Corazón de maíz y chocolate

La abuela, es una linda mujer que me llena de alegría cada vez que indago en su rostro chocolate descubriendo su discreta sonrisa en su andar atareado, de la nevera a la alacena y de la alacena a la estufa. Me sorprende la armonía de su paso y la gracia que tiene para escoger las carnes, las hierbas y las especias, también la fruta y el azúcar. Mucho de ella me gusta, es su voz, es su bondad, es su decoro y es más, su pensamiento de algodón hilvanado en otro tiempo. Son siempre sus afectos de madera y de mortero.

Mi noble mujer de pensamiento de algodón tiene bonitos ojos negros que se colman de de luz cuando hace amistad con el Sol y la Tiniebla. Siempre, siendo aún de madrugada, ella le ofrece al astro rey una palabra de cariño y él, estrella milenaria, le agradece con la bondad de medio día para enderezar su espalda hecha de maíz blanco. La abuela es una mujer de un ánimo contento quien vive de bellos detalles de gracia, por ejemplo en la noche, le pide con amistad a la Tiniebla la velación de su sueño y fielmente la espléndida Tiniebla la complace contándole historias, entonces la abuela descansa a gusto, la abuela duerme, la abuela camina en una fábula infinita.

Es alegre mujer de maíz y chocolate. Abre sus ojos y amanece. Canta el gallo y ella se despierta lindamente transparente. Cada día acostumbra lavarse con un cubo de agua y con ceniza, se llena de crema su piel y canta con su voz tarareando rarararaaá rararri rarare raraaaré… Me gusta verla, me gusta escucharla cantando en la niebla chinampina, acompañada de un noble caballero de pluma de carmín con corona y corbata de marrón. Me llena de alegría cuando la veo correr detrás de este amigo, gran tenor de las mañanas, ella lo llama, lo busca y lo mima, le pone pan y le pone mijo. Yo en verdad disfruto de sus afectos de horno y también de sendero.

La abuela comienza su paso. Anda a la alacena y vuelve a la estufa, regresa a la alacena y descubre la nevera. Sonrío tiernamente al verle con blanco sus mejillas estando aún acariciadas con crema. Andando se contenta rarararaaá rararri rarare raraaaré… cuando el verde y el rojo de las flores son recién mojados por lluvia, adora los tulipanes y los jazmines, le gustan también los malvones y las violetas. La abuela me alegra, me gusta verle, me gusta escucharla y me gusta pensarla, es una hermosa hoja de maíz de origen nahua que se asoma a la nevera y esboza un rostro agradecido cuando descubre que la masa, amasado, amasijo de maíz ha resistido el clima, no ha fermentado, no ha tomado otro sabor, no ha tomado otro color, felizmente se ha conservado fresco. Ella pone una bolita de masa, la deshace con fina prudencia entre sus dedos y la junta al agua hirviendo con cocoa. Piensa que hoy es un día de cocoa y de contento porque viene Martina, que es su hija y es mi madre, una bonita mujer heredera de un corazón de maíz y chocolate.

A una mujer feliz con pensamiento hilvanado de algodón le gusta la cocina en compañía y me gusta imaginarla en simpatía con el fuego. A medio día la abuela sale al mercado cantando rararará rararri rarare raraaaré…, cargando su bolsa y gozando el sendero, disfruta sin fin las amigables formas, las raíces y las verduras, también los quesos y las biznagas de aromas saludables. Ella se llena de gozo con los saludos amistosos y cordiales sonrisas, es bondadosa amiga. La abuela dice que cuando visita el mercado descubre la vida y le dan muchas ganas de dar gracias al cielo y a la tierra, y a Dios por la luz infinita, y aún más, por la lluvia y el trueno. Yo creo que mi abuela goza de la claridad del agua. Ella piensa que la noche cuida las semillas, entonces yo descubro que mi vida se hace de contento y nace en mi un gran deseo de acompañarla a dar gracias a la Tiniebla por su graciosa prudencia y por su dadiva amorosa.

Yo soy heredera de mujer con curiosidades de alcanfor, miro al cielo que hizo suyo esta mujer de manos de rito y canto, y pienso y descubro, que ella, mi abuela, es rostro de chocolate, es una bonita espalda de maíz, es nombre de lluvia y claridad de agua, ella, mi abuela, tiene la energía de un relámpago y también tiene alegremente escondida la sonrisa de un trueno. La abuela es mujer lacustre, hermosa, que esfumina entre la gente que conoce la gracia que le convida el sol, la tierra y el viento, ella comparte un saludo, una simpatía y su palabra.

Ya de vuelta de la tienda, la mujer adorada de relámpago junta sus manos con eterna humildad mira gustosa las mazorcas de casa arropadas con gabardina de hoja verde y yo miro como al bajarlas hace una danza, juega con sus piernas, juega con sus pies y juega a la vida alagada de bondad. Ella junta granitos sobre un mantel, los sabe con lluvia, tierra y sol. Los acaricia con agua juntando un puñito de hierba y un puñito de blanco mineral, frecuenta la simpatía del fuego y el hervor de esperanza. Ella espera de nuevo a mi madre para el día de mañana.

Mi madre, Martina, es también una noble mujer bendecida que llega a la casa de la abuela con dos compañías, somos Manuela y mi hermana Rubí. La abuela se alegra de encanto, nos mira, nos gusta, nos busca la nariz y los ojos. A nuestra mujer de corazón de maíz y chocolate le gusta que juntas le hagamos caricias. Es domingo y las tres llegamos a La Noria, pedacito de tierra donde aprendemos de la vida vendiendo granito de maíz en agua de hierba.

La abuela ha tenido una noche feliz en compañía de Tiniebla. Amanece y escucha al tenor, noble caballero de pluma de carmín con corona y corbata de marrón. Ella canta su voz, hilvana algodón e imagina otro tiempo de curiosidad de encanto. Esboza una discreta sonrisa que yo Manuela trato de descubrir cuando una mujer de maíz y chocolate camina feliz hacia su ruta de fuego. .:M:.

*Escrito originalmente para e.Metro, estación Xochimilco