Pino Suárez – Exclamó con un flaco aliento. Cualquiera, al sentirlo, podría bien enterarse de la pesadumbre que le provocaba el hecho de haber llegado a su diario destino que, como una prenda perpetua en forma de un paño ardiente rodeándole el cuello, se le hacía manifiesta a cada mañana agobiándole sobremanera. Mostrándosele de la forma más vil, con la firme intención de recrearle en la mente y de manera constante su fiel decisión de permanecer en ella; haciéndole saber su demanda a formar parte de su vida, hasta el final… y aún más allá; gritándole que no se iría de ella, que no se borraría pese al mayor esfuerzo que hiciese; reiterándole que aunque naciese en ella la menor muestra de voluntad, y que aunque ésta fuese empeñosa, sería reducida a cenizas. Ese día particularmente, el peso del paño había aumentado. Frente al espejo muy de mañana, al momento de pasar por su rostro los polvos, las cremas y las policromas ceras, pudo apreciar que el brillo de sus ojos había disminuido. Su mirada ofrecía singulares destellos de desgano, enojo, incertidumbre y congoja que sólo lograron ser disminuidos, casi disipados e intercambiados por una tenue sonrisa, gracias a la imagen proyectada en una de las esquinas del espejo que enmarcaba un bulto dormido sobre la cama dispuesta al fondo de la habitación, junto a una pequeña ventana cubierta por una gruesa cortina floreada que dejaba filtrar a un par de minúsculos rayos de luz haciendo resaltar en el ambiente un universo de pelusas contoneantes que se alojaban y escapaban de la cobija a cuadros que cubría al bulto.
Esbozando el desgano y la incertidumbre con la trayectoria de sus pasos que a medida en que los días transcurrían disminuían la velocidad de su ritmo, se dirigió, entre un grueso muro de gente que se lo impedía, hacia la puerta más próxima a ella. Aturdida por los jaloneos y empujones, descendió del vagón deseando haber traído consigo… entre los dedos de su mano, un alfiler para incrustarlo en la otra que, osada y torpe, cruzó parte de su vientre pretendiendo llegar aún más lejos. Sin detenerse, acomodó con su mano derecha su minúsculo bolso en su hombro izquierdo mientras que con la izquierda ponía en orden, por detrás de la oreja de ese mismo lado, un puñado de lacios cabellos cerciorándose de reojo de que los cierres de los compartimentos siguieran como habían sido dejados… – cerrados – confirmó y siguió adelante aumentando un tanto el paso con la finalidad de alcanzar el ritmo sugerido por el pelotón de corbatas, sacos, blazers, fragancias y rostros que indiferentes empezaron a ordenarse para tomar su lugar en las escaleras eléctricas. Ya en ellas, se dejó llevar por un pensamiento sin motivo aparente (el roce en su pecho de la mochila de un niño que en compañía de su madre le habían ganado un peldaño) que la acompañó hasta el final de la escalera. Reprodujo en su mente, entonces, cada momento de esa mañana: Después de arreglarse tomo sus llaves y las metió, junto con su vestido verde, en su bolso; dejó sobre la mesa 28 pesos acompañados de la acostumbrada nota que sólo eventualmente variaba en su contenido: “Emilio: Diez pesos son para la escuela ¡no comas cochinadas!; de regreso compras 1/2 kilo de huevo, 1/2 de tortillas y un refresco; ¡no vayas a dejar las llaves!”. Giró la aguja del despertador, cambiándola de las 6:00 a las 7:30 y vertió, casi al borde, leche en un vaso dejándolo sobre la mesa junto a dos piezas de pan que estaban envueltas en un papel de estraza.
Ya al borde de la escalera, se separó de parte del regimiento formando uno nuevo junto con otros que, compitiendo inconscientes primero para llegar a los ruidosos torniquetes y luego para alcanzar los fragmentados mármoles de las escaleras que dan a la salida de San Pablo, seguían su ruta. Caminó ya con menor premura por la avenida en dirección al oriente observando su borrosa silueta reflejada en algunos de los aparadores de los recién abiertos establecimientos de accesorios para bicicletas entre muchas miradas que le resultaban familiares y que trataban impetuosamente (y como todos los días) de captar su atención. Evitando la pesadez de los ojos, se concentró en el tipo de chicle y en el sabor del humo del cigarro que compraría al cruzar la calle de Jesús María y en cómo, una vez más, evadiría la mirada del dueño del puesto. Se detuvo nerviosa, sin hacerlo evidente, frente a las revistas y periódicos de don Gustavo quien (ofreciéndole desde su silla y de manera piadosa su par de diminutos ojos – que ligeramente se apreciaban entre sus pronunciadas cejas y el filo de sus anteojos – con un aire de complicidad como esperando que ese día por fin le fuese retribuido el buen gesto, brindándosele… al menos, un saludo distinto al vacío y, para él, poco cortés “bueno días” y sin dejar de mostrar su sobreactuada sonrisa corriéndole a lo largo de la boca, apenas visible por el tamaño de su bigote y su barba – la misma sonrisa venida de otros hombres con los que tenía que lidiar a diario… del señor de los baños; del de la farmacia; de José, su vecino que en mala hora tuvo que encontrarse esa tarde de invierno y que a partir de entonces empezó a brindársela tratando de conseguir con ella algo a cambio), se esforzaba siempre en mantenerla frente a él, mostrando algún tipo de dificultad en la búsqueda de las monedas que servirían para darle su cambio, y después, al dárselo, en frotar con la palma de su mano la de ella. – Tan predecible – se dijo y continuó, soltando la primera bocanada de humo del día y disminuyendo abruptamente el paso para poder darse tiempo a devorar el cigarro antes de llegar Topacio en donde viró a la izquierda, asegurándose, al mismo tiempo, de que la camioneta de Ramiro estuviese ahí estacionada… en donde siempre. – Alguien debería matarlo – pensó, deshaciéndose de la colilla y acelerando un tanto el paso. Ya a un costado de la camioneta, hizo correr la puerta lateral para entrar en ella y sentirse por fin a salvo – después de ahí las miradas, como por arte de magia, cambiarían – pensó, mientras desabotonaba su blusa. Sacó de su bolso el diminuto vestido y lo deslizó sobre su cuerpo, quitándose, al mismo tiempo y con la ayuda de sus pies, las zapatillas de pronunciados tacones para poder salir con singular pericia del ajustado pantalón de mezclilla. Las volvió a colocar, ahora con la ayuda de sus manos. – Lista – se dijo, bastante desanimada, mientras se persignaba. Salió del vehículo acompañada de un sentimiento (nada evidente) de congoja para confirmar que efectivamente Ramiro estuviera en la esquina contraria a bordo del Dart K negro. Lo distinguió a lo lejos y permaneciendo parada hasta cerciorarse de haber sido vista por él. Tras la confirmación, arrojó de su boca mediante un escupitajo el chicle y tomó camino hacia Circunvalación. Durante ese día la imagen de Emilio sería, por su mente, varias veces requerida. .:M:.

