La invención de la memoria

Para Gilberto Prado Galán

¿Eras tú? De pronto me instalé en la risa y la reunión informal de los seis que nos reuníamos en la jardinera de la universidad a planear viajes rumbo a lo conocido y así alejarnos del ruido y del amor adolescente, sólo Judith, la eterna enamorada de Gabriel, era la que no hacía planes. Su participación se circunscribía a ser la adoradora de Gabriel, y ser una bella dama silenciosa, arrobada y con bostezos de gata cómoda.

Fue extraño, entonces, que dos meses después, a la salida de la tienda de ropa donde yo trabajaba de probador de damas, me untara en la mejilla derecha, además de sus labios, la frase “Me voy de viaje”. No juzgué oportuno callar mi tristeza y le grité mi falsa emoción; la invité para festejar el acontecimiento y que esta tarde nos tomáramos unas cervezas en su honor. Tenía que decírselo antes de que se fuera. “¿Decirme qué?”

— En la tarde te digo.

Tres horas después estábamos en la cantina Kloster brindando por los seis ilusos, menos nosotros, de hace tres meses.

— Brindo por ellos menos por el mamón del Güero– dije yo. Ese güey me cae gordo. Con su saxofoncito que quiere tocar a la menor provocación, se cree Gato Barbieri. Me caga su pose de modosito y limpio y bien portado, sólo delante de su mamá, porque con nosotros bien que le entra a la mota (él, no su mamá) y al desmadre. Él, que nos corre de su casa a horas indebidas una vez que cerraba el Taller de Lectura y Balanceo ¿te acuerdas?; él que se encoge de placer cuando su mamá llega pidiendo a gritos a “su Memito” para que le quite los zapatos y le sobe los cayos y los juanetes.

Nos reímos de mi odio a Memo, risa con la boca llena de salchichas con limón y chipotle. No sabías aún que detrás de esa burla saqué no sólo el eructo de una buena cantidad de cervezas sino un cariño sordo que tres horas después llegó a tu cuello, querida Judith, a tus pechos, a tus orejas, a tu espalda, a tus caderas móviles, a tu sexo plañidero, a tus piernas firmes y danzarinas; y que me harían volver a ese momento, y recuperarte en las tardes lluviosas acompañadas con cerveza; y más cuando instrumentos de sonidos amarillos y retorcidos barritaran en la noche. — Vente conmigo.

— ¿Otra vez?

— No seas payaso. Vente conmigo pero a San Francisco.

— No puedo– le dije, detrás de la bruma de la mañana en el Hotel Museo. — Soy de un territorio fijo, me aficiono a costumbres mínimas bien aprendidas cuando me casé: trabajo, tengo casa, mis hijos. Moriré viendo el fin del mundo por la tele y en cadena nacional.

Me miró desde su ternura de canela tibia, con una lástima que sólo pueden tener los alicias frente a un conejo con reloj de bolsillo y mucha prisa de volver a su madriguera. Por un momento la cruda era realidad.

Me llenó la cara con un vaho terso y una frase contundente, “Si no puedes venirte conmigo, vámonos yendo juntos”. Una y otra vez, como si fuera la última, nos amacamos en ese cuarto del hotel, con mis piernas enredadas en las suyas, con sus manos trenzando sus dedos en mi cuello; haciéndonos un ovillo de carne resistiendo el frío de mayo una mañana lluviosa en la ciudad.

— Me espera Gabriel, nos vemos–. Es lo último que recuerdo.

Dos días después, te fuiste a San Francisco. Prometiste escribirme pero sólo una postal del Golden gate recibí y no te volví a ver.

“¡Sí, eres tú!” No puedo creer que caminemos por el mismo corredor del Hotel Museo y avancemos el uno hacia el otro. Pelo teñido de rubio tú, calvo yo; tú con líneas firmes y más redondeadas, yo un tanto ventrudo; tú con un flaco con aires de maraquero, yo con una putilla aniñada de pelo corto. No me volteaste a ver directo pero nos miramos con el rabillo, del ojo se entiende. Yo no me devolví y cada quien a su cuarto para su cada cual; éramos casi vecinos. Creí escuchar tus gemidos de placer ¿o era la memoria de esas paredes tapizadas de falsas flores de lis?

Volaste más allá del Museo del Chopo, de la ciudad lluviosa, de Gabriel, de mí. De aquél día me quedó el recuerdo y un caset con cantos y gemidos de ballenas que dejaste olvidada en mi morral aquella tardenochemañana de despedidas. Dice Felipe de Jesús –un amigo que no es un santo pero que sabe más que muchos de sonidos sordos y viajes ciegos—que ese sonido es un saxofón apareándose con una trompeta con sordina. Yo sé que es Judith gimiendo y llorando conmigo, yéndonos y viniéndonos juntos al compás de un adiós… .:M:.