Cuando la Luna cubrió al Sol

Desde la antigüedad, el hombre ha intentado explicar su destino mirando hacia el cielo, buscando descifrar el lenguaje que trazan los astros en su recorrido por la bóveda celeste. Los fenómenos estelares han sido interpretados por todas las culturas humanas y desde siempre, se han celebrado cultos, mitos y ritos en torno al sol y a la luna: fuentes de vida y muerte, rectores de la eterna dinámica que permite la existencia del aliento sobre la Tierra.

Los cultos dedicados a la luna, asociados con organizaciones matriarcales se remontan a los primeros tiempos de la humanidad pero sabemos poco de ellos y de la transición a las culturas solares, a pesar de que numerosas cosmovisiones otorgan a Selene sitios privilegiados dentro de sus panteones, e incluso ocupe el lugar más importante junto al astro rey, el sol.

El curso de ambos cuerpos lleva una trayectoria propia dentro del concierto formado por invisibles líneas elípticas que encausan el movimiento vital tan decisivo para las condiciones de nuestro planeta y del equilibrio de nuestra galaxia.

Pero en ciertos momentos, el recorrido del sol, la luna y la Tierra coinciden, alineándose y produciendo un eclipse, en el que la irrupción de una de estas esferas en el haz de luz interfiere en la dirección de ésta, trastocando el acostumbrado orden establecido entre el día y la noche.

El milagroso abrazo entre la luna y el sol, ha producido, bajo el cobijo de su sombra, las más variadas reacciones: asombros, temores y fantasías que, junto a interpretaciones científicas y estudios astronómicos, han formado parte del imaginario popular y científico de nuestros antepasados.

Para algunas sociedades, como la de la Nueva España del siglo XVII, el dorado anillo con el que culmina el eclipse fue considerado un mal presagio que anunciaba el fin del mundo y llamaba al arrepentimiento de los pecados. Es preciso comprender que la mentalidad del pueblo en aquella época estaba impregnada de miedos y supersticiones que convivían con una profunda fe en la Iglesia católica y con la ingenuidad propia de una sociedad carente de instrucción en muchos sentidos. ¿Cuál habría sido nuestra reacción ante un drástico y repentino cambio del ambiente?

Pocas personas comprendieron el fenómeno celeste que ocurrió la mañana del 23 de agosto de 1691. Alrededor de las 8: 45 horas, la faz de la luna se interpuso en el camino del sol, provocando la instantánea oscuridad que fue coronada por un brillante anillo de luz.

Los novohispanos corrieron presas de confusión y terror hacia la Catedral de la Ciudad de México y a las Iglesias cercanas en busca del cobijo divino, de la redención de sus pecados y a la espera del juicio final.

Entre los estudiosos que observaron con ojos críticos el hermoso espectáculo destaca el sabio barroco Carlos de Sigüenza y Góngora, quien consignó en breves notas el curso del eclipse y la reacción del pueblo. Ávido investigador, poseedor de una mente inquisitiva y de un brillante ingenio, ocupó diferentes cargos en la corte de los Austrias y en la vida académica, al ser Cosmógrafo del rey y Catedrático de la Real y Pontificia Universidad de la Nueva España.

Conociendo los cálculos de la fecha en la que tendría lugar el eclipse, Carlos de Sigüenza colocó su telescopio, al que llamaba anteojo de larga vista en la azotea del Hospital del Amor de Dios con rumbo hacia el Oriente y se dispuso a observar el cielo.

Describe el eclipse solar con las siguientes palabras: El jueves, 23 de agosto de 1691, a las nueve horas de la mañana, estaba oscuro como a media noche, los gallos cantaban y las estrellas brillaban, pues el sol se eclipsó completamente…

…como no se esperaba tanto como esto, al mismo instante que faltó la luz; cayéndose las aves que iban volando, aullando los perros, gritando las mujeres y los muchachos desamparando las indias sus puestos en que vendían en la plaza fruta y otras menudencias, por entrarse a toda carrera en la catedral, y tocándose a rogativa todas las campanas al mismo instante, no sólo en ella, sino en las iglesias de la ciudad, se causó de todo tan repentina confusión y alboroto…

La población novohispana fue sorprendida al inicio de sus actividades cotidianas, no importaba la clase social, la violenta y atemorizada reacción no se hizo esperar. Incluso el virrey conde de Galve y la virreina salieron a la Plaza mayor sin comprender lo que sucedía. Todos iban rumbo a la Catedral para suplicar por su destino, mientras los frailes anunciaban el fin del mundo y exigían el arrepentimiento de los pecados.

Cuando terminó el eclipse, la calma regresó y la bulliciosa capital continuó con sus labores. En las letras de Sigüenza relativas al fenómeno se puede leer su admiración al escribir que: …yo, en este ínterin, en extremo alegre y dándole a Dios gracias repetidas por haberme concedido ver lo que sucede en un determinado lugar tan de tarde en tarde y de que hay en los libros tan pocas observaciones, que estuve con mi cuadrante y anteojo de larga vista contemplando el sol…

Desde entonces, México ha sido testigo en distintas ocasiones de las conjunciones de los astros, concretamente de eclipses de sol, el último de ellos en los albores del siglo XXI provocó un gran júbilo que contrastó con el clima social que vivieron nuestros predecesores el día que la luna cubrió al sol. .:M:.

*Escrito originalmente para e.Metro, estación Tasqueña