Mexico City Blues

Lo primero que impresiona al gachupas, cuando cruza el charco y empieza a desplegarse ante sus ojos el D.F., es la sucesión inabarcable de luces: una inmensidad hasta entonces desconocida.

Lo segundo, ya apeado, es corroborar que ciertas costumbres españolas viajaron también con la ambición de los conquistadores, como aquélla de provocar cogorzas pantagruélicas en los guiris y convertirlos, así, en bufones aptos para el cachondeo. En mi caso, la ingesta masiva de charros negros, combinada con la altitud atípica me tuvo dos días postrado, con un vahído persistente. Cuando por fin salí, me andaba desmayando en Coyoacán, y hubo que llevarme a carreras de regreso al catre.

Lo tercero es eso que las buenas conciencias resolvieron llamar la venganza de Moctezuma. Yo tengo que encuadrarla en una ida a Puebla, con un carro atestado de paisanos, donde me vi en la obligación de marchar sentado en el freno de mano. Una vez arribado, con la identidad sexual bastante trastocada por el curioso asiento, me aboqué a devorar todos los manjares que se cruzaban en mi camino. De este modo, con varias semitas enmoladas en ristre, pápalos y camotes, retorné exultante a la megalópolis. Un poco achispado por el temple de la cerveza nacional, decidí aquella noche, hastiado de tanta poblanería, transbordar al estilo Jalisco; cerré, por tanto, la jornada con un generoso tazón de birria. Tengo que decir que los siguientes días fueron sedentarios, de goce doméstico, porque me gustaba ver la claridad del D.F. entreverándose en mis ventanas de celosía, y porque, la verdad, no me podía despegar demasiado del inodoro.

Pero bueno…, fuera de estas anécdotas, cuando realmente empecé a disfrutar la feraz gastronomía mexicana, fue al trabar contacto con las gentes oriundas de este país. De esta forma, fui a dar con una familia mexicana. Para esta parentela, calada y bien calada en el wanabismo que, desde unos años acá, es una costumbre harto arraigada en el imaginario de este pueblo, la seducción que ejercía sobre ellos un abogadito español, blanquito y bien portado resultó ser algo insuperable.

Acordaron prestarme a su hija por las noches, por si picaba el anzuelo. Y lo piqué, vaya si lo piqué. No voy a alegar que no lo pasaba chido, pero no es de esta clase de comidas sobre las que versa este artículo.

En fin…, abogadito, blanquito, bien portado y casado con una mexicanita, entablé una relación extraña con mi suegro. Digo, el tipo era un nacote inculto natural de Tacubaya, y no pareciera que esto combinase mucho con el refinamiento de provinciano español y la afición por los libros que me caracterizan. Sin embargo, compartíamos algunas inclinaciones. Me fascinaba su estulticia arrabalera. Y, además, los dos éramos tragalones.

Coincidimos durante un período en la misma empresa, él como pelafustán de ventas, yo, como un gato más del jurídico; conque ocupábamos las horas de trabajo, y los autos que amablemente nos proporcionaba aquel emporio cementero proclive a las sangrías, en menesteres culinarios.

Recuerdo la birria Don Miguel, un lugar escurrido en aceite, por los paraderos del metro Chabacano, donde no sabías si lo que crujían eran las tortillas o la cucarachas, pero con una sazón que ni en el Guría. Los tacos de chuleta de La güera, allá en Satélite, donde quemábamos los viáticos que nos proporcionaban los explotadores concreteros. Las carnitas del Pechos, un paisa de Michoacán, circundado por perros y apostado por doquier, con mucho guacamole y, quizá, mucha triquina y mucho cisticerco. Los almuerzos con elComidas, en Mixcoac, un sujeto que se la pasaba en el agua pero entendido de la euskal pilota, tema en el que solíamos enzarzarnos. El mole de olla del Vitaminas, por el mismo rumbo, otro sabroso almuerzo. Y…, cómo no, la variedad visceral de los tacos noctívagos que degustaba con fruición en los andurriales barriobajeros del Olivar del Conde.

Sin duda, me dejaré muchas cosas en el tintero, pero, como dirían los cursis, escribo a vuelopluma. De todas maneras, no era la intención testimoniar irónicamente varios sexenios presidenciales, como en aquel memorable De la torta de Armando al taco sudado. Lo que aquí cuento transcurrió plenamente mientras el preclaro Fox aún ocupaba la poltrona. Antes de que el insigne abandonase Los Pinos, el menda ya tenía el estómago estragado, y lo que es peor, el corazoncito, porque aquello de la mexicanita no tuvo un buen final que digamos. Pero ésta es otra historia, y será contada en otra ocasión… .:M:.

*Escrito originalmente para e.Metro, estación Chabacano