Conocí Sinaloa muchos años después. Pero desde que tengo memoria supe de su existencia. Existía como algo importante: el nombre de un país, de una ciudad, de una marca, de lo que usted quiera. Pero importante. Se lo oí repetir infinidad de veces a mi madre cuando la chacha se iba a la compra: Remedios, acuérdate de que mañana nos toca cocido. No te olvides de traer la carne de falda y el tocino bien magros. Y los garbanzos que sean de Sinaloa. Porque los de Sinaloa eran más tiernos, como mantequilla, y por la noche fritos estaban de rechupete, como ningún otro garbanzo.
Sinaloa era algo relacionado con los garbanzos, tan ligados a nuestra dieta matritense, reyes y señores del cocido tan dispendioso en estos tiempos, pero tan popular en los de mi infancia, en que era el plato del pueblo: ninguno tan apetitoso como el que comían los albañiles al mediodía, con jamón, (Serrano, no faltaba más), tocino, morcilla, chorizo, (de Cantimpalo, por supuesto), col, garbanzos, muchos garbanzos, y patatas, imprescindibles. Si América no nos las hubiera regalado, Madrid hubiera tenido que inventarlas para crear una de sus más ricas tradiciones: la tortilla, símbolo gastronómico de España, suculenta competidora de la paella, la fabada o del mismo cocido, tan madrileño como la Cibeles.
Y por fin ubiqué Sinaloa en la geografía, allá por el Norte de México, donde empieza la cultura de la carne y con ella las proteínas y las neuronas y los talentos y las ganas de trabajar. Sinaloa, cuna y fuente de los garbanzos de mi infancia. Allá llegamos en nuestro deambular de trasterrados. El primer día de mercado, (antes de que saliera el sol por aquello del calor), mi madre fue a buscar los garbanzos añorados durante años de racionamiento durante la guerra en Europa. Ni sus huellas: lo único encontrable eran unos garbancitos, chiquitos, de diversos calibres, comunes y corrientes como los que se cultivaban en cualquier pueblo de la árida Mancha. Aquellos otros eran los de exportación, los que ponían en alto el nombre de su patria. Pero los que se quedaban en casa eran los pobrecitos, los humildes, los que no incitaban al pecado de la gula. Al igual que los tomates o jitomates, como se llaman en México: esos rojos, lustrosos, brillantes, tentadores como pecaminosas manzanas, eran ofrendados al comprador extranjero, mientras que los nacionales consumían los más desangelados de la cosecha. Y lo mismo las papas o patatas, y así los demás productos que Madre Tierra tan pródigamente distribuyó en México. Para gusto y saboreo de gastrónomos de allende sus fronteras. Lo cual no dejaba de frustrarme.
Y me sigue frustrando y hasta coraje me da. Lo único que me queda es quejarme de que cuando en mi necedad culinaria quiero preparar carísimo cocido y con nostalgia acudo en busca de mis sinaloenses recuerdos a la tienda de autoservicio, heredera de la hispana compra y del mexicano mercado y del colorido tianguis, sólo puedo localizar, envasados en bien torneado frasco, como se presentan las aceitunas y las cebollitas de Cambray, como los arenques y las mermeladas, como joya de delicatessen, “GARBANZOS EXTRA» que ostentan casi obscenamente el membrete de Producto de España, elaborado y envasado en Autol (La Rioja). En donde brotaba el mejor vino del mundo y sus alrededores ahora envasan los garbanzos. Garbanzos, que si el paladar no me miente son hermanos de aquellos que mi madre exigía a la chacha Remedios. Que me grita el corazón que sucede con ellos como con tantos y tantos productos de México y del mundo, que van y vienen, como la sábila y los zapatos, que aquí nacen y viajan para adquirir prestigio y regresan etiquetados en lenguaje ajeno y encarecidos, como los artistas, los políticos y los profesionistas, que suben de precio con los viajes.
Que no hay nada mejor que lo llegado de ajenas y poco inteligibles culturas para ser apreciado y valorado. Por fortuna la garbancera etiqueta no hablaba inglés, que entonces hubieran sido más caros.
Porque nada como el inglés par dar prestigio y alcanzar demanda, como los artistas y los profesionistas y hasta los políticos.
Pero para rematar mis frustraciones, ahora que mi prima Carmen vino de allende el mar, me informó que si uno quiere buenos garbanzos en la villa del Oso y el Madroño, tendrá que comprar los importados de Sinaloa, México, porque de la Rioja no hay forma de encontrar ni uno así de chiquitito. .:M:.
*Escrito originalmente para e.Metro, estación Chabacano

