A lo largo de su historia, el pueblo mexicano se ha caracterizado por ser profundamente devoto. Si bien su cosmovisión ha sufrido transformaciones, la religiosidad que nació en las culturas mesoamericanas se ha mezclado en la esencia de nuestro país y ha sido partícipe de importantes momentos en el devenir de México hasta hoy día.
Las siguientes líneas están dedicadas a esbozar brevemente la relación que el culto a la Virgen de Guadalupe tiene con los movimientos nacionales que han esculpido el rostro de nuestro país. Compartamos o no los postulados religiosos, es innegable que la tradición guadalupana ha sustentado uno de los símbolos nacionales más importantes de México y que, a través de ésta imagen se han gestado grandes ideales religiosos y políticos.
Sin más preámbulo, entremos en materia. Las fuentes para estudiar el fenómeno guadalupano son muy heterogéneas, las hay en género epistolar, como sermones dictados en misa, polémicas entre estudiosos de la historia, de la teología y del arte, así como estudios de vanguardia que, mediante avances tecnológicos pretenden confirmar la veracidad del milagro del Tepeyac. La producción literaria y las investigaciones sobre el tema es prolífica pero citamos aquí los autores que, a nuestro juicio, son los principales debido a la seriedad de sus estudios y a la contundencia de la información que presentan: Francisco de la Maza, Edmundo O´Gorman, Ernesto de la Torre Villar y David A. Brading.
Con la llegada de los españoles a México se inició un complejo proceso de conquista cultural que contemplaba la creación de una Jerusalén terrena en la que se eliminaran los vicios y la corrupción del Viejo Mundo. Por ello la evangelización fue una de las actividades principales que no de las más sencillas. Implicó la creación de un complicado puente entre ideologías, enfrentó la resistencia indígena a modificar sus costumbres y a abandonar sus creencias, las pugnas entre frailes y encomenderos, las disputas entre clero regular y secular y las barreras lingüísticas.
La conversión involucró también problemas para comprender y asimilar la propuesta cristiana, de tal suerte que los frailes se valieron constantemente de las imágenes para transmitir la nueva doctrina con cierta claridad y con la esperanza de imprimir una huella profunda en la conciencia de los indios. Dentro de su proceder y debido a carencias de la época, se incluyeron artífices autóctonos en la producción artística, conocedores de los procesos de conquista y sobre todo, imbuidos en celebraciones místicas:
…Ya fuera o no que estuviera en el mismo sitio, los nahuas consideraron a la iglesia cristiana como análoga al templo de antes de la conquista. Participaron entusiasmados en su construcción y decoración con el mismo espíritu con que lo habían hecho con su predecesor, procurando ensalzar el símbolo, tangible y central, de la soberanía e identidad del altépetl.
Por ello, resulta natural que los conventos fuesen elementos esenciales de la evangelización, que se convirtieron en espacios propicios para la gestación de nuevas formas artísticas. Que el autor de las decoraciones conventuales fuese indio, daba lugar a que los conceptos y las imágenes cristianas, fueran reinterpretadas plásticamente, substituidas y mezcladas con imágenes concebidas antes de la conquista espiritual por los artistas y sacerdotes de aquél entonces. En este sentido, es admisible que las coincidencias formales entre ambas tradiciones fueran aprovechadas para transmitir conceptos y que hayan sido empleadas como un elocuente recurso ante problemas de interpretación en el ámbito estrictamente formal.
Las formas indocristianas develan la existencia de una compleja y meticulosa educación artística que dialoga con el espíritu profundamente religioso de los indios mesoamericanos. Formas, técnicas y colores conspiran para crear una ingenua y particular interpretación de las imágenes cristianas surgidas de las manos de indígenas educados en las antiguas instituciones formativas y, en algunos casos, provenientes de circunstancias paralelas: la antigua tradición oral y las escuelas de artes y oficios cristianas fundadas desde los primeros años de la conquista, bajo los ideales de Fray Pedro de Gante.
El caso concreto de la imagen de la Virgen de Guadalupe tiene gran relación con la participación indígena en la evangelización como veremos más adelante.
No hay que olvidar que durante el siglo XVI Europa se convulsionaba con guerras de religión ante el nacimiento de la Reforma protestante y la reacción de la Iglesia católica. Las noticias llegaban a la Nueva España y se traducían en debates y polémicas en los que se buscaba afianzar la posición del clero en territorio americano.
