No sé si algún corredor matutino del rumbo de Chapultepec recuerde que allá por el año 1966, a principios de septiembre -más o menos—, hubo un hecho tímido que no registraron los periódicos o las reseñas de la época porque era muy temprano para anotarlo y muy poco concurrido como para reportarse.
Esa mañana gris en la cúspide de los cilindros blancos conocidos como Monumento a los Niños Héroes, un osado enemigo de la patria caminó por un alambre tendido de la primera columna (vista de la derecha del mirón parado frente al Castillo) hacia la sexta (de la izquierda).
Ese equilibrista vestía una casaca roja con botonadura áurea, unas mallas blancas y zapatillas negras; el rostro estaba pintado de blanco (o era palidez) como mimo y una lágrima negra le caía por el ojo derecho; remataba su cabeza un kepi negro con insignia de plata. Se ayudó con una pértiga para transitar la ruta frágil de la primera a la sexta y, en palindrómico movimiento, de esta a primera sin mayores riesgos que un vientecillo húmedo de la mañana con leves rocíos otoñales; todo mientras unos asombrados mirones con ropa deportiva se tallaban las chinguiñas y hacían calistenia. Eso me contó que vio mi hermano Rogelio, corredor de largas rutas por los alrededores de Chapultepec.
Dice mi hermano que el equilibrista, al cumplir su espectáculo, y después de cortar amarras o desatar el cable, el sujeto parecido al soldadito de plomo del Cascanueces, intentó ser sujetado por seis policías que no supieron si aplaudirle o someterlo al orden diazordacista de la época, mismo que no se andaba con niñerías por muy homenaje (eso les explicó el mimo soldado) a los héroes niños que mantuvieron en jaque sin mate a las huestes del ejército norteamericano.
Recuerdo ese relato contado por mi hermano mayor pues por Chapultepec él ya no volvió a correr engordando hasta el silencio y desde entonces tengo impresiones encontradas de un lugar que tiene el perfil redondo de lo absurdo, lo frágil, lo (des)equilibrado y lo asombroso que da un tiempo como el mexicano.
Supe de Chapultepec, antes que del Metro y del equilibrista gracias a la maestra Carmelita. Ella le daba a su charla escolar sobre la zona histórica un tono bucólico, de campo y batalla sucediendo por obra y gracia del trompetista (un Pedro Infante casi héroe niño) de la película Mexicanos al grito de guerra.
Cuando pude ver personalmente en persona el mítico lugar donde se batieron (en retirada y gritando) los soldados mexicanos, y los falos pétreos donde un desequilibrado hizo equilibrio, la estación del Metro ya había hecho de las suyas descomponiendo mi campo de acción.
Me vi envuelto en una comedia de enredos histéricos y no pude dejar de imaginar a las tropas norteamericanas llegando en Metro a someter a los púberes del HHH Colegio Militar y después meterse en chinga loca –y sin pagar—por las distintas entradas al socavón del transporte colectivo e irse rumbo a la estación Zaragoza (no llegaba a Pantitlán y menos continuaba la Línea B), transbordar en Pino Suárez y descender en el Zócalo e izar la bandera de la chivas rayadas del norteamericano país en el mismísimo Palacio Nacional (ay de la ciudad de los palacios donde la real raza viaja en Metro) para dejar en el castillo a los niños héroes (que también tiene estación del Metro) convertidos en calles de la colonia Condesa.
Y es que el Metro le agregó a la zona de Chapultepec -espacio pueblerino, íntimo, sosegado y tranquilo— un matiz de revoltijo moderno mágico; pues mi “Chapu” siempre tendrá la imagen decadente y próspera, pasada y futura, campirana y citadina, en la que, como equilibrista del tiempo, camino por esta ciudad de altos contraste donde Ridley Scott debió haber filmado esa destopía llamada Blade Runner , pero sólo alcanzó para unas locaciones de otra obra destópica, basado en otro relato de Phillip K. Dick, El vengador del futuro.
No dejo de pensar en que la salidas laberínticas del Metro Chapultepec debían desembocar en el castillo, el lago, el zoológico o los juegos mecánicos de la tercera sección. O en su defecto, que en los subterráneos del metro se reprodujeran un minicastillo lóbrego, un laguito, un bestiario y unos pequeños juegos para los metronautas que nunca hemos encontrado la salida o ahora sólo pasamos por Chapultepec sin mirar sus árboles enfermos, sus animales cansados, su cielo gris, su lago verdoso.
