El día en que llegó el metro

Dedicado a quienes son aplastados por el progreso

Era la una mañana de un miércoles cualquiera de aquel 1969 (escúchese con la voz de Álvaro Mutis narrando en Los Intocables). Por aquel tiempo, la historia moderna de México se estaba escribiendo con sangre (2 de octubre de 1968), sudor (las Olimpiadas de 1968, las obras del Metro en 1969) y lágrimas (la muerte de Goyo). Pero nosotros en nuestra ignorancia infantil no lo sabíamos pues de manera normal nos dedicábamos a patear una pelota, a juntar historietas y a subirnos a los trenes de patio que descargaban en el perímetro de la colonia Lázaro Cárdenas, mejor conocida como La Presa, y San Juanico.

Íbamos a la escuela. Goyo no. Era de los felices analfabetas que le ayudaba a don Juan a barrer la tienda y a jugar todo el día. Lo acompañaban el Pecas y el Kalimán. Yo los miraba con envidia sabiendo que una parte de la mañana y toda la tarde eran de ellos. Me iba bien peinadito con mi jitomate untado en el remolino y mis zapatos bien dados de grasa. Salía para encontrarme con Jorge, Toño y Pedro, quienes aparte de ser mis vecinos, eran compañeros de salón. Desde la bajada del cerro y sin nuestras mamás que se habían ido a trabajar –éramos, además de amigos, huérfanos de padre—nos íbamos encontrando en la misma rutina de la primaria.

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Un largo silbatazo del tren nos hizo detenernos y ese pitido nos hizo ver que no era una mañana cualquiera. Venía lenta pero segura una cabalgata de trenes. Se acercaba un desfile de vagones anaranjados encima de vagones de tren y eso nos dejó perplejos.

Pasaba frente a nosotros en pasarela el nuevo modelo de tren, pero no de ferrocarril sino de una modalidad que las orillas civilizadas de la provincia de la desinformación nos mantenía oculta: un tren subterráneo que habría de recorrer las entrañas de la ciudad.

Ante tamaña desmesura no pudimos llegar a la escuela. Y cómo si el desfile era interminable, y cómo si no se podía pasar, y cómo si nos podíamos quedar a verlos. En la vía del tren que venía del puerto de Veracruz a la Ciudad de México corría una dormida serpiente naranja, cada vagón era una respuesta a los sueños que veíamos en la tele en la caricatura de Los Supersónicos. Un señor que se apuntó como guía nos informaba que ese tren iría más rápido que la “Autovía” y sin matar tanta gente o tantos burros o muchos perros, como era de común en nuestro barrio. Habría escaleras y banquetas que te llevarían a toda velocidad de un lado a otro, y tú quieto. A mí eso me sonaba a cuento o chiste, como la llegada de los hombres a la luna.

No nada más nosotros admirábamos esa peregrinación tecnológica. Miles de gentes se aposentaron en las orillas del recorrido para ver pasar a la serpiente moderna que entraría en nuestra la tierra y nos llevaría de aquí para allá. Todos lo contemplábamos extáticos el cortejo que se anunciaba, para el segundo asombro de nosotros como ya largo y monótono.

En la frontera del DF y Tlanepantla el tren llevaba a cuestas a elegantes vagones de limpios cristales y no contaba con encontrarse con el plebeyo e impuntual tren de patio. No era de peligro el asunto pues bastó una maniobra de serpientes de acero, con cambios de vías mágicos y salidas retorcidas a la orilla del cerro del Chiquihuite, para que el orgulloso y el plebeyo se encontraran; así que el tren de patio cedió el paso al futuro rey de los trenes franceses que en andas traía el tartajeante viejo tren de Nacionales de México.

A las orillas quedó una manchada y mugrienta máquina de patio que comenzó a hacer sus maniobras cotidianas sin importarle el suceso. Y esa máquina fue nuestra salvación contra el aburrimiento contra aquél “amargo y lento animal anaranjado”. Ya éramos diestros jinetes de la vieja máquina de patio y decidimos jugar en sus dorsales. Estábamos emocionados y al lado de esa mole naranja, esa maquina chata de números gigantes en los costados nos parecía el juguete más manejable de los que teníamos.

