“La sociedad occidental actual ha sido construida
sobre los cimientos de estas dos culturas: la judía y la griega.
Ambas valoraban la mente humana.
Los griegos alcanzaron el punto máximo de su tiempo
en el desarrollo del intelecto.
Pero la experiencia del Monte Sinaí le había enseñado al judío
que existe algo superior a la mente humana.”
Tzvi Freeman
Diciembre es un mes que se asocia con la natividad de Cristo, por lo menos en este país –México- cuya población comulga mayoritariamente con el credo católico, el símbolo de Nicea-Constantinopla. Pero en estas tierras existe una población judía muy importante que, si bien numéricamente no abarca grandes porcentajes, tiene gran influencia en la vida cultural, económica y social; sobre todo en la gran urbe. Para ellos, ocho días del mes de diciembre alojan una de las más importantes celebraciones del judaísmo: Jánuca.
La historia de un pueblo milenario está representada en símbolos que año con año recuerdan la defensa de la libertad y el apoyo de Dios para este cometido. Así como el Pesaj (la Pascua) es la fiesta de la liberación ante el yugo del faraón, Jánuca celebra otro milagro, una defensa de la fe ante el pueblo griego.
La historia se remonta hasta Alejandro Magno, el conquistador que llevó la cultura helenística hasta latitudes más allá de Persia y que por supuesto encontró en su camino al pueblo judío. Durante algún tiempo ambas culturas convivieron de manera pacífica encontraron entre ellas similitudes, permitiendo que la Torá se tradujera al griego o bien que la filosofía helena se leyera por los judíos.
Durante varios años esa convivencia y encuentro de culturas permaneció inamovible, hasta que el rey de Siria, Antíoco IV Epífanes, decidió cambiar esa posición para imponer en el pueblo judío la cultura griega. Antíoco prohibió la circuncisión ritual, el respeto del Shabat y la lectura de la Torá como libro sagrado; aún más, Jerusalén y otras ciudades veían erigirse a ídolos paganos mientras que su gente debía, por ley, adorarlos.
La usurpación del mayor tesoro de un pueblo, su tradición, desencadenó la cólera de los judíos que se alzaron contra el ejército sirio-griego, en una guerra que buscaba defender la libertad religiosa de la gente.
La resistencia judía no era un asunto fácil de concebir si se piensa en que el ejército del rey Antíoco, heredero del de Alejandro el Grande, era el más poderoso del mundo, con grandes lanzas y elefantes que le daban la imagen de invencible ante los pueblos vecinos y más allá del Mediterráneo. Además, una guerra dispar comenzaba sólo con un puñado de personas pertenecientes a la clase sacerdotal que se hacían llamar los macabeos, cuyo líder (y del cual obtuvieron su denominación) era Yahudá Macabi.
La estrategia, el conocimiento del complicado relieve así como el ímpetu y la decisión de libertad, permitieron que estos hombres provenientes de la zona de Modi’ín lograran derrotar a las armas griegas. Este es el primer milagro del Jánuca, la derrota de un gran ejército por la fuerza de la fe, y del apoyo de Dios.
Este apoyo se vería de nuevo materializado en el segundo milagro de Jánuca, y el que se sigue representando hoy en día. Al reconquistar Jerusalén y recuperar el templo, era necesario encender de nuevo la sagrada Menorá -una lámpara de siete brazos que representa el arbusto en llamas que vio Moisés en el monte Sinaí-, para así continuar con los rituales sagrados, pero sólo había aceite para encenderla durante un día; no obstante las llamas duraron encendidas durante ocho días completos, lo que fue interpretado como una señal del apoyo divino en la victoria.
Conmemorando este hecho histórico de la vida religiosa, el pueblo judío celebra el Jánuca, que en 2009 será del 11 al 19 de diciembre, con algunos rituales que simbólicamente representan la victoria de esos años. El más importante y conocido de ellos es el encendido de la Januquiá, un candelabro similar a la Menorá pero que tiene ocho brazos laterales, que representan cada uno de los días que duró encendida la luz con el aceite; y uno central llamado asmas con el cual se enciende el resto.
Cada una de las velas se enciende durante un día hasta completar los ocho, mientras que en cada encendida se acompaña el rito con oraciones que congregan a la familia frente a la luz. Aunque sus orígenes y representaciones son completamente distintos, el encendido de estas luces puede ser similar al de las velas de la corona de adviento; no en su contenido simbólico y litúrgico, sino en la labor de llevar a cada hogar la convivencia y la participación religiosa en familia.
Así como la Navidad tiene sus platillos tradicionales, como el pavo, el bacalao o los romeritos; un Jánuca estaría incompleto sin algunos platillos tradicionales como los laktes – tortas de papa-, o bien los sufganiot, unas bolitas dulces o bien rellenas de mermelada.
Un milagro ocurrió allá
Otro elemento tradicional del Jánuca es el dreidel, una perinola que es usada por los niños para jugar y que en cada uno de sus cuatro lados tiene escrita una letra en hebreo, siglas de Nes gadol haia sham que significa “un gran milagro ocurrió allá”, o bien Nes gadol haia po, “un gran milagro ocurrió aquí”, cuando se utiliza en Israel. Éste, junto con la Januquiá adornan las imágenes decembrinas junto a los árboles de navidad o los nacimientos, y en esta sociedad cosmopolita y universal de la ciudad de México deberíamos promover que apareciera más el Jánuca en las calles, ya que es una celebración importante de un grupo de mexicanos que dan fuerza y vida a las tradiciones de este país.
נ ג ה ש
Feliz Jánuca a todos.
Feliz lucha por la libertad. .:M:.
*Escrito originalmente para e.Metro, estación Polanco

