cristales de agua, para finalmente analizarlos con un microscopio de alta precisión. Encontró que los que habían estado en contacto con la palabra Amor formaban bellísimos cristales. Por el contrario, los que habían estado en contacto con Odio no sólo no formaban cristales sino que mostraban “formas horribles”.
Masaru Emoto afirma que semejante fenómeno ocurre en el “Hado” del agua, la energía o vibración inherente a todas las cosas, la sutil energía subyacente que existe en todo el universo. Tal vez se esté refiriendo a un concepto similar al que denominan “Prana” otras culturas orientales.
La buena noticia de ello es que tenemos la posibilidad de imprimir buenas emociones en todo lo que nos rodea. Amor, paz y gratitud son las palabras que los que se han dedicado a seguir esta aseveración científica dicen se deben pensar al estar frente al mar, el río, la lluvia o incluso el vaso de agua que entrará a nuestro organismo. “No lo sé de cierto” como versaba Sabines. Lo cierto es que esta magia que nos llega todos los días, que nos forma y transforma no debe diluirse en la cotidianidad.
La mala noticia es que también todos nuestros peores sentimientos están en contacto con ella. Que la inconciencia de su importancia nos lleva a la sequía y muerte porque “nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido” lo cierto es que si nosotros la perdemos no podremos verlo. .:M:.
- Para saber más puedes consultar los trabajos Masaru Emoto en su página oficial:
*Escrito originalmente para e.Metro, estación Xochimilco