Entre estas disputas surgió el tema de la adoración de las imágenes y su vínculo con la idolatría. Se explicaba que la divinidad no yacía en las esculturas de bulto o en las imágenes que engalanaban los retablos y que la verdadera fe cristiana estaba en el corazón de los fieles. Es alrededor de esta cuestión que el franciscano Bernardino de Sahagún llama la atención sobre el problema que implica la adoración de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac y la posible sustitución de la diosa Tonantzin que era venerada en ese mismo lugar.
La creciente devoción por la guadalupana instó al Arzobispo Alonso de Montúfar a reavivar el culto realzando supuestas propiedades milagrosas, alrededor del año 1555. Este hecho respondía a la necesidad de instaurar santuarios y lugares de peregrinación para atraer la mirada de Roma y aumentar el poder de la Iglesia novohispana.
Con la provocación iconoclasta enarbolada por los protestantes, la Iglesia católica expresó dentro del Concilio de Trento, en la sesión XXV, que en las imágenes no residía el poder divino pero que eran una excelente herramienta didáctica, sobre todo, en los nuevos territorios. Al mismo tiempo, el culto mariano se extendía encarnado en las efigies de múltiples vírgenes locales; América no fue la excepción, pronto jesuitas y franciscanos adoptaron el programa y apoyaban el culto a los santuarios consagrados a María.
En 1648 sale a la luz el impreso Imagen de la Virgen María, Madre de Dios de Guadalupe de Miguel Sánchez (1894-1674), escrito del que se desprenderá buena parte de la leyenda en torno a las apariciones del Tepeyac. En él se describe a la guadalupana como la Virgen Apocalíptica de la visión de San Juan en la isla de Patmos y se narran, por primera vez, las revelaciones a Juan Diego y la milagrosa impresión en su tilma.
La obra de Sánchez invistió la imagen de mística y le dio un sustento teológico, al tiempo que se comenzaba a gestar en el pueblo un sentimiento nacionalista y patriótico a partir de su culto. El discurso criollo y la identidad del pueblo comenzaba a forjarse. El clero novohispano aprovechó la coyuntura para justificar que la Iglesia Mexicana tenía la bendición de la Madre de Dios, así como su protección.
El modesto templo erigido en honor de la Virgen de Guadalupe fue sustituido entre 1695 y 1700 por otro, ricamente construido y ornamentado, como correspondía a la iglesia artífice de los designios divinos encomendados a España desde la época de los reyes católicos.
La polifacética población barroca fue asolada por una terrible epidemia en 1737, los fieles ruegan a la virgen morena y finalmente es proclamada como Patrona de la Ciudad de México. Para 1746 la advocación se extendió a toda Nueva España, hecho que fue ratificado por Benedicto XIV, quien le otorgó su fiesta con misa propia y oficio el 12 de diciembre en el año de 1754.
El reconocimiento papal renovó las polémicas sobre el milagro del fénix mexicano, como también se ha llamado a la guadalupana. Es en este momento que se legitima la figura de Juan Diego y se incorpora al discurso nacional la imagen del indio y las raíces mexicas. A la par se rescata el Nican Mopohua, texto publicado en 1649 atribuido a Antonio Valeriano, indio noble, que parece fue alumno del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, discípulo de Sahagún. El impreso considerado como Historia de las apariciones de nuestra Señora de Guadalupe de la pluma de Valeriano describe minuciosamente el milagro y la imagen de la Virgen. Ante esta evidencia, Roma constata el suceso y afirma su divinidad.
Durante el siglo XVIII la polémica vuelve a enardecerse mediante disquisiciones racionalistas que cuestionan los orígenes de diferentes cultos religiosos. En 1794 Juan Bautista Muñoz, Real Cosmógrafo de Indias, cuestiona el sustento histórico de la crónica de Valeriano y retoma el pensamiento de Bernardino de Sahagún alrededor de la sustitución del adoratorio de Tonantzin.
En el mismo periodo Fray Servando Teresa de Mier, quien se distinguía por ser un criollo de lúcido razonamiento, predica un sermón en el Tepeyac que convulsiona la opinión pública por sugerir que la imagen de Guadalupe tenía un origen diferente al cantado por la tradición y que fue estampada en el manto de Santo Tomás, con lo que aludía, en cierta forma, al mito fundacional español en el que figura Santiago Apóstol.
