Del rastafarismo, a juicio de muchos, lo más conocido es una calcomanía donde se representa a un monito semejante a Trucas, por lo escuálido y lo encarrerado. Este andoba, que con su caballera electrificada adorna los medallones de los coches, sugiere playa, bonanza térmica, reggae, ropajes confortables y cierta afición a una yerba que enrojece los ojos y viaja la mollera. No acabo de encontrarle el reverso religioso a todo esto, por muy chido que resultara un culto donde la ritualidad fuesen las peregrinaciones a Coyoacán, los petas bien surtidos, los huaraches y los pelos secos y rígidos como cordajes impermeables al agua a perpetuidad (con el consabido y ecológico y necesario ahorro de esta fuente de vida que empieza a escasear).
Pero la religión, digo, no es sólo eso, y si el rastafarismo es una religión, no debe ser únicamente eso. Quiero creer que en toda religión habita un aspecto revelador, una experiencia que advierte algo más, que bajo un estado de sugestión nos arrastra a parajes novedosos y limítrofes. No aludo, claro está, a los plúmbeos oficios aldeanos de mi niñez, ni a las untuosas ceremonias vaticanas. Tal vez sí me refiero, sin embargo, a la fe de ciertas viejitas de mi pueblo que con los ojos volados tumefacían sus rodillas en los reclinatorios debatiéndose en interminables rosarios. Ésta es una vivencia que yo jamás pude compartir, pero sí atino a comprenderla. Estas mujeres vivían inmersas en un registro de símbolos, en una mitología personal que las abocaba a padecer (utilizo este verbo en el sentido griego de pasión) este tipo de epifanías. Cualquier religión debe participar en esta forma tropológica, metafórica de relacionarse con el mundo: el rastafarismo también.
Preguntará el lector, ¿qué demonios hace este güey hablando de los rastas jamaicanos, jamaiquinos, o como diantres se diga, en una edición de la revista dedicada a la estación Etiopía? Aunque parezca increíble, y esto responde a la pregunta, Etiopía ocupa un lugar clave en el imaginario de los rastas. Exploraré esto, a fin de que las dreadlocks, las bachitas viajeras, el síncope y los bailes a pie alzado no se ubiquen en el terreno de una moda de niña fresa (a la que le da por ser rebelde durante un período y luego ser corta el pelo y tan tan), sino en los senderos de Jah, en la fe rastafari.
El mito rastafari surge en una situación concreta: el dominio colonial británico en el Caribe, especialmente en Jamaica. La isla es de los colonizadores blancos, y los negros, como en tantos otros paisajes, son relegados. Uno, como inmigrante blanco a América o como descendiente de caucásicos o de mil mezclas, puede lucubrar cualesquier cantidad de leyendas para explicitar su origen, su viaje o el de sus antepasados. La negritud no deja elección. La negritud remite a barcos pestíferos, a cadenas, a insalubridad…, a explotación, a sevicia y, por qué no decirlo, a muerte, a la muerte más inmunda que se ansíe conjeturar. Los blancos afianzan así su residencia en América a través de un relato que adquiere tintes épicos. Los negros ven como su identidad, su procedencia, se hunde en una relación ignominiosa. La coyuntura de expolio en la que se desenvuelven precisa de un referente identitario para transformarse en insurgencia.: Etiopía, o una imagen idealizada de Etiopía, se encarna como ese horizonte.
¿Por qué? Porque Etiopía posee una de las culturas más antiguas a nivel mundial, de las más prístinas y menos mixturadas. Un idioma, el amárico, proveniente de una lengua semítica antiquísima el ge´ez . En ge´ez está escrita la crónica del Kebra Nagast que loa a los reyes etíopes remontándose a épocas inmemoriales. Y no sólo ostenta Etiopía gestas perdidas en la memoria sino hazañas militares perfectamente ubicables, como la reconquista del territorio cristiano frente a los musulmanes en los siglos XV y XVI, y la victoria frente al colonialismo italiano en la batalla de Adua, a fines del XIX, en la que se mostró al mundo, al igual que en el combate pugilístico que enfrentó a Johnson con Jeffries en 1910, que el hombre negro no era indefectiblemente inferior al blanco.
No se debe olvidar que durante los sórdidos años de animalización, de sojuzgamiento, la raza negra fue relacionándose con el mundo a través de las categorías cristianas o cristianizantes de sus amos. En este sentido, Etiopía vuelve a ser un icono, porque se trata de una tierra vinculada a la letra bíblica desde los días de Salomón (se postulaba, inclusive, que Etiopía era Sion), radicando en ella una de las comunidades más ancianas adeptas al judaísmo (judíos negros). Además, es uno de los primeros terrenos en los que prende la fiebre cristiana, con lo que el cristianismo no es exclusivamente colonial sino patrimonio provecto de los negros (por eso es también un referente religioso); así, la iglesia ortodoxa etíope, por su senectud, es la más similar en sus usos arcaicos al culto hebreo.
El rastafarismo abrevará, al unísono, en las doctrinas panafricanas de Marcus Garvey, que ponen el acento en el regreso a África de la negritud desplazada coactivamente, en la unión de esta raza, en su pasado glorioso contra el imperialismo de los blancos; y qué país aglomera sino Etiopía mayores glorias en lo que al panegírico de la negritud se refiere. Qué país era dirigido por un gobierno monárquico reconocido de par a par por los gobiernos monárquicos de occidente (hasta 1974, cuando lo depuso una sanguinaria revuelta dizque comunista), por un emperador heroico símbolo de la resistencia contra el fascismo (expresión exponencial de la beligerancia blanca). Haile Selassie I es, a su vez, quien da nombre al movimiento, pues su nombre de juventud era el de Ras (príncipe) Tafari, y es considerado por los rastas el tercer advenimiento encarnado de la deidad (junto a Melquisedec y Jesús); de ahí la multitudinaria acogida jamaicana (o jamaiquina) a la visita de este mandatario en 1966: los rastas contemplaban a su Dios.
Pienso, entonces, que esta edición de la revista incita a la reflexión en esos días desmañanados en los que cientos de estudiantes arrumban en el metropolitano hacia Ciudad Universitaria, en esos días en que al detenerse en el paradero Etiopía vislumbramos la imagen mayestática del león conquistador de Judá (Haile Selassie, vertido a lengua vernácula). Reflexión que invita a cavilar sobre occidente, sobre las desfachateces que ha cometido, sobre aquello que se podría entender y sobre aquello ante lo cual no existe justificación alguna; porque esas fauces torvas nos hablan de otra historia, de un gran orgullo silenciado, de una diáspora atroz y de un retorno escrito y prometido; así ruge el magnánimo león etíope reclamando a sus hijos…
En fin…, que para ser rastafari , para profesar esta fe, hay que moverse dentro de un imaginario, de unos parámetros simbólicos en los que, por supuesto, injiere una circunstancia sociológica tangible: ser un negro en América (con el consiguiente desplazamiento ancestral por parte de los tratantes) y vivir bajo un yugo colonial segregador. No bastan pues los pelos desgreñados y sucios y trenzados, no bastan los huaraches y los porritos en las islas… Y no basta haberse inscrito en la UNAM, aunque mi papiiiiiii quería que fuera a la Iberooooo. .:M:.
*Escrito originalmente para e.Metro, estación Etiopía

