Sobre los olímpicos…

El espíritu entregado y dadivoso que empapa a los Juegos Olímpicos de la era moderna, es decir, a todo el movimiento que impulsó Pierre de Fredi, mejor conocido como el Barón de Coubertin, da mucho de qué hablar. Este espíritu ha experimentado además, con los años, importantes modificaciones. La de más relevancia, tal vez, el tránsito de un amateurismo intransigente a un elitismo profesionalizante. Y es que el amateurismo, defendido con una visceralidad de boquita, siempre fue algo disfrazado. Desde el inicio, la participación en los juegos suponía un nivel de preparación cuya exigencia de tiempo y esfuerzo no coincidía con la práctica placentera y desinteresada que proponían los jerarcas olímpicos. Un análisis deconstructivo del espíritu mencionado develaría el favorecimiento de una aristocracia económica y racial (sólo determinados niños bien dispondrían de la solvencia necesaria para consagrarse a las gestas olímpicas) y el nacionalismo competitivo (los estados invertirían en demostrar su superioridad; esto camuflado por la supuesta hermandad de los pueblos que figuraba como uno de los principales objetivos de los juegos).

Con el transcurso de muchos juegos, como decía, esta mascarada ha ido cayendo por su propio peso. Quedan sin embargo resquicios. Uno es la natación que, según nos venden, es amateur. Invito a cualquiera de los lectores a meterse en la piscina con un cronómetro, a llevar un entrenamiento regular, sacrificando sus horas libres de trabajo o de estudio. Verá que sus marcas se acercarán pobremente al doble de lo que alcanza uno de estos monstruos “amateur” que vive inserto en un sistema de dedicación exclusiva y que se pasa el día a remojo.

Con este choro, quiero esclarecer que el amateurismo siempre fue algo relativo, y que fue manejado hipócritamente por las redes de poder de forma artera. Quizá, en los Juegos de la Antigüedad, la esencia real de los juegos era esgrimida con menos zalamería: lo que interesaba era ganar, y había una nutrida gama de estrategias desleales para conseguirlo (sobornos, dopajes, violencia, etc…).

Referiré algunos casos de este uso zaino del espíritu fraternal de Olimpia en la era moderna. Todos acontecidos en los Juegos de Estocolmo en 1912, los primeros que tuvieron una organización semejante a lo que ahora conocemos como un encuentro olímpico.

Duke Kahanamoku, príncipe de la dinastía Kahana de Hawai, nadador americano. Ganador de los 100 metros libres, uno de los padres del crol, padre del surf…. Fue el primer hombre en bajar del minuto en esta distancia (ya que en aquel entonces se competía en piscinas de 100 metros quedando descartado el viraje y el consiguiente ahorro de tiempo), fue el primer hombre, inclusive, que se mantuvo como deportista de primer nivel hasta una edad avanzada (42 años), obteniendo más medallas en los juegos subsiguientes. Una cara de imperdonable indígena impidió que sus hazañas tuvieran la redundancia publicitaria que ameritaban. Weissmüller, nacido en Europa, con el origen tergiversado para poder ser incluido en el equipo de los states, pero con la tez blanquita, fue impulsado, años después, por una campaña propagandística con la que el príncipe Kahana no pudo siquiera soñar (recordemos a aquel nadador lanzando alaridos de chango en sus interpretaciones de Tarzan).

Jim Thorpe, decatleta y pentatleta. Pionero del fútbol americano, jugador de béisbol, de baloncesto, etc… Su poderoso físico lo guió a contundentes victorias en las dos pruebas de atletismo combinado. Parece, sin embargo, que ni a los próceres olímpicos ni a los americanos les convenía que saliese victorioso un producto de reserva india, un nativo americano. Porque había cobrado unos céntimos en un partido de béisbol (conjeturo que en la reversa, y en la universidad de ésta, no gozaban de la misma abundancia que los retoños de Harvard), lo acusaron de profesionalismo y lo despojaron de ambas medallas. La humillación fue de tal envergadura que los segundos en turno no las quisieron aceptar, porque se sentían indignos de las preseas. Pensemos en un Thorpe abatido por la vejez y el alcohol, en un Thorpe agonizante que en el lecho de muerte seguía vindicando sus trofeos. Que se los llevasen a la tumba, tras una ardua pelea legal de su hija, resulta casi un insulto.

Y el colmo de estos juegos fue que, sabida la superioridad de un atleta de color en algunas pruebas de las celebradas, el entrenador del equipo estadounidense optó por dejarlo encerrado en el vestuario, pues ver a un negro en el podio era vejatorio.

Vamos chavales, que practiquéis el deporte por lo hermoso que es, y tratad de evitar este mundo insidioso. Aunque esta reflexión no deja de ser ilusa, el movimiento olímpico conlleva un despliegue mediático fascinante y, a principios de agosto, todos nos sentaremos frente a los televisores soñando ser uno de los héroes de Pekín. .:M:.