Sonríe, todavía llueve – Momentos líquidos.

La lluvia siempre es la misma, o por lo menos, la forma en que cae nunca ha cambiado, así como tampoco cambian los efectos que provoca en una ciudad, de por sí caótica, como la nuestra. Cuando el cielo pasa de gris a obscuro, el movimiento rutinario citadino, se altera aún más, y como si fuera el cambio de luces de un semáforo, los automóviles, aunque no lo quisieran, se detienen, y los peatones aceleran el paso; nos envuelve una ansiedad por llegar a un lugar donde estemos a salvo, para que cuando a las nubes se les ocurra deshacerse de la carga líquida que llevan, estemos lo suficientemente lejos de ellas, para no mojarnos.

Que distinta parecía la lluvia durante mi niñez, cuando no huía de ella, y caminaba en sentido contrario a los adultos para ir a encontrarla, pocas cosas se comparaban a jugar bajo un aguacero, la imaginación me decía, que mi embarcación estaba en medio de una tormenta, y yo como capitán del navío, era responsable de tener a salvo a mis marineros, la vida de ellos estaba en mis manos. Aunque en realidad, el mar enfurecido, era un charco de agua mugrosa del parque, y mi tripulación se limitaba, solo a mi fiel acompañante de aventuras, al que no me importaba abrazar, a pesar de que el olor de un perro mojado, no es cualquier cosa. En esa etapa de mi vida, el agua que caía de las nubes, tenía un sabor muy dulce.

Después, la adolescencia, en aquella tarde de verano, en una habitación que la sentíamos casi sagrada, sentado en el borde de una cama, guardé para siempre, en algún rincón de la memoria, y seguramente del corazón, el instante en que ella deslizó su ropa, dejando frente a mí su figura, tan fresca, tan bella,  como cuando cae la lluvia del cielo, agua que se transformaba en gotas de miel; iniciábamos el camino de la vida, sin retorno, pero sin arrepentimiento. Aunque nada es para siempre, teníamos destinos diferentes, y un día, esa misma lluvia, la sentí salada, y por primera vez pensé, que la palabra adiós, debería estar prohibida, para las personas que se quieren.

Y qué decir del momento en que probé la lluvia amarga, la tarde en que nos despedirnos para siempre, por lo menos en esta vida, de un amigo; ella nos acompañó, y fue testigo de la promesa, sin fecha de cumplimiento establecida, de volvernos a encontrar; caía ligera, constante, con suavidad, como si deseara pasar inadvertida, pero no tanto, como para olvidar que estaba allí, dando un toque de inmensa nostalgia, como si faltara.

Pero ella, la lluvia, es tan versátil como lo son los escenarios en los que aparece: como música de fondo en la reunión de amigos, en medio las bebidas y alrededor de la mesa, historias de triunfos, alegrías, e inevitablemente, alguna que otra pena; o en ocasiones se convierte en canción de cuna para acompañar y velar el sueño de un recién nacido, o haciendo las veces de violinista en una cena romántica, e incluso como marcha fúnebre, alertando que dejará muerte y destrucción a su paso, o en contraste, anunciando que su llegada viene acompañada de nueva vida, asegurándose de que ese ciclo, siga siendo eterno.

La lluvia siempre es la misma, y la forma en la que cae no ha cambiado, pero lo que le da el sabor, el olor y el color, con los que cada uno la recordamos, son las cosas que vivimos mientras ella estaba cayendo. Algún día nos iremos de este mundo, pero la lluvia se quedará aquí, con visitas tan cíclicas como eternas, sirviendo de escenario para futuras vivencias, de alguien que como yo, se pierda por algunos minutos, -o tal vez muchos-, viendo deslizarse a las gotas sobre la ventana.

Mientras, seguirá lloviendo, y mientras, seguiremos viviendo, dándole forma a esas historias, fragmentos de nuestra vida, que mañana serán recuerdos.  .:m:.