Albina

Albina:

Si alguna vez la nube del infortunio empaña el horizonte de nuestra dicha,
que el presente te recuerde que fiel a mi pasión te amo,
y te amaré con toda mi alma.
Y si después de la muerte se puede tener algún cariño,
créete Güerita mía que en la tumba será para ti
el mismo cariño del hombre que te adora.

Tuyo, Aristeo
Tehuacán Enero de 1902

Las manchas en el papel dejan ver algo más que el tiempo, cuentan en dos esquinas de aquel retrato el sufrimiento que viví por tener este nombre.

Nací en el otoño de 1881, mi padre era comerciante y mi madre era la mujer más fuerte que había en Tehuacan, tuvo trece hijos. Nunca faltó quien le dijera que el treceavo sería el número del mal augurio, que alguno de sus chamacos se le iba a ahogar en el manantial o que se le agotarían los nombres para tanto niño, pero mi madre jamás hizo caso a tanto bocón. Tuvo trece niños, a todos los crió como verdaderos hombres, siempre tuvo nombre para todos y siempre esos nombres iniciaban con la letra “A”.

Yo fui el más chico de mis hermanos, y por eso me tocó el cariño que le sobraba a mi madre, y los últimos consejos de mi padre. Nunca nadie me habló del significado de mi nombre.

Conocí a Albina en la fiesta del pueblo, era blanca y con un par de trenzas negras que caían sobre su joven pecho, estaba rezando cuando me miró; sentí cómo se me caía el sombrero de la emoción, me acomodé el bigote y esperé a que saliera de la iglesia para preguntarle su nombre, Albina, dijo y me enamoré de su voz, de sus labios, de sus trenzas, de toda ella.

Yo sabía que nos casaríamos en la iglesia del pueblo, un domingo por la mañana y con muchas flores. El padre Arcadio me dijo que para casarnos, tenía yo que ir al campo para escucharme y saber si en verdad era Albina la mujer para mí.

Así lo hice, me fui a cuidar la granada de Don Artemio, un hombre solitario que pregonaba que el buen sabor de la granada, resulta de la joven sangre enamorada.

Estuve seis meses lejos de la dueña de mi aliento. Ya estaba harto del retiro en la casita, sin mirar sus ojos, sin saber si me quería. El padre tenía toditita la razón, supe que Albina era la mujer para mí y yo estaba seguro de mi cariño por ella.

Dos días antes de regresar al pueblo, comenzaron las lluvias; nomás pasaba por mi cabeza como relámpago, el recuerdo de mi amada. Caía la tarde y con ella una bruma que no dejaba ver más allá de los pies de uno; escuché algo que parecía el canto de una mujer, cada vez se acercaba más a mis orejas, hasta que me dejó sordo, era Altagracia; decían que era bruja y que en lugar de manos tenía patas de araña porque las escondía bajo su huipil, vivía en el cerro y bajaba a robar granadas para sus agüitas de coco con polvos de calavera.

No supe cómo se paró junto a mí, pero al rato, ya estaba yo en su choza del cerrito. Me dijo que una alimaña se había agarrado a mi pie y que sólo ella sabía qué hacer para que no me consumiera en los brazos de la huesuda.

Me curó aunque no sentía dolores; yo tenía que regresar por Albina pero el cansancio y el arrullo de la lluvia me lo impedían. Le rogué me contara porque no podía yo volver al pueblo, y me lo dijo todo mientras se sobaba la panza con sus patas de araña.

El año en que yo nací podía leerse lo mismo al derecho que al revés, y había sido el último de los trece hijos de la familia que sobrevivió a las fuertes aguas de octubre, mi nombre era el mismo de aquél que tuvo que sacrificarse cuando el amor le cayó del cielo y tuvo que luchar para llenar de miel la ofrenda del dios que lo salvaría. Por eso no tenía qué hacer allá.

Llevaba yo la desgracia en todo mi ser, en mi pasado, en mi nombre, mi vida era un número maldito y yo llegaría a pudrir la vida de un alma inocente con las trenzas más negras y los labios más bellos que hubiese visto.

Lleno de vergüenza me fui para Tepeteopan, dos años pasaron y no sabía qué había sido de Albina, ni de mi pueblo, no sabía ni qué había sido de mí. Caminaba de un lado a otro mirando las patas de araña, la choza, la iglesia, olvidando el sabor de la granada cuando entré a una casucha con la puerta colorada, iba decidido a quedarme en un retrato, agarré una botella de tequila, me sacudí el viejo traje que llevaba puesto, me chupé el bigote y me acomodé el sombrero.

Mi desdicha se quemó con el resplandor de la cámara, una voz me dijo que buscara a Albina, que no la dejara y me regresé al pueblo.

Busqué al padre Artemio, le pedí un poco de tinta y un manguillo, escuché el rumor de la mañana y escribí unas líneas atrás de mi retrato; yo sabía que nuestra dicha era incierta, pero también sabía que ante todo la seguiría amando.

Dejé el retrato en su puerta y esperé a que saliera para encontrarlo. Antes del anochecer sentí un piquete en el pie que se hinchaba sin razón, me recorría un sudor frío y mis dientes tiritaban, tenía que marcharme sabiendo que al volver, hasta sin una pierna me entregaría fiel al amor de esa mujer. No hizo falta que regresara porque ni tiempo tuve de partir, la miré caminando entre sombras, pulcra envuelta en su rebozo, con el rosario entre sus dedos; no podía quedarme con ella porque yo era un infeliz que la había dejado dos años sola a su suerte y con promesas de boda.

Me fui como un cobarde para San Cristóbal en tiempos de matanza para la feria del pueblo. Mi nueva casa era fría y los muebles parecían respirar el soplo de la muerte, el único lugar en el que podía desahogarme, era la cocina, donde Albina me preparaba chocolate y tortillas.

Entre cazuelas de barro y frutas amarillas me miraba el retrato que el padre Artemio me dio apiadándose de mí. Todas las noches la besaba y por las mañanas olíamos juntos el café. Alguna vez me pareció verla caminando en la plaza con sus trenzas y su rebozo, pero no pude hablarle, ¿para qué? si la tenía en mi casa, en la cocina caliente donde me preparaba el café de las mañanas y donde le hablaba de los números de la desdicha y de porqué la dejé.

Ciudad de México, Junio de 2006 .:M:.

*Escrito originalmente para e.Metro, estación Chabacano