David era un robot citadino, una víctima de la rutina diaria. Arrastrado por el gran mecanismo desde hacía ocho años, cuando se unió a la fuerza laboral del país. Dormir, ir al trabajo, regresar a casa para aplastarse frente al televisor, el mismo rito de lunes a sábado y los domingos hacerle al autista en casa de sus padres. El proceso de mecanización había invadido todos los escenarios de su vida al grado de encontrarse enlistado en el ejercito de chilangos que se suben al metro, con suerte encuentran algún asiento desocupado y duermen el número exacto de estaciones para despertar precisamente trece segundos antes de llegar a la parada en la que deben bajarse.
Aquella mañana de Junio todo iba saliendo de acuerdo al plan hasta que se sentó en el convoy naranja y se disponía a echar el “coyotito” de ocho estaciones. David adoptó la posición que le permitía dormitar sin descuidar sus pertenencias pero esta vez no pudo cerrar los ojos: justo frente a él estaba sentada la mujer más hermosa que hubiese visto en su vida entera. Sus grandes ojos verdes contrastaban maravillosamente con una larga cabellera pelirroja. La tersura de su piel simplemente no encajaba en el popurrí de figuras humanas que la rodeaban.
David no podía dejar de observarla. Tenía un aura mágica que logró detener el tiempo y toda acción se congeló alrededor suyo. “Si no estuviese tan metida en el libro, trataría de ligármela” era la excusa que David se repetía mentalmente. Más que encontrar un argumento real, trataba siempre de hallar una justificación para evitar la gran carga de ansiedad que le provocaba hablar con extraños. Justo frente a sus ojos tenía una verdadera encarnación de la perfección-hecha-mujer que siempre había anhelado y este mismo hecho eliminaba toda posibilidad de acercamiento. Una vez más, David se contentaría con observarla deseando que fuera ella quien lo abordase por algún milagroso motivo o por lo menos se le ponchase una llanta al metro para que el momento fuese más largo.
Para observar tal portento de belleza, David recurrió al viejo truco del reflejo en la ventanilla. De esta manera, él podía mostrarse indiferente, con la mirada perdida en la sucesión intermitente de oscuros túneles y atiborradas estaciones y generalmente el blanco de su contemplación ni siquiera imaginaba el analítico escrutinio del que era víctima.
Una y otra vez, David recorrió la perfección de aquel rostro, la sedosidad del cabello, el espigado cuello… al llegar al escote le ganaba la vergüenza y dirigía sus ojos al frente para confirmar que ella siguiese metida en la lectura. Cuando David volvió a observar el reflejo en el cristal, se encontró directamente con el par de verdes ojos de la desconocida e inmediatamente desvió su mirada y empezó a transpirar, sin embargo, ella continuaba leyendo, así es que David volvió la mirada a la ventanilla sólo para descubrir que la bella reflexión le miraba fijamente, le sonreía y hasta le regaló un guiñó. David no podía creerlo, parecía como si el reflejo se hubiese independizado de su propietaria y lo estuviese seduciendo mientras la mujer real no despegaba la vista de su texto.
En ese momento, David descubrió su propio reflejo en la ventanilla y observó con asombro que las reflexiones de ambos conversaban despreocupadamente. Entonces miró a su alrededor para analizar si algún otro pasajero era testigo de lo que él estaba presenciando, pero no encontró señal alguna. Era una imagen hermosa, era como ver un programa de televisión en el que David podía ser el protagonista y conseguir a la chica más linda. Estos pensamientos pasaban por su mente, cuando las dos reflexiones se abrazaron tiernamente e iniciaron un largo y apasionado beso. David casi se cayó del asiento, no pudo evitar ruborizarse y revisó, uno por uno, el montón de rostros que lo rodeaban sólo para encontrarse con las mismas expresiones de hastío y cansancio de siempre. El objeto de su admiración tampoco daba señales de percibir la historia de amor que se desarrollaba en el cristal.
El beso se prolongó y la situación comenzó a dar un giro hacia algo más íntimo. David escasamente pestañeaba y tenía toda su atención concentrada en la ventanilla cuando, repentinamente, sintió unos suaves labios posándose en los suyos. La pelirroja había cerrado su libro, se había acercado a David y lo había besado intempestivamente. Ahora estaba de pié junto a él diciendo: “Fue un placer viajar contigo”. Paralizado en su estupor, David vio desaparecer para siempre aquella belleza escarlata entre la multitud de gente que transborda en el Metro Hidalgo. .:M:.

