Bitácora humana

¿Porqué perdemos la capacidad de asombro?, ¿Porqué dejamos de sentir la emoción de descubrir algo nuevo si nuestra existencia completa está plagada de hallazgos? Aún antes de nacer éramos ya capaces de percibir sonidos y sensaciones táctiles, seguramente nos sorprendió reconocer por primera vez la voz de nuestra madre y el tacto de sus manos al acariciarnos a través de la piel de su abultado vientre. El nacimiento mismo es una de las más importantes revelaciones. Nuestros ojos comienzan a explorar un mundo que hasta el momento sólo habíamos escuchado, un mundo de colores y formas, de brillos que lastiman. Encontramos el sufrimiento de abandonar el espacio seguro del útero, el dolor físico de ser expulsados por un canal demasiado estrecho para nosotros.

Cuando nuestros ojos se adaptan a la luz podemos descubrir el rostro de la amorosa madre y una pléyade de sensaciones nuevas nos esperan al empezar a alimentarnos de ella. Al paso de algunos meses vamos conociendo al resto de la familia y descubrimos que podemos dominarlos con un grito o con una sonrisa. Ellos están a nuestro servicio de manera incondicional y cada vez que se nos ocurra dejar caer algún objeto, ya sea una o mil veces.

Alrededor del primer año de edad descubrimos la potencialidad de tener un par de piernas y empezamos a explorar el entorno por nuestros propios medios. Al mismo tiempo, nos enfrentamos a los primeros tropezones y caídas. Antes de llegar a caminar ya hemos desenmascarado el misterio del habla y sus infinitas peripecias. Se abre ante nosotros el don de la comunicación y nos tomará el resto de nuestros días el lograr dominarlo, si es que lo conseguimos.

Hacia el quinto año ya hemos tenido contacto con la experiencia escolar y sus recovecos. Nos acercamos a la capacidad de leer, misma que nos permitirá revelar tantos universos y a la habilidad de escribir, con la que tocaremos a nuestros semejantes y en repetidas ocasiones nos sorprenderemos a nosotros mismos. ¿Yo escribí esto? El ambiente estudiantil permite nuevas peripecias, descubrimos que más allá de la familia existen los amigos y aunque en ese momento nos causen repulsión, más adelante reconoceremos en la “miss” o en aquella niña de trencitas al primer amor de nuestra existencia.

Más adelante y también en la escuela descubrimos que nuestro rostro es más frágil que los puños de nuestros compañeros, que las niñas no son tan feas como las habíamos percibido e incluso que el roce de nuestros labios con los de ellas va a quedar estampado en nuestra memoria con la calidad de evento inolvidable y potencialmente irrepetible.

Pubertad y adolescencia nos permiten añadir más descubrimientos a nuestra ya variada colección. Encontramos la posibilidad de explorar, por vez primera, el paisaje anatómico de una persona que nos atrae y se abre ante nosotros el horizonte infinito de zonas erógenas que nuestra piel atesoraba. Es el despertar del placer sexual, expresión máxima de la sensibilidad humana, acto al mismo tiempo maldito y bendito que domina la mente y aviva sociedades enteras. Ahora tratamos de descubrir nuevas formas de goce, confesamos que el misionero no era el único que tenía la razón y ponemos en tela de juicio si es que los libros sagrados del oriente contienen la clave.

Al acercarse al final de la segunda década de vida descubrimos que nuestros padres también cometen errores y no son los superhéroes que alguna vez vimos en ellos. Enfrentamos la posibilidad de ser independientes. Sondeamos el cosmos laboral. Experimentamos la frustración de ser el peldaño más bajo en la jerarquía corporativa pero también percibimos el gusto de obtener nuestro propio dinero y hacer con él exactamente lo que nos plazca.

A pesar de haber desenmascarado falsos cariños, nos convencemos de que existe esa media naranja que hemos estado buscando y nos lanzamos a la experiencia nueva de portar un anillo en su correspondiente sitio de un dedo de la mano izquierda. Este evento es sólo la plataforma de lanzamiento para otro cúmulo de hallazgos: encontramos que el amor sano contiene elementos de odio, que la comunicación podría evitar la mayoría de los problemas, que la palabra “suficiente” no se mezcla fácilmente con la palabra “dinero”, que veinticuatro son menos de las horas que requieres para cada día, que “uno más uno” dará por resultado “tres, cuatro o hasta cinco”, etc.

En nuestros tiempos, llegar a la tercera década trae consigo más descubrimientos. Habrá quien se manifieste en la cima, mientras otros seguirán en la búsqueda de su propia vocación y lugar en este mundo. Algunos revelarán los rostros ocultos del divorcio y otros descubrirán que su cuerpo no es tan sano como lo creían. Quienes vivan en nuestra orbe experimentarán en carne propia el terror indecible de ser secuestrados o simplemente asaltados con lujo de violencia. Pero no nos enfoquemos en lo negativo. La paternidad también ofrece oportunidades de descubrimiento inigualables: Nos plantamos frente al verdadero amor incondicional que sólo se puede experimentar por el producto de tus propios genes, encontramos la más grande responsabilidad que habrá de sernos encomendada, percibimos que los zapatos son fabricados con el propósito de durar el menor tiempo posible y acabarse justo cuando faltan más días para la quincena, soñamos que nuestros hijos harán todo lo que nosotros no logramos hacer. Descubrimos que “papá” y “mamá” son las palabras más dulces que el oído humano puede captar, nos convertimos en “el papá de…” o en “la mamá de…”

Nuestras siguientes revelaciones, con el paso de las décadas, giran en torno a logros profesionales, económicos y el desgaste corporal. Manifestamos achaques dónde no los había, reparamos en el paso de los años cuando empieza el tiempo de los “nuncas”; “pero si a mí nunca me dolía la espalda”, “yo nunca había estado en un hospital”, “nunca me había dolido tanto el brazo izquierdo”.

Descubrimos el rápido crecimiento de nuestros hijos. Que nuestros padres tenían razón y no eran tan obstinados como los catalogamos, que no soportamos que le hagan a nuestra hija lo que alguna vez le hicimos a alguna chica, que nuestro matrimonio no estaba tan basado en la apariencia como lo creímos al principio.

Con la vejez descubrimos un grado desmedido de sabiduría contenida en un cuerpo que ya no puede sacar todo el provecho posible de ella, Probablemente encontraremos la soledad y nos enfrentaremos al hecho de ver morir a todos aquellos que compartieron con nosotros la gran aventura de nuestra vida.

Quizás el último descubrimiento que hagamos tenga que ver con lo que hay (o no hay) más allá de la muerte, ¿o debo decir más allá de la vida?

¿Por qué perdemos la capacidad de asombro? Tal vez se deba a una saturación. Descubrimos tantas cosas todo el tiempo que ya no nos sorprendemos fácilmente. .:M:.