Mario caminó hasta llegar al departamento número siete, era el nuevo inquilino de aquel oscuro y viejo edificio; mientras introducía la llave para abrir la puerta, una anciana que vivía en el departamento de al lado asomó ligeramente la cabeza y viéndolo fijamente le dijo con ronca voz:
-No deberías vivir allí, todos los que lo han hecho desaparecieron sin explicación, jamás volvimos a saber de ellos…
Mario sintió un gran nerviosismo y después de algunos intentos, por fin logró abrir la puerta, entró a prisa a su departamento ignorando a la anciana. Después de acomodar las últimas cosas de la mudanza, se acostó y aunque lo intentaba, no podía dormir, pues a su mente venían las palabras de su misteriosa vecina, pero él mismo intentaba tranquilizarse pensando en que lo dicho por aquella mujer, solo eran tonterías.
Con la incomodidad del insomnio, daba vueltas en la cama, pero sin lograr conciliar el sueño; y justamente el reloj marcaba la una de la mañana cuando debajo de su cama, comenzó a oír unos pequeños golpes, después unos quejidos y finalmente la voz entrecortada de una niña que le decía: «¡Ayúdame, ayúdame!», sintió que se le helaba la sangre, permaneció inmóvil y aunque el deseo de salir corriendo era muy grande, el terror lo dejó paralizado.
Llegó la mañana siguiente, Mario salió muy temprano a trabajar y se confortaba pensando que lo sucedido la noche anterior solo había sido un sueño… o mejor dicho una pesadilla. Después de un largo día de trabajo por fin regresó a casa con la esperanza de que fuera una mejor noche que la anterior, para poder descansar y recuperar el sueño perdido, y al momento de abrir la puerta de su departamento, se repitió lo sucedido el día anterior, la anciana, apareció tras la puerta y le hizo nuevamente la advertencia:
-Vete de aquí, ella no tarda en venir por ti, debes escucharme…
Mario nuevamente ignoró a la anciana, cerrando la puerta de manera violenta, molesto por la insistencia de aquella mujer; un poco más tarde, comenzaba a resignarse que esa sería otra noche de insomnio, y lo peor es que empezaba a apoderarse de él un miedo incontrolable, tan solo de recordar la voz de aquella niña debajo de su cama.
Era la una de la mañana exactamente cuando estaba a punto de dormir, pero ese sueño se vio interrumpido al escuchar unos pequeños golpes debajo de la cama, seguido de unos quejidos de dolor, y finalmente la tétrica voz de una niña diciendo: ¡Ayúdame!, intentó gritar, pero el terror que sentía no le permitía hacer absolutamente nada.
Así transcurrieron varias días, y siempre sucedía exactamente lo mismo: la anciana tratando de advertirle lo que le podía pasar si seguía viviendo allí, y el ignorándola, y siempre en punto de la una de la mañana escuchaba, los golpes, los quejidos y la perturbadora voz de una niña suplicando ayuda. Aunque él deseaba saber quién o qué era, no se atrevía, pues el miedo le impedía asomarse debajo de la cama para descubrir lo que pasaba.
Un día, cansado de esa rutina de terror, Mario se decidió a vencer sus miedos y enfrentar a aquel ser que noche a noche lo visitaba y le pedía ayuda, siempre debajo de la cama. Esa mañana se levantó muy temprano para ir a trabajar, a pesar del evidente cansancio físico y mental, que se reflejaba en las ojeras y en la pérdida de peso, consecuencia de su convivencia nocturna con algún ser demoniaco. No pudo concentrarse en sus labores, pues lo consumía la ansiedad de que llegara la noche para regresar a su departamento y de una vez ponerle fin a todo eso.
Llegó al viejo edificio, aunque esta vez ya no fue recibido por la anciana que durante varios días intentó hablar con él; una vez dentro de su departamento se recostó sobre la cama, mientras contemplaba con nerviosismo y temor el reloj, esperando que marcara la hora para cumplir su cita con aquel misterioso ser.
Por fin las manecillas indicaban la una de la mañana, y comenzó a oír los golpes, los quejidos, y fue cuando se decidió a mirar debajo de la cama….
Lo que vio lo dejo impactado, era una niña con el rostro desfigurado y bañado en sangre que volteó a verlo y lanzo un espantoso alarido al mismo tiempo que lo tomaba del rostro y con una fuerza impresionante lo jaló debajo de la cama, nadie escuchó los gritos de horror de Mario, que lo último que alcanzó a decir fue “¡Ayúdame!”, antes de que aquella diabólica niña se lo llevara; en tan solo unos segundos Mario fue tragado por la tierra, y debajo de la cama solo quedó un gran charco de sangre.
Tal vez Mario habría salvado la vida si hubiera escuchado lo que la anciana trató de decirle tantas veces: En el departamento número siete, una mujer, enloquecida por el abandono de su esposo, había golpeado salvajemente a su hija hasta desfigurarla, para después enterrarla viva en una fosa que hizo debajo de la cama. Desde entonces el cadáver ensangrentado de aquella niña sale a pedir ayuda a todo aquel que habite ese departamento, y llevarlos con ella para no sentirse tan sola en su encierro eterno.
Por cierto, si alguna noche escuchas ruidos debajo de tu cama, piénsalo dos veces antes de asomarte, pues se cuenta que el alma de la niña del departamento número siete aún vaga en el mundo de los vivos pidiendo ayuda y buscando a quien llevarse para que le haga compañía, así que si el reloj marca la una de la mañana y oyes ruidos, no busques nada bajo tu cama, porque tal vez el siguiente podrías ser tú. .:m:.

