1
Su poder más fuerte era la paciencia, y su virtud más grande era el pecado.
Detrás de sus muy ordenados libros, cada uno acomodado, no por autor, no por título ni por fecha, sino en escalas de color; había una limpieza perenne, casi fúnebre, como un cadáver muy bien maquillado.
Tras de sí, había un séquito completo de escobas, trapeadores, peines, trapos, limpiadores y detergentes en constante procesión. Siempre limpio, siempre arreglado, no habría porqué tener una arruga en la camisa o un cuello sin almidonar.
Y así fue él, durante muchos meses, horas enteras, siendo en sí una aspiradora de recuerdos, de polvo, del aire mismo, hasta que no quedara del sujeto que conocí de joven.
Él fue como yo, sin más atributo que la normalidad, el estándar era novedoso, limpios, arreglados, buscando la guapura para agradar a las chicas en los pasillos. Altos los dos, de buen porte, logramos impactar en el despacho y llegar a puestos altos, mas esta vida estándar no bastó.
Él siempre fue más paciente que yo, solíamos realizar trabajos juntos y quizás, en algún error, era yo el primero en estallar, mas él mantenía el orden de nuestras ideas.
Esta su virtud, la paciencia, lo llevaría a ser ahora un robot del trapo.
Nunca supe porqué en verdad, ni cómo ocurrió, mas su paciencia al estallar, en las redes de esa mujer que lo mató por dentro, lo dejó sin control de sí, y es… era, la única cosa que lo hacía sentir alguien, algo en este mundo.
Se hundió en sí al verse inexistente y trató de borrar lo que el llama “pecado” en cada partícula de su lujoso departamento, en su cuerpo, en todo su entorno; al verse incapaz de limpiar sus adentros, que considera inexistentes.
2
Maldigo su vicio asqueroso, grotesco y…maldigo, maldigo a los cigarros.
A caso su obsesión por la nicotina logró que su lengua, su asquerosa y sucia lengua, aquella con la que me hacía viajar en círculos como una diosa naciendo de las aguas, esa su lengua se quedara muda para decirme “Te odio”, “Me tienes harta”, “No volveré”…esa lengua.
O qué demonios ocurrió en sus pulmones, cuánto oxígeno le robaron del alma para dejar de quererme como me lo hacía saber en casa rosa de nuestros aniversarios, o en las burbujas de champaña que sentíamos como plumas que cosquilleaban nuestros rostros. ¿Cuántos se secaron sus pulmones? ¿De tanto amor que me profesó murió ahogado a medio camino a la tienda?
Estúpidos cigarros, tan finos, tan flacos, tan mortales, así como estoy muriendo yo, sola en el espejo, queriendo con una locura patógena volverme enfisematosa y arrojar los bronquios con tal de que, desesperada del vicio, nos encontremos en el camino de la tienda, y compartamos la adicción que me hizo fumar cada colilla que dejó en el cenicero hace ya doce años.
3
Como casi todas las tardes, el viento paseaba sobre el Nilo, moviendo los papiros hasta hacerlos danzar entre sí, era fresco y húmedo, aliviando el calor del sol y haciéndonos más cómoda la víspera.
El crujir de los juncos nos hizo voltear a Cnum y a mí, algo había sido arrojado hasta allí por el río e impactó con violencia, era un brazalete, con el escarabajo del templo de Hathor, dos días río abajo; con figuras del ank, el was y el djed, partes del báculo de Ptah.
De pronto nuestras vestiduras se empezaron a agitar con violencia gracias al fuerte viento que recorría el cause del Nilo, moviendo por los aires mi tocado blanco con líneas carmín, tan rojas como la sangre y haciendo que la capa color de esmeralda que Cnum usaba para cubrirse cayera a las aguas.
Quise tomar el brazalete de inmediato, mas mi sorpresa fue que Cnum también lo hacía, sosteniéndolo de otro extremo y ambos a la vez tratamos de asirlo y jalamos uno de cada lado. Reímos a carcajadas, después nos sonreímos, mas nunca soltamos el brazalete.
-Ey Marentab, ¿Qué te parece sí me dejas usarlo un rato y después lo usas tú?
-¿Y por qué no yo? – dije.
-Pues porque seguramente te lo podría ver un guardia y creería que lo has robado -Contestó.
-¿Qué acaso crees que no pensarán lo mismo de ti?
-Tal vez sí, pero yo lo vi primero, así que debe ser mío.
-¡Yo lo escuché llegar a los juncos! – Grité
– ¡Pero es mío!
Me arrojó con fuerza a suelo y salió corriendo hacia una balsa, yo, después de levantarme, lo perseguí.
Subió a la balsa y me arrojé al río para nadar hacia él. Al alcanzarlo y subir a la balsa forcejeamos hasta que ambos caímos de ésta, yo lo ahorcaba y para defenderse él enterró una cuña en mi pierna.
Tras el dolor le arrebaté la cuña y en mi ira, le corté el cuello.
Él sólo pudo verme, con ojos fijos mientras caía al fondo del profundo río y se perdía en él.
Me vi con el brazalete en las manos, y volteaba a ver el cadáver de mi amigo que salió de nuevo a flote y se atoraba entre los juncos. Volví a mirar el brazalete y descargué el dolor de la pérdida de un buen amigo, estando yo flotando en el agua, lo arrojé con fuera hacia unos juncos que estaban en la orilla.
En ese instante comenzó un fuerte viento, me alejé nadando de miedo y para asegurarme de que nadie me había visto. Dos hombres estaban a lo lejos, pero pude esconderme detrás de unas rocas, no obstante estaban tan distraídos recogiendo algo de entre los juncos que no se percataron de mí. Continué observando como el viento les arrancaba sus vestiduras, del más fino lino blanco, que volaba por los aires y una túnica verde que flotaba hacia mí. .:M:.
*Escrito originalmente para e.Metro, estación Salto del Agua

