El ser humano tiene la capacidad de cambiar sus circunstancias; irónicamente son dichas circunstancias las que modifican al ser humano.
Nuestra familia, los amigos, el ambiente y nuestra historia nos definen, y finalmente para bien o para mal, nos colocan en un estrato social particular. En esta realidad en la que estamos posicionados y la cual ha presenciado transformaciones admirables durante miles de años, coexisten cientos de núcleos sociales que se han mantenido en constante pugna desde los inicios de la humanidad.
Una vez que el ser humano alcanzó un grado avanzado de evolución, aprendió a diferenciarse del resto de los individuos de su propia especie; sólo los seres con mayor intelecto pueden reconocerse en un espejo, y aunque algunos primates comienzan a mostrar signos de progreso a nivel intelectual, fue el hombre quien primero adquirió conciencia de sí mismo e inventó los espejos para admirarse.
Pero la distinción no se limita al aspecto físico; intelectual y emocionalmente cada persona es un cúmulo único de experiencias y potencialidades que definen su saber y su actuar, y es en el preciso instante en que dos de estas creaciones de la naturaleza se enfrentan cara a cara, que el conflicto social da inicio.
En el mundo vivimos un choque cultural impresionante, que se desprende de nuestra época globalizada. Un aspecto interesante de este fenómeno radica en el papel de internet como puente de conexión cultural, mediante el cual el encuentro entre oriente y occidente se produce sin la necesidad de una convivencia física. Cuando el hombre europeo conoció a los nativos americanos, inició una de las mezclas culturales más importantes en la historia, si ese mismo acontecimiento se hubiera suscitado en este siglo los monjes bien podrían haber evangelizado por medio de cursos virtuales.
Y es que por absurdo que parezca, quienes tienen la posibilidad de acceder a la red mundial, adquieren parte de su formación de los medios electrónicos; un caso en particular, con el cual tengo gran contacto es la invasión japonesa en el mundo del entretenimiento. Más allá de la estrategia económica que ha empleado China al insertar sus productos en los cinco continentes, Japón ha logrado, a través de sus caricaturas, estar presente en todos los sistemas de cable y televisión local del mundo, y por consiguiente en el desarrollo de los niños que crecen observándolas.
La influencia de esta forma de expresión ha rebasado las fronteras del entretenimiento, hoy en día no es sólo uno de los mercados más lucrativos del globo, para algunos fans se ha convertido literalmente en un estilo de vida.
La industria de la animación japonesa, mejor conocida como Anime, aglomera grandes masas de niños, jóvenes y adultos de todas las razas; donde han emergido decenas de subculturas únicas, propiciando nuevas formas de invasión de la cultura nipona en los países sumados al movimiento, erigiéndose así como una comunidad global, principalmente internauta, unida por su afición común.
Youtube ha sido una de las plataformas de encuentro e intercambio dominantes para su expansión, en ésta no sólo se tiene acceso a las series, sino también a múltiples facetas de conexión; es posible aprender a tocar cualquier melodía anime en el instrumento deseado, se enseñan técnicas de pintura, se viven las convenciones a través de la red y se recogen mayores datos sobre la cultura japonesa.
Principalmente es la juventud quien ha seguido con mayor devoción este arte, quizá porque es en la niñez y en la pubertad cuando el ser humano es más vulnerable a las influencias de su entorno, es también en esta etapa que el niño vive las experiencias psíquicas y emocionales más intensas de su corta existencia; por ello en la mayoría de las ocasiones las caricaturas que vemos de pequeños nos marcan de por vida. Muchos jóvenes han elegido, con base a su inclinación por el anime, una carrera (diseño gráfico, robótica, cibernética), han descubierto un talento (música, pintura, alta costura), o han conformado su círculo de amistades.
No existe un solo anime o manga que no contenga simbolismos de la cultura del Sol naciente, desde las series románticas hasta los robots futuristas, los principales valores de la cultura japonesa así como sus hábitos y tradiciones, paradigmas y supersticiones, se ven reflejados en las historias que se cuentan con dibujos.
Estos aspectos son también parte de la herencia cultural de una persona y determinan su forma de percibir el mundo. A grandes rasgos, se puede observar en un primer contacto que los seguidores del anime son chicos más sensibles y con una tendencia más fuerte a la apreciación estética; cuando se ven inmersos en un ambiente donde conviven con otros “fans”, como son las convenciones, demuestran sin tapujos una conducta mucho más efusiva y emocional que en su entorno diario, porque para el espectador común, la afición a personajes inexistentes es considerada extravagante, infantil y carente de objetividad.
