Katharsis en Bellas Artes

El escritor Salvador Novo, uno de los más destacados prosistas del grupo de los “Contemporáneos” en México, manifestó así su postura ante los murales del Palacio de Bellas Artes en una entrevista para el diario El Universal en julio de 1924:


“Pinturas repulsivas, destinadas a despertar en el espectador, en lugar de emociones estéticas, una furia anarquista si es pobre o, si es rico, a hacer que sus rodillas tiemblen de miedo… Se ha repetido hasta el cansancio que el arte no es la naturaleza. Estas caricaturas no son la naturaleza y sin embargo son ridículas. Ya que una obra de arte, cuando no es bella, difiere de una caricatura en la medida que lo eleva a uno, mientras que la última lo arrastra a uno hacia abajo.”
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La visión de Novo contrasta completamente con la percepción actual que el pueblo mexicano tiene de los Murales del Palacio de Bellas Artes, una postura que al contrario que Novo, arrastra hacia arriba el espíritu de orgullo nacional de los visitantes que se sienten parte y poseedores del valor artístico de la pintura en los muros.

La dualidad es natural a este país, y el Palacio de las Bellas Artes es un monumento a la situación mexicana de los contrarios. Por principio el Palacio fue proyectado para albergar a la elite porfiriana en un edificio con diseños preponderantemente europeos, los cuales, a causa de la Revolución, compartirían espacios con motivos prehispánicos, en un sincretismo único y de valor artístico excepcional. Es así como en un solo espacio conviven las musas con los caballeros águila y las guirnaldas de olivo con los cactus y nopales de la decoración.

El Art Nouveau de la decoración es a su vez contrastante con los murales, ya que los espacios fueron diseñados originalmente para alojar el Museo Nacional de Arte, combinando piezas prehispánicas con arte barroco novohispano, exaltando así el pasado artístico cultural de México.

No obstante, los murales tenían la función generar una identidad posrevolucionaria, que pusiera a la nación cerca de la modernidad en el afán de constituirse como un país cosmopolita.

Es así como el Palacio de Bellas Artes se constituye como epicentro de la nueva cultura mexicana y cosmopolita, en la urbe que se transforma a paso mucho más veloz que el resto del país, volviéndose así un icono del éxito revolucionario que la elite del poder requería manifestar a México y al mundo.

A diferencia de otras formas de expresión, el muralismo es sin duda, la que da la oportunidad al pueblo mexicano de sentirse parte del arte, de hacerlo suyo, ya que para la gran mayoría de los mexicanos, ahora y en ese entonces, es imposible tener una pintura de caballete o una obra de arte en sus casas si es que no se es un gran coleccionista o un potentado.

De esta forma, el discurso de emancipación de muchos de los murales de Bellas Artes cobra más sentido para sus espectadores, no creando un sentimiento revolucionario y político en los que admiran la obra, sino una conciencia de la liberación del arte de las ataduras del caballete, de la identificación con las imágenes y del reflejo de la dualidad intrínseca mexicana antes mencionada.

Si se pudiera reunir toda la obra pictórica de Bellas Artes bajo un solo título, este bien podría ser “La lucha de los contrarios”. Vida y muerte, ricos y pobres, mexicanos y extranjeros, luz y sombra… todo el discurso se enfoca a presentar una lucha y a un ganador.

La dualidad queda expresada en uno de los murales más grandes del Palacio, El hombre controlador del universo o El hombre en el cruce de caminos, el cual es una segunda versión del mural destinado para el Rockefeller Center en la ciudad de Nueva York, el cual fue destruido por colocar a Lenin en el centro de la obra y mostrar las ventajas del comunismo sobre un capitalismo imperante.

Diego Rivera, autor de la obra, pintó el mural en el Palacio de Bellas Artes con motivo de su inauguración en el año de 1934 por invitación del entonces presidente de a República Abelardo L. Rodríguez.

En el centro del mural se encuentra un hombre manejando una máquina, la cual está rodeada por representaciones de la ciencia, lo macroscópico y microscópico, sustentado sobre la agricultura. A la izquierda del cuadro se aprecia la representación del capitalismo, por un lado los burgueses que juegan a las cartas y beben, mientras que están rodeados de manifestaciones populares sometidas y por militares preparados para hacer la guerra. Del otro lado, figuras como Lenin, Marx y Trotsky, encabezan el movimiento obrero, destacando la imagen de personas vestidas de blanco que hacen alegoría a la libertad. A los extremos se encuentran dos grandes figuras de mármol, las cuales representan al cristianismo y a las lecturas occidentales de belleza, alusivas al fascismo; la de la izquierda está sin manos y la de la derecha está decapitada, sirviendo la cabeza de asiento para dos atentas obreras.

Acompañando al mural se encuentra un fresco sobre bastidor llamado Revolución Rusa o Tercera Internacional, pintado por Rivera en 1933, el cual muestra a Lenin y a Trotsky como guías de un gran movimiento, teniendo como base a obreros de varias nacionalidades, quienes atentos observan y contemplan fijamente la gran formación de estrellas rojas.

La dictadura, La danza de los Huichilobos, México folklórico y turístico y Leyenda de Agustí Lorenzo, son los retablos que forman en conjunto el Carnaval de la vida mexicana. El destino de éstos era originalmente el Hotel Reforma, no obstante y, como ocurrió en el Centro Rockefeller, fueron del desagrado del solicitante, así que permanecieron guardados hasta que en 1968 fueron colocados en el Palacio de Bellas Artes.

La dictadura es un gran baile de generales, caciques y obispos que danzan con disfrute a costa de los otros. La imagen más destacable es la del que pareciera ser Plutarco Elías Calles, sosteniendo una bandera que conjunta los símbolos de las grandes potencias de la época.