Corríamos, subíamos, bajábamos trepábamos y nos deslizábamos por los cuatro costados de la vieja mirando pasar el signo de la modernidad nacional que llegaba de Veracruz.

En nuestro jolgorio no medimos el peligro. La lluvia había acumulado lodo en las vías y los trabajadores la despejando los rieles por la que pasarían las ruedas. El lodo se había hecho tierra y formó unas veredas que hacían de túnel de arena flanqueando el paso del tren. Pero ese era el reto: no llegar a los túneles.

A nuestro grupo y a nuestro reto de estudiantes malandrines se unió el equipo del Kalimán, Goyo y el Pecas. Como grupos antitéticos pero duchos ante el peligro, medíamos bien las altas y las bajas antes de llegar a los montones de tierra que flanqueaban el paso cansino del tren de patio. Cuando en un la curva vimos que se perdían el Pecas, el Kalimán y Goyo, corrimos para esperarlos del otro lado. Jorge, Toño y yo corrimos por la orilla del cerro a la manera en que los apaches merodean los trenes en las películas de vaqueros, mirando el techo de los vagones, viendo de repente un bostezo de humo de la máquina; mientras del otro lado el otro lado avanzaba el orgulloso y altanero huésped tren naranja.

Casi al llegar del otro lado, el Kalimán subió en chinga loca por la vereda del cerro, pálido y con sus ojos verdes del tamaño de un plato para enchiladas. Tartamudo y temblorino dijo que se había caído Goyo y en seguida corrió vereda arriba. Por su parte el Pecas pasó como bólido atropellándonos y se metió en uno de los tres edificios empotrados en el cerro del Chiquihuite, la vecindad donde vivíamos.

Yo bajé la vereda empedrada, a la salida del mini túnel de arena esperando encontrarme a un Goyo magullado, raspado y chillando por su caída del tren. Llegué cuando el último de los tres vagones se detenía. No vi a Goyo y me regresé por la vía, en sentido contrario al tren de patio. Y nada. Entonces, confundidos entre trozos de piedra y terrones ví unos dedos, después una pierna con su bota de hule y más allá, donde empezaban los vagones detenidos al principiar la vereda que subía –o bajaba, según se vea—había un molote de tierra, pelos, trapos y carne; ese amasijo era tan irreal que no creí que “eso” fuera mi amigo Goyo. No había sangre, sólo trozos y silencio.

Todo terminaba y todo empezaba en ese instante. Era un hueco en el tiempo y en espacio que crecía en mi cabeza. En ese momento se iba terminando el viaje de los vagones del metro que llagaron por mar y se metían en terreno nacional, en las entrañas de la tierra, en esas entrañas infantiles que veía alucinado. Alertados por el Kalimán y por el Pecas llagó un grupo de vecinos con don Juan a la cabeza y un grito desgarrador hizo que quienes miraban la procesión de vagones disuelta, voltearan a mirar ese bultito de tierra y ropa y carne. La del grito era mi madre quien pálida y llorosa, con las manos en las mejillas llegó frente a mí mirándome entre alucinada y enferma; me abrazó hasta la asfixia durante un buen rato, me palpaba por todos lados asegurándose de que era yo y no un fantasma, pues el tren me había llevado.

Mientras se hacía el trajín legal y médico y religioso se hizo de noche, y se hizo más tarde pues mi mamá se oponía a que nos fuéramos hasta que no completara, uno a uno los pedazos de Goyo. En silencio oraba por él y por mí a cada que encontraba un trozo y lo colocaba en una sábana. “Es lo mínimo que puedo hacer por su madre –me decía—a quien me le adelanté al dolor y sé lo que sentirá al saber de su hijo”.

Yo sabía que con ese acto de piedad, mi madre le agradecía a Dios saber que lo que recogía no era yo, que recogía la parte de su corazón destrozado unas horas antes y que me estaba reconstruyendo pedazo a pedazo, paso a paso, y afirmando mi presencia a su lado.

Y mientras peinábamos ese terreno entre dos vías, con su mano firmemente tomándome la mía, ella pedía por el alma de Goyo, a quien yo consideré, desde entonces, la primera víctima de la llegada del progreso del transporte colectivo a la ciudad de México. .:M:.