Carmelina acabó de vestirse. Siempre era algo tardado el último toque de su arreglo personal, no le gustaba salir y dar la impresión de descuido. Aunque sólo fuera para ir a su clase semanal de pintura.
Era también el momento de reflexión. La bronca de esta mañana con Julián, su marido, la había deprimido. No podía acostumbrarse a los cambios de carácter que le ocurrían últimamente.
Fuera de sus computadoras, no aguantaba a nadie. Es cierto que tenía razón. Algo de razón, porque exageraba. Y eso que no estaba enterado de todo. Le molestaban las llegadas tarde de Chonín, su hija, que, aunque mayor de edad abusaba. Él era un poco a la antigua usanza, como su padre, conservador y hasta algo fascista. Pero no era justo que la golpeara. Casi la estampa contra el refrigerador. Si supiera que esos fines de semana que dice irse a dormir a casa de sus amigas los pasa con el novio.
El novio de ahora, que no es el primero.
Y lo peor fue cuando ella le previno que se cuidara, pero que si llegaba a embarazarse por un descuido, que nunca se le ocurriera abortar porque eso sí que era pecado. Lo otro… También, pero es menos malo. Y la muchacha le contestó: “Si yo abortara, tú nunca te enterarías mamá”. Eso la había desquiciado. Había aceptado lo de la liberación sexual, pero lo del aborto no. Y lo que Chonín le contestó… El padre Alfonso, su confesor, la regañó por recomendarle que se cuidara. Lo único moral era la abstinencia, dijo. Pero ella pensaba que eso no era grave. Peor era lo de las drogas. Chonín, gracias a Dios, ya había salido de eso. El sexo no era tan peligroso, aunque fuera pecado. Al fin y al cabo quedaba el recurso de confesarse.
Lo de Chonín fue tan duro como cuando supo por amigos que Poncho, su hijo preferido, andaba con amistades raras. Porque eso también era pecado. Y la confesión no sirve si no se tiene el propósito de enmendarse. Por eso lo obligó a casarse, antes de que su padre se enterara.
Nunca iba a tener hijos, por desgracia, porque era el más guapo y el más inteligente, porque el pobre de Juliancito, su hermano, tan simple y con esa mujercita tan fea, qué nietos podía darle. Pero Poncho sí que hubiera podido tener una buena descendencia digna de la familia. Que Dios me perdone si peco de soberbia, pensó, pero la chica resultó estéril por esa enfermedad casi mortal que tiene. Por una parte, qué bueno, porque el problema de él se disimuló un poco, pero era una tristeza que no pudieran tener hijos. Por el problema de ella, pobrecita. Y el de él…
Todo esto la tenía muy preocupada y lo había resentido en las clases de pintura. Ahora tendría que apurarse para llegar a tiempo y dar aunque fueran unas cuantas pinceladas para justificar su presencia. Y mañana tendría que confesarse como todos los domingos, siempre por ella y por toda la familia: por Chonín, que Dios quiera que se case y deje de andar en pecado; por Poncho, que ojalá se curara de ese vicio tan feo y que tuviera hijos, aunque no fuera con la pobrecita de su mujer, que la enfermedad de ella es una justificación para buscar a otra más sana. Y por Julián, que Dios lo oriente para que deje de ser tan violento y que piense más en la familia en vez de estar siempre metido en sus computadoras.
Se dio un último retoque frente al espejo, tomó su carpeta con los bocetos y se dirigió a la puerta.
Se detuvo un momento para echar una última mirada a Fernando, que seguía dormido en la cama, como siempre se quedaba después de hacer el amor. Siempre era lo mismo, igual que Julián…
Antes, claro, cuando todavía hacían el amor. Así son los hombres, tan egoístas, pensó. Y rápidamente salió del hotel, pensando que mañana tenía que hablar con el padre Alfonso de lo mal que estaba su marido, porque estaba cayendo en el pecado de la ira. .:M:.
*Escrito originalmente para e.Metro, estación Viaducto