La invasión napoleónica y la independencia de las colonias inglesas permitieron que las ideas racionalistas tomaran una fuerza inusitada en diferentes regiones del orbe. El culto a la Virgen de Guadalupe en la Nueva España cobra un sentido muy particular, ya que en él se conjuga la devoción del pueblo con un fuerte sentido de identidad patria que alcanzaba a diferentes sectores sociales por igual. Claro ejemplo de ello fue la acción del criollo Miguel Hidalgo al cobijar la lucha insurgente bajo el manto de la virgen morena, la virgen de México.
Diferentes facciones dentro de las luchas armadas en suelo mexicano reclamaron la protección de la guadalupana. Durante la Guerra de Reforma en el siglo XIX, se promulgaron varios sermones en el Tepeyac en voz del obispo de Michoacán, Clemente de Jesús Murguía.
En el gobierno de Porfirio Díaz la situación entre el Estado y la Iglesia se concilió bastante, incluso, es en este periodo que se obtiene la anuencia del papado para coronar a la Virgen de Guadalupe en noviembre de 1895. A. Brading comenta en sus estudios sobre la imagen del Tepeyac, que durante las celebraciones de la coronación nuevamente fue convocado el texto de Sánchez, está vez con un discurso que justificaba el mestizaje y la irrupción española en aras de la conquista espiritual.
El efecto cohesionador de la imagen era evidente, constituía un icono nacional. La polémica en torno a las apariciones se hicieron más intensas e investigaciones históricas con serios fundamentos comenzaron a cuestionar su divinidad. Es en la década de los ochenta que se descubren pruebas, a través de la querella entre el arzobispo Montúfar y el provincial franciscano Francisco de Bustamante ocurrida en 1556, en las que se constata que el lienzo guadalupano es atribuible a un indio llamado Marcos Cipac, quien recibió instrucción cristiana en los colegios de artes y oficios de los franciscanos.
Continuando con la discusión, el reconocido historiador Joaquín García Icazbalceta redacta la Carta acerca del origen de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en 1883 en la que demuestra que el relato de Sánchez fue escrito 116 años después de que iniciara el culto a la imagen. Argumentaba también como prueba elocuente el silencio de los cronistas del siglo XVI, el que no exista ninguna señal o consigna del milagro en un tiempo de conversión y fe resulta sintomático.
Otro punto a debatir fue cuando se descubrió que la corona y algunos otros atributos de la pintura fueron borrados discretamente para ser restituidos posteriormente bajo la anuencia papal, como escriben diferentes estudiosos del tema.
Ya en el siglo XX, las facciones campesinas en la Guerra Cristera retomaron la figura guadalupana como estandarte acompañada de la leyenda de Viva Cristo Rey en contra del gobierno y de las reformas anticlericales. El Estado pretendía incorporar al país a la modernidad internacional y para conseguirlo debía restringir los fueros del clero, en aspectos como la educación y la política. La reacción de varios sectores de la población fue muy violenta y, en medio, de los intentos por reivindicar las tradiciones indígenas ante el embate del progreso, fue que surgió la iniciativa de beatificar a Juan Diego.
La consumación de este hecho llegó en 1990 bajo en pontificado de Juan Pablo II, años después, Juan Diego fue canonizado.
Múltiples investigaciones y pruebas históricas coinciden en que la imagen de la Virgen de Guadalupe es una pintura realizada con gran maestría por el indio Marcos con la intención de cristianizar a los pueblos mesoamericanos durante la evangelización. Plumas de especialistas y autoridades en la materia han evidenciado la inconsistencia de los discursos que soportan el milagro y las apariciones a Juan Diego.
¿Cuestión de fe o de ciencia? El hecho es que la virgen morena ha estado presente a lo largo de los últimos siglos de la historia de nuestro país, como símbolo nacional que identifica a los mexicanos en cualquier parte del mundo; de igual manera, en este sentido, su significado ha servido de aliento para diferentes ideales sociales y múltiples fines políticos.
En 1999 la Virgen de Guadalupe, el fénix mexicano, fue proclamada patrona de toda América. .:M:.
Bibliografía
*Escrito originalmente para e.Metro, estación La Villa-Basílica

