Por arte moderno muchos solemos pensar en figuras que son tan abstractas que sólo su autor las puede entender, o que están hechas de fierros, focos y materiales reciclables… muy alejadas de la realidad. No obstante, hay un artista que ha roto este paradigma haciendo por primera vez en la historia de la escultura obras que se destacan por su hiperrealismo —a veces crudo— pero en verdad sorprendente.
Ron Mueck es un australiano con un talento excepcional, que capta la esencia humana en detalle, encontrando belleza no en las formas de dioses griegos, sino en los poros, las líneas de expresión, gestos y vellos… en lo que nos hace seres únicos, tanto como sus obras.
Nacido en 1958, el artista comenzó su carrera en el cine, siendo el encargado del diseño de efectos especiales allá por la década de los setenta; unos años después fue el responsable de la producción de los efectos especiales de programas como The Muppet Show y Plaza Sésamo. El nacido en Melbourne siempre se sintió interesado en la escultura y al mudarse a Londres a mediados de la década de los ochenta se acercaba más a su sueño, que era esculpir.
Tras fundar su compañía de maniquíes, utilería y animatrónica para publicidad, comenzó con el armado de pequeñas piezas escultóricas, lo que lo haría evolucionar como artista hasta la creación de su obra más famosa: Dead Dad. La construcción de esta obra y su promoción se debe al apoyo de dos personas que dieron un empuje a la carrera del australiano: la primera, su suegra Paula Rego, ya que gracias a ella pudo presentarse como su colaborador en la galería Hayward de Londres. El segundo fue Charles Saatchi, un promotor que quedó impresionado ante el talento artístico y la carga emotiva que la escultura representaba.
Papá muerto, por su nombre en español, es una escultura que representa el cadáver del mismo padre de Mueck de una manera muy realista. Con un tercio del tamaño natural, el autor representó la muerte de una manera “muy viva”, con detalles en las arrugas, posición y sobre todo en el cabello… elemento que generó polémica ya que el autor usó su propio pelo para añadir este detalle a la obra. Sin duda ésta generó controversia pero más aún admiración del público que, poco a poco, ha visto crecer su obra tanto en tamaño como en calidad expresiva.
Otra de sus muy famosas obras es Big Man, de 1.83 metros de altura (estando sentado). Es la figura de un hombre desnudo cuyo rostro y posición enmarcan el sentimiento de la soledad humana en cada detalle. La posición de las manos, la postura, la manera de acomodar los dedos de los pies, las muecas y la mirada; todo en su conjunto hacen de esta estatua un ser tan real que su silencio pareciera parte de la escena.
Lo más interesante de las esculturas de Mueck es que nos enfrenta a nosotros mismos para vernos como obras de arte. Quién pensaría que los vellos en el cuello de un hombre, las estrías de una mujer encinta, los pliegues de la obesidad o las arrugas de una anciana fueran tan bellos contemplados en un objeto de resina. Es por eso que el hiperrealismo causa sentimientos tan encontrados, porque nuestra cultura occidental —que se remonta al pensamiento helénico— ha buscado hacer de nuestros cuerpos figuras tan lisas como el mármol, a manera de molde de caderas perfectas, senos firmes o bíceps marcados. Pero este arte nos enfrenta a una realidad distinta: vistos a escala mayor nuestras figuras humanas, todas, son un detalle perfecto del mundo natural.

