Había empezado a escribir esto con la frase “hace unos días estaba recordando mi infancia…”, pero después de pensarlo me di cuenta que en realidad siempre estoy recordándola, y con justa razón, porque fue algo que disfruté muchísimo, y todo lo que me hacía feliz en aquellos tiempos me sigue haciendo feliz en estos días. Cuando tenía como siete u ocho años, lo primero que hacía al regresar a casa después de la escuela era botar por ahí la mochila y correr a encender la tv para ver un programa que me hipnotizaba: “Ventana de colores”, que se transmitía por Canal Once, ¿lo recuerdan?
Si bien se trataba de una barra infantil, la verdad es que su contenido para nada era similar a lo que se emitía en otros canales como programación para niños en México, tanto en televisión abierta como de paga. Era una compilación de cortos y series que provenían de distintos países, duraba algunas horas y según recuerdo, hasta sus rompecortes que constaban de un fondo negro con figuras de colores y sonidos aleatorios me encantaban. Ninguno de sus contenidos tenía un horario fijo y aunque algunos se transmitían diariamente, otros se emitían tres veces por semana, o dos; en fin… nunca sabías con exactitud qué presentarían mientras estabas sentado ante el televisor, lo cual desde luego, era parte del encanto.
Había caricaturas donde los diálogos no existían, sólo la musicalización, como en “Ernest Le Vampire”, de origen francés, donde el protagonista era un vampiro bajito, gris y orejón que siempre se encontraba en situaciones horrorosas (para él) que lo ponían al borde de la muerte; así que podías verlo acosado por una tetera, explotando al encender una pipa con las instrucciones equivocadas o atormentado por la imagen de un elefante al que se rehusaba a aceptar como parte de su árbol genealógico; al final, todo resultaba ser sólo una pesadilla. También estaba “Bolek i Lolek”, polaca; los personajes principales eran dos niños (siempre supuse que eran hermanos) que viajaban a cualquier destino que quisieran haciendo uso de su imaginación; los diálogos aparecían en muy raras ocasiones. Claro que también existían las que sí tenían diálogos habituales y eran dobladas al español: “Babar” era la historia de un elefante que había vivido en París y que regresó a la jungla para ser convertido en rey, difundiendo entre sus amigos la costumbre de actuar de forma similar a la de los humanos; estaba basada como ya habrán deducido, en la popular serie de libros franceses. Otras más, eran traducidas al español no con el uso del doblaje, sino con la voz de un narrador que hacía de todos los personajes y siempre podías oír al fondo los murmullos originales en otros idiomas. Podría resultar raro, pero yo lo disfrutaba a montones.
Abundaban las producciones realizadas con la técnica stop motion, que resultaban a mi parecer, las más espectaculares en términos visuales. “Pingu” era una de mis favoritas: originaria de Suiza, mostraba las aventuras de un pequeño pingüino medio hiperactivo que vivía con su familia en el polo sur, la mayor parte del tiempo estaba fuera de casa con sus amigos o jugando con una foca a la que casi le arranca una aleta el día que la conoció; no había necesidad de traducirla porque todos los personajes, que eran de plastilina, hablaban en un idioma inexistente que sin embargo resultaba fácil de comprender, bárbara la cosa. “El viento en los sauces” era una serie inglesa basada en la obra de Kenneth Grahame; doblada en su totalidad y teniendo por supuesto a Tejón, Sapo, Topo, Rata y Comadreja al frente de cada episodio. Una menos elaborada pero igual de entrañable era “Mister Go”, muy simple: un personaje rojo de plastilina, acompañado de un perrito café, siempre terminaban metiéndose en algún problema y rodando para huir. Habían unas cápsulas presentadas también en stop motion, donde se construían figuras de animales a partir de trozos de frutas y vegetales, “Soupe Opéra”, se llamaba, era de Francia y no sé por qué las personas a quienes se las muestro actualmente siempre me dicen que les provoca miedo.
“Me lo contaron en Japón” y “Niños en crecimiento”, eran producciones japonesas realizadas con títeres; la primera representaba mitos y leyendas populares de aquel país y si la memoria no me traiciona, uno no quería ser el personaje que se portaba mal en esas historias, los japoneses no se andan con cosas cuando se trata de castigos. La segunda era mucho más ligera: los protagonistas eran un grupo de animales que asistían al preescolar y siempre se embarcaban en aventuras que al final dejaban una importante moraleja; me gustaba, aunque he de decir que la maestra no me caía muy bien. Otra que incluía títeres, pero en menor medida era “Puedo hacerlo yo” también conocida como “Noppo y Gonta”, Noppo era un personaje humano y Gonta era una botarga grande, café con manchas amarillas y nariz roja, no parecía algún animal existente; juntos se dedicaban a hacer dibujos y manualidades con materiales sencillos, había algunos otros personajes que aparecían de vez en cuando, era raro que hablaran pero siempre había una narradora que interactuaba con todos.
Por último, haré mención especial de la serie que era y sigue siendo mi gran favorita: ¡”Los Moomin”! Un anime basado en las historias de la autora finlandesa Tove Jansson, sobre Moomin, mamá Moomin y papá Moomin, unos trolls con aspecto que recuerda a los hipopótamos aunque nada tienen que ver con ellos. Los Moomin viven en un gran valle y les encanta andar por ahí divirtiéndose con situaciones que a veces resultan un tanto arriesgadas, pero no les importa, porque siempre encuentran la forma para salir ilesos y recordar todo a carcajadas acompañados de sus amigos principales: Snufkin, Pequeña My, Snorkmaiden, Snork, el señor Hemulen y Stinky (el último es más un fastidio que un amigo). Sufrí agónicamente cuando dejaron de transmitirla.
Así podría mencionar a “Las fábulas del capitán oso azul”, “La palabra china para…”, “El oso, el tigre y los demás”, “El títere parlanchín” y un montón más de series que tengo en la mente pero cuyos nombres no logro recordar. Lo bueno es que ahora, es más sencillo encontrar información sobre todas ellas en la red, y resulta indescriptible, al menos para mí, la sensación que experimento al encontrármelas de nuevo y revivir cada detalle (hasta el olor) que me rodeaba cuando las veía años atrás. Ustedes disculpen. .:m:.