Y es que sólo un trastornado pensaría que no es posible hacer que el peladaje llegue a las orillas de la nobleza, escalar sus muros, navegar en sus lagos, caminar sus parques. Eso y más hicieron posible el Metro Chapultepec. Aún hoy hay decadentes aristócratas que le piden al tiempo que vuelva y se siguen apropiando de aquellos ayeres organizando tomas de posesión presidencial, fiestas particulares, conciertos personalizados, cómo si no existiera la delgada línea del equilibrio donde las clases sociales transgreden la sangre azul, por obra y gracia de las líneas del metro. Esa ruta amorosa del caminante –que presagiaba al metronauta–, fue anunciada por la preclara Sonora Santaneca, que a la letra dice: Camino por Narvarte/ Polanco y Coyoacán/ mi anhelo de encontrarte me lleva al Pedregal/ Camino por Guerrero/ La Villa y Tizapán/ por la colonia Obrera y no te puedo hallar .
Falta el muralista que detenga una hermosa mañana en Chapultepec como Diego Rivera lo hizo con el paseo por la Alameda Central, aún sin el Metro Hidalgo. Me pregunto dónde está el grafitero que ponga en las rejas de Chapultepec el gajo de la epopeya moderna vendida como obra de arte. Porque como cantaban Viruta y Capulina “Las rejas de Chapultepec/ las rejas de Chapultepec/ son buenas, son buenas nomás para usted”.
Antes de que el Metro Chapultepec fuera la delgada línea de la imaginación que separa el sueño de la realidad, todos llegábamos a esa terra incógnita como una peregrinación a la Meca. Yo fui ese equilibrista que imaginó, en un acto destructivo, lanzar una enorme bola de boliche, desde el cerro del Tepeyac y desbordarse en casi línea recta, desde la Basílica hasta el Cerro del Chapulín. La bola negra correría a toda velocidad por calzada de Guadalupe, pasando Peralvillo encarrerarse por Paseo de la Reforma y rodar y rodar ante unas pasmadas estatuas de los constituyentes mirando avanzar esa redondez, tumbar la estatua de Colón, la de Cuahutémoc, derrumbar la columna de la Independencia y liberar de nuevo a la Ángela que la remata, pasar entre los dos leones de acero que guardan soñolientos la entrada a una falsa ciudad micena y hacer chuza los seis símiles de soldados blancos elaborados por el escultor Ernesto Tamariz; aboliendo con este hecho catastrófico la historia monumental, y aboliendo el azar de ser modernos pensando siempre en monumentos o héroes de utilería.
Allanado el camino del pasado por la bola negra del tiempo, podría lanzarme libre en picada cual moderno Juan Escutia y pasar sin remordimiento del porfiriato a los globeros; de los actos heroicos de infantes milicianos a la sobre vivencia de niños alimentados con algodones de dulce; en un arranque de locura dejaría también libres a los raquíticos animales del zoológico de Chapultepec para que caminaran y volaran por la ciudad de los atropellados, como una escena de 12 monos el día que se rompió el equilibrio ecológico un desequilibrado Brad Pitt.
Tal vez el equilibrista de aquella mañana de septiembre de 1966 era mi antepasado. Al caminar de niño a niño lo que hizo fue sostener el imaginario social de un rumbo que está fuera del tiempo, donde todos transbordan (saliendo del infierno, viniendo de Pantitlán) a su paraíso recuperado. Pues a ese jardín de las delicias llegan amantes, suicidas, desempleados, artistas del hambre, escolapios que se fueron de “pinta”, vendedores de suertes, burócratas, intelectuales, deportistas, campesinos que se perdieron en la última marcha y se quedaron a vivir frente al museo de Antropología, náufragos en la Casa del lago, marineros de lancha que buscan al mítico “mostro” del Lago de Chapu, cineastas, políticos, soldados monorítmicos, dos que tres poetas, en fin, toda una fauna escupida por las bocazas del babélico Metro Chapultepec.
Desafiando ese equilibrio conceptual, en las guías turísticas se tendría que anunciar el nuevo fenómeno que presenta la moderna ciudad de los palacios derribados por una bola de boliche:
El Metro de Chapultepec es una estación del tiempo, un momento entre el pasado y el futuro, un no lugar, un hilo donde cualquiera puede caminar, y cuyo nombre significa en chilango «línea del tiempo donde un equilibrista se atreve». Por ese hilo conductual se va de la recreación a la cultura; es la única estación de la ciudad de México que tiene uno de los parques más grandes, hermosos y concurridos del mundo, con trenecito incluido. El Metro de Chapultepec tiene cerro, castillo e historia mítica. Todo por el mismo boleto. Equilibristas del mundo, atrévanse a cruzar la línea caminando por ella.
.:M:.
*Escrito originalmente para e.Metro, estación Chapultepec

