Teresa de Jesús: Mística y Doctora de la Iglesia

Es muy frecuente hablar de los descubrimientos en el mundo de la ciencia, la geografía, el exterior; no obstante no muchos a lo largo de la historia de nuestra humanidad han hablado de sus encuentros con el interior –y no refiriéndome a vísceras u otros cuestiones fisiológicas-, sino del alma.

Teresa de Ávila, mística y doctora de la Iglesia de Roma, nos describe de una manera muy sencilla – como debiera entenderse lo complejo- la manera en que una persona se acerca a Dios a través de su obra cumbre: Las Moradas o El Castillo Interior.

A pesar de ser un libro “religioso” (por agregarlo a una clasificación) aporta gran cantidad de figuras literarias que en verdad nos hacen entender el misterio del alma, gran enigma de nuestra conciencia humana. El Castillo Interior resulta no ser una estructura, sino un proceso que, si bien no es mecánico, nos lleva por una serie de pasos o cámaras para llegar a la habitación central, en donde habita el Rey.

Y es que este castillo interior no es como imaginamos un palacio con entrada y habitaciones y escaleras, es más bien como un abanico, con piezas a veces arriba, otras abajo, con cámaras que concéntricas a la principal reciben a las almas. Santa Teresa llamó a estas habitaciones “moradas”, y las dividió en siete.

Para entrar a este castillo se necesita estar en gracia –es decir sin pecado-, ya que las almas que son susceptibles a éste no pueden acercarse al Rey. Pero el librarse del pecado no basta para llegar a la habitación principal, ya que es necesario pasar por una serie de pruebas que demuestren la dignidad para acercarse al Monarca. No es difícil imaginar que Teresa de Jesús, mujer de finales de la Edad Media, difundiera la enseñanza y regla carmelitas a sus hermanas a través de estas comparaciones en donde el Castillo era un elemento característico de la España del siglo XVI, y es que según su biografía, su infancia de juegos infantiles fue sustituida por la lectura de libros de caballería.

Teresa Sánchez Cepeda Dávila y Ahumada nació en Ávila, España en 1515, y desde muy pequeña mostró signos de “santidad”, aunque para la época –e incluso ahora- pudo haberse visto como una esquizofrenia religiosa, ya que su deseo de acercarse a Dios la llevó incluso a querer perder la vida a manos de los musulmanes de la Península Ibérica.

Esta gran mujer de su tiempo es a su vez, junto con San Juan de la Cruz, la reformadora de la Orden del Carmelo, la cual se había apartado del rigor de abstinencia, hambre y pobreza. Ella, tras la autorización papal, fundó varios conventos y monasterios a lo largo del territorio español con la tradición de silencio y austeridad, de la que surgió la Orden de los Carmelitas Descalzos.

Teresa tuvo varias experiencias espirituales, éxtasis o trances, en los que pudo observar a Cristo crucificado, resucitado y en gloria eterna. Fue gracias a estos sucesos “sobrenaturales” (como ella misma describe en Las Moradas) que pudo comprobar el poder de la oración y del silencio interior y así difundir entre sus hermanas de la orden el mensaje del Evangelio.

Teresa es una autora fascinante, ya que tiene la habilidad literaria de conversar con el lector y con Dios, llevar un diálogo equilibrado y sencillo, del cual surgen figuras como “el riachuelo”, “la florecilla” o “la mariposa”. Y es que el entorno donde ella crecería, la España de campo, favorecería que la descripción de la evolución espiritual se emulara a la metamorfosis de la oruga, que “muere” en su capullo para transformarse en un nuevo ser.

Estas transformaciones y construcciones del espíritu son reflejos no sólo del pensamiento de Teresa sino del de su época. El modo de concebir el alma y el cuerpo en los textos de Teresa de Ávila es el de dos entes independientes, uno de ellos puro de manera natural y que es susceptible a perder dicha propiedad por el influjo de la otra parte. El uso de la penitencia como “castigo” a los males del cuerpo para curar los huecos del alma y las oscuridades de la conciencia se reflejaron en los ayunos de Teresa, mismos que criticaría en sus textos afirmando que el flagelarse no era el camino a la morada séptima.

En varias ocasiones el lector de la Santa de Ávila encontrará frases como “conocí a una persona”, “supe de alguien” o “hay gente que…”, y lo más interesante de esto es que en muchas de las ocasiones se refiere a sí misma, dejando entender que ella misma tuvo dificultad para llegar al encuentro de Dios, dejando una especie de estela en el camino para sus hermanas.

El camino al centro de la morada donde habita la luz más brillante del castillo está lleno de complicaciones, y “El Castillo Interior”, describe de manera perfecta el ejercicio de acercamiento espiritual, así como los posibles tropiezos del alma que pueden hacer que se retroceda en el camino de manera fácil.

Los caminos de Teresa quizá sean similares a los nuestros y el discurso emitido por ella es una invitación a acercarse al humanismo, a la posibilidad de experimentar y llegar a la plenitud de la vida, fundamentada en el amor. Por otro lado, desde una visión laica y fuera del contexto religioso, la obra de Teresa de Ávila es sin duda pilar de la narrativa y de las grandes obras del idioma español surgido pocos siglos antes.

La filosofía Teresiana es de gran importancia para la fe Católica, y como Doctora de la Iglesia es maestra del pensamiento religioso occidental. Esta distinción que comparte con otros santos entre los que destacan dos mujeres más: Catalina de Siena y Teresa del Niño Jesús; nos pone –en la lectura- frente a una de las mujeres de mayor influencia en la historia y la descubridora de sí misma, profesión que no muchos han logrado ejercer. .:M:.