Tan poderoso es este fenómeno, que en los años ochentas surgió un concepto específico para definirlo y en la actualidad se le adjudica el apelativo de cultura: la cultura Otakua fuera de Japón designa a quienes son, en palabras rudas, ‘adictos’ al anime en todas sus formas de expresión. Los otakus se encierran en su afición, leen mangas, ven anime, coleccionan figuras y asisten a eventos, algunos se han sumergido aún más en el interés por la cultura japonesa y estudian el idioma, frecuentan la gastronomía y adoptan los hábitos más comunes de la misma. Pero los Otakus no son japoneses, son individuos cuyo perfil cultural es una mezcla de tradiciones autóctonas y hábitos foráneos.
Esta comunidad global cuenta con su propio lenguaje, que fusiona el español común (en el caso de México) con la inserción de palabras japonesas que cualquier fan entiende, términos como kawaii(lindo), moe (adorable) e itai(dolor) son utilizadas comúnmente en foros internacionales donde la diferencia de idiomas ya no es al 100% una limitante. El puente también es simbólico, de estos foros han surgido emoticones que expresan los sentimientos del que escribe y que ya forman parte del lenguaje de internet. ^_^ XD °-° 🙂 🙁
Es importante resaltar que el Cosplay es una de las primeras manifestaciones sociales de la influencia del anime; para muchos jóvenes -los adultos no están exentos- el hecho de vestirse como personajes de caricaturas representa tanto una rebeldía como una aspiración: la intención es imitar imágenes que son hermosas, modelos de perfección humana, desde el punto de vista estético hasta la impresión intelectual y emocional del personaje particular; el Cosplay no es simplemente un certamen, es también una forma de expresión, y el buen cosplayer no sólo viste la ropa de su personaje, también refleja su personalidad.
El anime dio pie a un fenómeno social muy importante, el nacimiento de subculturas caracterizadas por la inspiración que obtienen de los dibujos animados, así se enuncian además del Cosplay y la cultura Otaku, la tendencia Wapanese en la cual individuos no japoneses adoptan maneras, costumbres y llevan toda su vida alrededor de una cultura ajena -la japonesa- con el deseo (wanabe) de pertenecer a ella.
En el siglo XXI, una época de libertad y hedonismo radicales, se está volviendo común la rebeldía entre los jóvenes, un gran porcentaje de las subculturas rebeldes como los emos y los darks son acérrimos seguidores de las series anime “oscuras”, porque en éstas se refleja un rechazo patente contra el mundo y sus estándares; adicionalmente, la cultura anime permite al individuo exteriorizar sus pensamientos y patologías más raros, perdiendo toda inhibición, pues en el mundo de las convenciones lo “extraño” es bienvenido y aquel que luzca bizarro y se comporte de la forma más peculiar no será rechazado (lo opuesto de la sociedad ‘normal’).
En general el mundo posee todavía a estas alturas del partido un grado de intolerancia impresionante respecto de las diferencias culturales de la sociedad: la ideología y los hábitos de algunos pueblos los han llevado a ser presa de marginación y sometimiento ante otros con valores de mayor aceptación. El problema radica en que no podemos juzgar ni al subyugado ni al patrono porque no existe un punto de referencia válido de lo que es bueno y de lo que no lo es. Todo en esta sociedad es relativo, porque toda comunidad es diferente y ha crecido con un esquema de valores propio que es digno de respeto, hoy en día ninguna religión, cultura, nación o comunidad ha ganado el mérito de supremacía por excelencia, este es un award que se ha disputado durante siglos, pero nadie ha permanecido en el poder por suficiente tiempo.
Con la tan proclamada modernidad, los avances científicos y el patente idealismo de un mundo mejor que caracteriza siempre a las generaciones jóvenes, el temor inherente al ser humano ante lo “desconocido” y lo “diferente” sigue prevaleciendo.
El contacto entre culturas en ocasiones resulta exitoso, en otras caótico y en los más lamentables casos, destructivo. A fin de cuentas la sociedad en su conjunto se autoflagela y rechaza a sí misma, porque con el fenómeno globalizador que arrasa con el mundo, no existe una cultura que no permee aspectos de otra en sus haberes cotidianos.
.:M:.

