Delgadina, la gran comilona

Era lo más gordo que pudieras haber visto, entre la lonja y el vientre preferías sus ojos tiernos (¿por qué todo lo amoroso está relacionado con yantar?). Delgadita no hacía honor a su nombre, era una mujer entrada en carnes y en bofes, pero su manera de hacer quesadillas era proverbial.

En una época en que el “empléate a ti mismo” –slogan populachero de un ex presidente cuyas siglas de tornillo son MMH– dio como resultado la proliferación de puestos callejeros de todo tipo, y antes, mucho antes de que los puestos fueran fondas elegantes en banquetas de postín como los de La Condesa, ya era el puesto de Las gorditas de la gorda, a escasos metros de la estación del metro Azcapo.

Esa gorda y esas gordas eran un primor y digo eran porque Delgadina ya no vive ahí y sus carnes chupables para muchos, así como su puesto de grasas emigró a otros rumbos.

Después de jugar lo sábados en el deportivo Reynosa, Servando y sus compas corrían a “Las gorditas…”, para recuperar energías y comer lo que, tal vez, sería la única comida del día apoyados por Rubén Omar El Mono, su ebrio entrenador. Ahí le entraban las gordas, las quesadillas y los chescos. Servando se inclinaba por un taco de ojo para Delgadita y dos de chicharrón aprensado; los tacos de ojo eran para verle “los chicharrones” a Delgadina, y es que sus redondeles se le antojaban hasta el eructo.

Sus amigos veían en esto un caso patológico de geopolítica del hambre pues sabían de las angustias que pasó Servando en su tierna niñez cuando acompañaba a su tío a vender pilas por la frontera de Azcapo y Naucalpan sin más reservas que una taza de café negro y un bolillo duro.

Fue con su Boterita con quien descubría el cuerpo de la abundancia y el buen sazón del las quesadillas de chicharrón aprensado, así como las delicias de entrarle al amor entre grasa y de nada.

Como le dijo su amigo El Cuatro Ojos, el aprendiz de torero del baldío de la colonia Clavería, con su voz pastosa e impermeabilizada con humo de “Delicados” sin filtro, “las gorditas son agradecidas”.

Y así fue. Delgadina supo que la querían más allá de los aceites que hervían en el cazo de todas las fritangas. Aquella tarde supo que Servando sería suyo con queso o en salsa verde.

Llegaron victoriosos el domingo de Ramos; los “Mecánicos de la Naranja” habían triunfado sobre las huestes del Padre Antelmo, de la parroquia de Santa Inés. Un gol suyo definió el partido entre tierra y sudor y sangre y costras levantadas y dos que tres madrazos en corto. Fue un encuentro a muerte donde la rodilla de José quedó hecha un amasijo de hueso con carne molida.

Sin embargo festejaron con tres rondas de tacos, gorditas y quesadillas. De contrabando Gil portaba un mezcal Tonaya que los libró del mal de los futuros triglicéridos (aún por descubrir) pero no para la amnistía de Servando contra las manos de Delgadina.

El sanitario estaba en el baldío que da a la avenida Azcapo-La Villa, en un pirul enorme y aromático, oloroso a todo menos a pirul. Penoso como era, Servando decidió usar el urinario fabricado con cuatro tablones que anunciaban la propaganda del PRI; Servando roció con sus miados la cara de un sonriente Alfredo del Mazo.

No tuvo tiempo de montar en la tasa de madera. Delgadina lo atacó por la espalda y lo sometió en un dos por tres. El queso y la lechuga se le salieron por las bolsas del delantal con la imagen de unos cerditos montados uno en otro y la leyenda “Making bacon”. Eran un envoltorio de grasa, saliva, uniforme azulcrema y tierra; el mezcal hizo noble y gallardo a Servando que respondió como los hombres ante la andanada de masa y carne de unos brazos que más que acariciarlo lo atacaban como policía judicial en una “razzia”.

Hicieron de todo lo que permitía esa mole y la vió enorme y bella pues los embellecedores del Tonaya no eran para menos sino para más y con fuerza y “¡Muévete! Pero si cómo. ¡Al menos parpadea cabrón!” Pujidos y jadeos y ese santo olor a carnitas que no lo abandonará jamás.

Las quesadillas de chicharrón aprensado son los mejores afrodisíacos que conoce, siempre que puede se somete a su rigor y se lanza a la caza de las gordas en la calle de República de Cuba, saliendo del Cine Río a altas horas de la mañana. Servando camina sin detenerse en los puestos de tamales o tacos o trotas, con una excitación que ni los mejores mariscos de la calla Gante. Llega a Colombia y Argentina y piensa si habrá estado bien haberse casado con Delgadina sin mediar una buena cata de más guisados o si está bien que ella venda caro su sudor ahora en ese callejón infecto llamado Leandro Valle.

No lo sabe pero algo de él se va pudriendo o es la grasa de cerdo la que las atrae. Pero cuando llega la primera, Servando sabe que no le es infiel a Delgadina, simplemente le consigue más comensales para sus únicos guisos y caricias. .:M:.

*Escrito originalmente para e.Metro, estación Chabacano