La Danza de los Huichilobos, muestra a la raza indígena en una danza guerrera y autómata en el centro, la cual es vigilada por otro indígena uniformado con los colores nacionales, dispuesto a la lucha; encabezando a un ejército en formación que se prepara para la lucha revolucionaria.

México Folklórico y turístico es otra parte del carnaval en dónde una mujer extranjera de alta sociedad observa con ojos distraídos lo que ocurre a sus pies. Mientras que dos burros que parecieran ser empresarios, obtienen ganancias del folklore que se vuelve como un juego de bufones.

Por último, la Leyenda de Agustín Lorenzo, representa una batalla de la intervención francesa, la cual muestra la supremacía nacional ante un ejército francés débil, mientras un Napoleón observa distante el calor de la batalla. De esta manera se cierra el Carnaval que fuese pintado en el año de 1936.

Una mujer con los brazos abiertos, sosteniendo en sus manos una antorcha y una flor es representación de la libertad, la cual emerge con energía volcánica y que es imagen central del mural Nueva Democracia de David Alfaro Siqueiros. Este mural se realizó en conmemoración de la Revolución Mexicana en el año de 1944, al cual le fueron añadidos dos retablos más para festejar la victoria sobre el Eje en la Segunda Guerra Mundial.

Víctimas de la Guerra y Víctimas del Fascismo, está formados por representaciones de los dolores humanos en las confrontaciones bélicas, como miembros amputados sobre escombros de los que se deslizan los cadáveres, y el daño de la tortura y la pérdida de la libertad de los hombres.

La historia de la conquista de México sería plasmada por Siqueiros en el díptico Apoteosis de Cuauhtémoc, en el cual da un nuevo sentido a este suceso histórico con gran dramatismo y color. El fuego ilumina las armaduras de los soldados españoles, uno de ellos sostiene a un perro con mirada agresiva, mientras que a Cuauhtémoc, con mirada melancólica y dolor guardado, le son quemados sus pies. En otra parte del díptico vemos a Cuauhtémoc presenciando una encarnizada batalla, sólo que en esta ocasión él porta una armadura española, muestra del sincretismo y la contradicción ante una lucha que da paso a una sola masa.

La Katharsis es una de las obras cumbre de José Clemente Orozco, la cual muestra a una sociedad contemporánea violenta, en donde la prostitución, las máquinas y la guerra conviven en un desorden y lucha del que emergen llamas como único modo de purificación. Este fresco sobre bastidor, pintado en 1934 está lleno de gran poder visual y color, teniendo como piezas centrales a una prostituta que de piernas abiertas, mantiene una sonrisa ante el caos y las armas que le rodean.

A diferencia de los vibrantes colores de Orozco, Rufino Tamayo juega con la opacidad para mostrar pequeñas líneas de color que dan movimiento a su mural Nacimiento de nuestra nacionalidad, el cual obliga al espectador a penetrar en la obra para identificar rasgos de la cultura precolombina que se conjuntan con un paisaje desolador para dar paso a una nueva nación, ante un eclipse que a la distancia da luz a la escena.

La realidad de nuestro país, compleja y turbulenta, es representada en el segundo mural de Tamayo, México de hoy, donde las ciencias, la técnica y las artes enmarcan la formación de una nación. El cuadro está dividido en tres sectores, cada uno de ellos con una iluminación propia, verde, blanca y roja, la cual a la distancia nos deja ver una bandera nacional, la cual se conforma de un México moderno.

Jorge González Camarena es uno de los más dignos representantes del muralismo de la segunda generación y su mural Liberación es la muestra del perfeccionamiento de esta corriente artística. Un hombre y una mujer, atados y sin rostro representan la esclavitud, la cual da paso a un batalla por la liberación que es bien representada por González Camarena con los colores más vivos y radiantes de los murales del Palacio, que dan como resultado la libertad, la cual es representada por una mujer con la cara en alto y con los brazos al cielo, y que, con vivos colores nos muestra con orgullo su falta de ataduras.

Roberto Montenegro es autor de Alegoría del viento, un fresco sobre bastidor que, al igual que muchas obras del Palacio, fue trasladado allí tras haber permanecido en otros recintos. El también llamado Ángel de la Paz, embona a la perfección con el estilo de Bellas Artes, ya que sus líneas verticales y horizontales hacen recordar el Art déco que, a diferencia de los otras obras, no busca narrar nada, sino simplemente mostrar una alegoría que nos recuerda viejos estilos artísticos como el egipcio, el clásico y el precolombino; todos combinados en un ángel con brazos abiertos el cual es impulsado por dos rostros que soplan con fuerza.

La cárcel de Lecumberri sería la inspiración para Manuel Rodríguez Lozano, el cual estuvo preso en ese sitio por cuestiones políticas en la década de los 40. Asimismo La piedad en el desierto, tendría por primer hogar al “Palacio Negro”, para ser trasladado al Museo del Palacio de Bellas Artes hasta 1966. La imagen de la Piedad pintada por Rodríguez Lozano rompe el esquema tradicional, ya que se muestra a una María con rasgos de vejez y cansancio sin exacerbar su santidad, de igual manera, Cristo se muestra sin barba ni largo cabello, sin heridas ni sangre, tendido con los brazos abiertos como si siguiera crucificado ante su madre.

Es así como a través de estas magníficas obras de arte entremezclan los colores y las formas sin caricaturizar un pasado del cual México se muestra orgulloso, no como una catedral de historia oficial, o de ímpetu revolucionario, sino como el clímax de la corriente artística que cambio la forma del hombre de verse a sí mismo, el muralismo.

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1 – Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura; Quimera de los Murales del Palacio de Bellas Artes; CONACULTA-INBA; 2004; México; pp.183.