Si bien es una grata experiencia escuchar la música de tu reproductor portátil (llámese iPod, iPhone, smartphone o tablet), el radio nos da la posibilidad de descubrir una nueva banda favorita, o escuchar esa vieja canción que nos encanta y teníamos años sin escuchar: también es una gran forma de ampliar los horizontes musicales.
En la Ciudad de México, por desgracia, la oferta radiofónica es sumamente limitada. Las frecuencias en amplitud modulada (AM) le dan prioridad a estaciones habladas, a música «del recuerdo» y al folklore mexicano. En frecuencia modulada (FM) hay 28 emisoras lo suficientemente poderosas para ser escuchadas en toda (o casi toda) la ciudad y su área conurbada, sin embargo éstas se reparten de forma desigual.
En resumen, las noticias y el pop en español son la principal oferta, con 7 estaciones cada una. También existe una gran difusión de emisoras dedicadas a oldies en inglés (4) y música popular (3), que acaparan un nicho muy importante del mercado. En estos 4 rubros se concentra el 75% de las radiodifusoras de la capital. El resto de la oferta se compone de 3 estaciones de instituciones educativas, una emisora cuestionablemente de rock (donde bajo la bandera de «todas las alternativas» se puede escuchar desde reguetón hasta ska, siempre privilegiando las preferencias musicales de los locutores, mientras muchos grupos y subgéneros de rock no son sólo ignorados, sino también criticados), una estación de jazz y world music, una de música sinfónica y por último, una más de música electrónica.
En mi opinión, los dueños de los consorcios radiofónicos deberían pensar en cubrir todos los nichos de la población, y no sólo pensar en las amas de casa y a los «amigos del transporte público». En el pasado el espectro radial capitalino ha tenido momentos de gloria: el más famoso, Radioactivo 98.5 y sus irreverentes autopromocionales; tampoco debemos olvidarnos de Órbita, Rock 101, Stereo Rey, y Best FM. Incluso en Toluca ha tenido su momento épico con la gran Neurótica.FM, que para muchos fue la verdadera sucesora de Radioactivo. Pero desafortunadamente, ya sea por rating o decisiones empresariales, todas estas estaciones han visto su vida truncada, dejando a un gran nicho del mercado sin radio para escuchar… o de plano, obligándonos a conformarnos con las pobres alternativas que restan.
Respecto a la calidad de los programas hablados o semihablados: en la barra matutina tenemos locutores über-optimistas, tratando de transmitir su escala de valores personal a través de sus programas; a veces lo llaman «efecto positivo», o bien el «estilo de vida de RadioFulanita»; por otro lado están los programas orientados a post-adolescentes wanna-be, conducidos por otrora comediantes televisivos caracterizados por su «irreverencia», algunos de ellos sólo fomentando estereotipos que inducen a la discriminación.
Tampoco podemos olvidar aquellos programas de bromas pesadas, declaraciones amorosas y chismes candentes, en donde el público es el protagonista, que sólo sirven para alimentar el morbo; o a los mismos conductores de noticiarios que vemos por la televisión, casi siempre mostrándonos una visión sesgada de la realidad a conveniencia de sus políticas empresariales o creencias políticas.
Dada la situación, una buena alternativa es escuchar radio vía webcast, o bien podcasts (como los de Myco). Pero ¿qué pasa con quienes trabajan en empresas restrictivas en cuanto al uso de la red? La opción restante para ellos es la música de sus reproductores o bien, estarán obligados a escuchar lo que le gusta al vecino.
Por tal razón, me gustaría hacerle saber a los empresarios dedicados a los medios de comunicación que en el Distrito Federal se solicitan radiodifusoras: que ofrezcan contenidos de calidad, realmente informativos y formativos, con una variedad musical satisfactoria para aquellos nichos de mercado olvidados o ignorados, y locutores profesionales que hagan su trabajo por amor al arte y de una forma respetuosa a la audiencia. .:m:.
Los radioescuchas y radioescuchas en potencia esperamos propuestas con los brazos abiertos. O más bien, con los oídos abiertos.
