En los últimos días, he entretenido mi tiempo en la confección de un texto que homenajee la obra de Claudio Magris. Creo que algunos de los temas que trataba ahí guardan gran relación con el asunto que debo abordar ahora: la multiculturalidad.
Pienso que el ser un vasco que reside en México desde diez años atrás me sitúa en una posición privilegiada. Posición que enfatiza su privilegio si, como señalo en el texto sobre la obra de Magris, pensamos en mis orígenes familiares mixtos: medio vasco, medio extremeño.
El problema que plantea la muticulturalidad es su lectura posible en dos sentidos diferentes y, casi, me atrevería a decir, encontrados.
Un sentido la coloca como consecuencia de la globalización que, a mi parecer, es uno de los procesos modernos por antonomasia. El otro, precisamente, como una consecuencia de la globalización, pero reaccionando contra ella.
La modernidad, sabemos, se conduce de acuerdo a una serie de directrices que le son inherentes: la idea de progreso, la de la historicidad teleológica, la del cientificismo.
Como apuntaba en el texto de Magris, se puede pensar el historicismo científico como algo enemistado con los mitos y tropologías que han tamizado las cosmovisiones de poblaciones y hombres durante centurias; aquí, en el historicismo científico, está la verdad de los hechos sin más. La condición de sospecha se cierne sobre este postulado si conjeturamos el historicismo como una tropología más, es decir, como producto de una nueva cosmovisión mitológica: la modernidad.
Uno de los argumentos esgrimidos por la modernidad para criticar el mito es que, generalmente, solapa formas de poder que estancan y anquilosan el progreso. Contrapondríamos, aquí, que el progreso, producto de la modernidad, es un mito en sí que también soterra una forma de poder.
En el texto sobre Magris, explico cómo este mito ha operado en occidente y en oriente. En occidente, con la Revolución Francesa, refutando las mitologías anteriores. En oriente, con la Restauración Meiji, valiéndose de las mitologías anteriores y luego traicionándolas. El caso de oriente, confrontado a la dialéctica maniquea de occidente, elucida el carácter artero de la modernidad, al servicio de una forma de poder (la burguesía) que se sirve de cualquier medio para imponerse.
Lo que la modernidad pretende, a través de la idea de progreso, es crear un mundo homogéneo de individuos como hormigas fácilmente manejables desde los intereses políticos y económicos. Con la ilusión de que se lo está liberando de la opresión anterior, la modernidad crea la noción de un individuo homogeneizado, dúctil a los arbitrios del poder.
Este fin de la singularidad identitaria es un modo de entender la multiculturalidad: la incorporación de todas las singularidades a un proyecto universalizante que tergiversa, en su raíz más profunda, la identidad original.
El otro sentido, en el que quiero comprender la multiculturalidad, es el revulsivo. En éste, las singularidades identitarias han entendido la modernidad, su modo de desempeñarse. Han entendido el exceso cometido y no calculado por parte de la modernidad. La globalización, culminación del proyecto moderno, ha sobrepasado los límites del estado jacobino consustancial a la modernidad. La globalización, homogeneización del mundo, ha rebasado las fronteras, difuminado y confundido centros y periferias, dispersado los enclaves desde los que se ejercía el poder. Paradójicamente, el mundo homogeneizado posibilita la particularidad, la diferencia en la igualdad, la resistencia desde el centro nervioso. Es ésta una visión de la modernidad que no deja de ser idealista y academizante. Ojalá fuese así, pero tengo mis serias dudas.
No obstante, todo esto está mejor analizado en mi texto Entre el anhelo y la espada de próxima publicación en Cal y arena, en una compilación que, como anotaba, homenajea al triestino Magris. Compilación que integran grandes plumas como Castañón, Perucho, Prado Galán, Oviedo, Meneses, García Galiano, cuyos textos, acaso, serán muy superiores al mío. Les recomiendo que la lean. .:M:.

