Laberinto peligrosamente encantador – En el D.F. también hay espacio para la cultura, el deporte y la diversión

Cuenta la historia que donde encontraran un águila devorando una serpiente se fundaría la gran Tenochtitlán, que bueno que eso fue en 1325, por que de haber sido en este tiempo, seguramente los aztecas no hubieran encontrado nada, pues alguien ya se hubiera robado a los animalitos; el águila se estaría vendiendo de manera ilegal en algún mercado y la serpiente se comercializaría en forma de cartera o cinturón.

Pero olvidemos por un momento la delincuencia e inseguridad, mejor vamos a dar un paseo por el Distrito Federal para recordar que a pesar de todo, la ciudad tiene un encanto especial.

Nuestro viaje iniciará muy temprano, pero antes hay que llenar la barriga, y el desayuno no podía ser otro que la tradicional y regordeta “guajolota”  -dícese de la torta de tamal- y para bajarla un humeante atole de arroz. Ahora si, retomamos el camino; para moverse en la ciudad no hay nada como el metro, ya que por tres pesos tienes derecho a transporte, sauna, masaje y un desfile de vendedores que te ofrecen desde el disco de las cien mejores cumbias, hasta el manos libres de cualquier marca de celular, “pa´ que no lo ande pagando en su precio normal de doscientos pesos, lléveselo como una oferta, una promoción, por la mínima cantidad de treinta pesos, cien por ciento original, garantizado”, sin duda una oferta difícil de rechazar.

Una vez abandonando ese mundo subterráneo, la diversión afuera está garantizada,  la Ciudad de México nos ofrece todo lo imaginable y lo que no también. Un paseo por el zoológico y una visita a los juegos mecánicos en Chapultepec, una caminata por el bosque de Tlalpan, los Dinamos en Contreras o el Desierto de los Leones en Álvaro Obregón; o tal vez asistir a un partido de fútbol, a una corrida de toros o a una función de box o lucha libre.

Pero si lo que queremos es mover el esqueleto, encontraremos opciones que van desde el baile encabezado por la banda el Recodo en algún deportivo de Iztapalapa, los antros en avenida Insurgentes y zona rosa, entre muchos otros, hasta el concierto de U2 en el estadio Azteca.

Para ponerle un poco de adrenalina al viaje, podemos caminar por las calles de Tepito, y con un poco de suerte encontraremos los espejos de nuestro carro que “perdimos” en alguna calle; o darnos un rol por el tianguis del Chopo, para intercambiar discos, playeras, revistas y de paso actualizarnos de lo que está sonando en el punk, ska, rock y cualquier otro género.

Ahora que, si nuestra onda es más tranquila, visitemos algún museo; el de Antropología, el de Historia Natural, el de cera, también podemos ir a una exposición de arte, o simplemente caminar por las calles empedradas de San Ángel observando los cuadros que se exhiben para su venta, o de plano sentarnos en una banca frente a la fuente de los coyotes en el centro de Coyoacán, mientras vemos la habilidad de nuestros hermanos hippies para elaborar pulseras, collares y cualquier tipo de manualidades, mientras se fuman una hierbita no identificada.

Y para la hora de comer, el menú es amplio, si nos gusta vivir al límite, una visita a los puestos estratégicamente colocados afuera de las estaciones del metro, son la opción: “cinco tacos por veinte pesos, tripa, suadero y longaniza, bien servidos joven”, y si después de comer allí damos tres pasos y seguimos vivos, no solo la libramos, sino que además, hemos sido inmunizados contra cualquier bacteria, después de esto podemos comer lo que sea el resto de nuestra vida.

Pero si el dinero no es problema, entonces no es necesario jugarnos la vida, por lo que en un buen restaurante de Polanco o Santa Fe estaremos a salvo, aunque si nuestra economía esta en medio de estas dos opciones, un lugar de comida rápida estará bien.

Si el recorrido lo realizamos en pareja y después de besos, caricias y algunas otras demostraciones de afecto, sentimos la necesidad de reforzar nuestro amor, nos dirigimos a la zona hotelera de Tlalpan, que aunque no tiene vista al mar, ¿quién la necesita? si lo que vamos a ver es el cielo – ¿lo pensé o lo escribí? – bueno, me han contado.

Y para terminar bien el día, podemos ir al cine, caminar por alguna plaza comercial o tomar un café en algún lugar de la Condesa o mejor aún, escuchar música de mariachi en Garibaldi, por supuesto acompañados de una botella de tequila.

Para regresar a casa, el Metrobús es una buena opción, pero si la adrenalina vivida en el día no fue suficiente, entonces agárrense de donde puedan, persígnense y subamos a un microbús; el exceso de velocidad, el pasarse la luz roja del semáforo y la música a volumen máximo, harán de nuestro recorrido todo un deporte extremo.

El día ha terminado, y aunque la ciudad no lo hace, nosotros si tenemos que dormir, hemos dejado muchos lugares sin visitar, sin embargo, creo que este paseo nos sirvió para disfrutar del Distrito Federal, de la cultura, de los lugares, de la forma de vida e incluso de los personajes que le dan identidad a nuestra ciudad. Es cierto que el tráfico, la inseguridad, la contaminación, la corrupción, nos hacen algunas veces querer huir de aquí, pero cuando nos vamos siempre queremos regresar, después de todo es aquí donde nacimos, donde hemos crecido, donde pertenecemos. En pocas palabras, la Ciudad de México es, simplemente, nuestro hogar. .:m:.